Confieso que Sierra Leona me atrapó desde que pisé Freetown, su disparatada capital. Desde que detuvimos el coche en Kambia, parada esencial en la mitad del viaje hasta Madina, 200 kilómetros de carretera infernal, seis horas de viaje si no llueve. Desde que llegamos al chiefdown de Tonko Limba. Tiene magia, Sierra Leona. Desde que llegamos a Madina junto al misionero Chema Caballero. Me gusta escucharles hablar en su lengua, el krio. Y han sufrido tanto, es tan hondo el drama que ha padecido, que siento hermanos del alma a los amigos que allí dejé, que siempre están en mi memoria.

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