Las encuestas hunden a Pedro Sánchez y aúpan a Pablemos. El PP sigue a lo suyo. Aznar sigue en la sombra generando confusión mientras factura sus servicios. González y Cebrián, entre negociete y negociete nos dan una lección. Y entra tanto, el Mediterráneo sigue engullendo seres humanos y sus aguas son un almacén de lágrimas de desesperación. Cada día tenemos una nueva foto para la galería de la vergüenza, de nuestra vergüenza. Es infinito el espacio que tenemos para colocarlas. Es igual. Unas veces sucede en alta mar y no nos enteramos, otras en las playas de España, Libia, Italia. Este drama no tiene siquiera nombres y apellidos, solo cuerpos de niños, mujeres y hombres que se han ahogado en la desesperanza, en la huida del horror y la miseria a bordo de féretros que flotan hasta que se los traga el mar.

La llegada del calor y el fracaso de las políticas de la Unión Europea han supuesto el cierre de campos como Idomeni y de varias de las rutas que los mafiosos que trafican con la desesperanza empleaban para su negocio de tráfico de seres humanos. Y cada día decenas y decenas de inmigrantes y refugiados arriesgan sus vidas a la desesperada en su huida de la pobreza, el fanatismo y la guerra, pensando en que les acogeremos, buscando una vida digna, pero encuentran la muerte entre las olas del Mediterráneo, convertido en el gran cementerio de los nadie.

Europa muestra su incapacidad para encontrar una solución a esta crisis desesperante. Se firman acuerdos. Escuchamos grandes declaraciones. Pero acreditamos nuestro fracaso mientras resolvemos nuestros problemas miserables de mala manera haciendo oídos sordos a un drama de proporciones descomunales.

Cada país de la Unión hace la guerra por su cuenta, despliega a sus Ejércitos, refuerza su seguridad, levanta vallas con pinchos y concertinas, y se olvida del fondo del problema, y deja a un lado la solidaridad. Y en este horror, crecen cada día los grupos xenófobos y racistas que quieren acabar con el problema acabando con ellos, olvidándolos. Pero el fanatismo, la guerra, la intolerancia y el autoritarismo no van a acabar, y quienes padecen estos horrores seguirán huyendo en busca de una vida digna, hartos ya de estar hartos y de morir en vida.

Los Gobiernos incumplen sus obligaciones, y son ONG’S como Médicos Sin Fronteras, Cáritas y tantas otras, grandes y pequeñas, quienes asumen con su generosidad las tareas de acoger y prestar atención a estos parias que escapan de su miseria y de su vida insoportable.

Ya se que no hay recetas mágicas, que las soluciones son complejas, que hay mucha demagogia, que no es sencillo. Pero también sé que nuestros gobiernos están en otra, no aciertan, no son capaces de arbitrar soluciones aunque sean parciales. Y no lo son porque el problema no es una prioridad. Solo se reacciona de verdad cuando nos toca la metralla de cerca, y entonces “yo soy” no sé qué o no sé cuantos. Cada foto de portada remueve alguna conciencia, y genera algún debate, pero ahí siguen ellos, jodidos, rejodidos, muriendo la vida, en su huida a ninguna parte, porque en ninguna parte son bienvenidos. Estamos demasiados ocupados con nuestro déficit, nuestras elecciones, nuestras subvenciones, nuestra corrupción, nuestros chiringuitos. A lo nuestro. Y ellos existen, están ahí, son una fábrica incesante de dolor y de lágrimas, aunque nos pille algo lejos estando tan cerca.