El asunto no debió dar para más, pero se ha convertido en noticia por sus derivadas, múltiples. Quimi Portet, que le daba a la guitarra en El último de la fila con Manolo García, se cabreó con un camarero del ferry que le llevaba de Formentera a Ibiza. El motivo era de fuste: pidió un café amb llet, en catalán, y el empleado de Baleària, Juanjo Hermo, de Orense, le dijo que se lo pidiera en español. Portet sacó el móvil, fotografió al camarero y le delató como peligroso anticatalán en Twitter para escarnio público. Y la lio, claro. No sin antes dirigirse al señor Hermo en italiano para decirle que se iba a cagar. Y a partir del tuit de Portet, a palos contra el currante, al que las hordas justicieras del pájaro azul crucificaron como solo ellos saben.

Se sumó a la bronca inmediatamente Pilar Boix, responsable de redes sociales de Baleària, ejemplar pancatalanista, que pidió disculpas al guitarrista y anunció medidas contra el camarero. Este se acojonó, se vio en el alero del paro y pidió perdón ipso facto, explicando que no entendía cómo había podido reaccionar así.

Por partes. El trayecto era Formentera-Ibiza. La compañía Baleària es una naviera española propiedad entre otros de Abel Matutes. La Constitución garantiza el derecho de todos los españoles a hablar en castellano. Portet, el guitarrista, se comportó de modo intolerable para terminar convertido en un delator. En un chivato patético. Porque era consciente de que el empleado queda tocado para siempre, aunque igual no haya cojones para despedirle ahora. Y las redes sociales, herramientas tan útiles para tantas cosas, una vez más, convertidas en máquinas de triturar, despellejar, humillar, injuriar y calumniar.

No sé qué sacan de positivo los defensores del catalanismo y el pancatalanismo de este linchamiento, ni de los anteriores. Desconozco en que creen que beneficia a su causa liquidar en la corrala pública a uno de Orense que se gana dignamente la vida sirviendo en la barra de un ferry de Matutes. No alcanzo a comprender ese sectarismo que les lleva a vulnerar los derechos elementales de otros para reclamar un derecho suyo, olvidando sus obligaciones, legales y morales. Y qué decir de quienes se han sumado al juego de machacar a Hermo desde el supuesto humor y la sátira. Qué miedo de fanáticos. Que poco ayudan a Cataluña.

Quimi Portet ha utilizado una red social, como han hecho tantos, para una venganza personal, para unja cacería ideológica, vulnerando el derecho a la intimidad del camarero. Pero no es ya una cuestión legal, que también, sino moral, ética. Las redes sociales nacen para propiciar y mejorar la comunicación entre los seres humanos, no para amplificar el poder soberanamente devastador del escarnio público. Los seres humanos las convierten en insoportables plataformas de linchamiento. Se simplifica el pensamiento, se radicaliza el mensaje, se amplifica con humanos e incluso con máquinas el mensaje y se difama a los cuatro vientos a lomos de matones escondidos en el anonimato y, en nombre de la libertad de expresión y de la democracia, claro.El linchamiento digital tiene consecuencias en las víctimas. Muchas. Los que lo practican, a partir del mensaje de alguien conocido, suelen esconderse en el anonimato de su teclado. Pero las víctimas no son anónimas. Twitter y las demás empresas que gestionan redes sociales debieran tomarse el asunto mucho más en serio. No se trata de limitar el derecho a la libertad de expresión de nadie. Se trata de garantizar el derecho de todos a no ser linchados en la plaza pública tecnológica. No es un asunto menor. Hablamos de algo muy serio.