Pablo Iglesias consumó su referéndum, las bases de Podemos refrendaron la negativa a un acuerdo con el PSOE y Ciudadanos (¡que sorpresa!), el mesías de la nueva izquierda más vieja que el TBO reforzó su liderazgo bolivariano y todo apunta a que vamos a unas nuevas elecciones generales, donde sería muy de agradecer que los partidos nos ahorren la campaña, porque esto es una hartura, oiga.

Pero en esta hora undécima hay run run de posibles acuerdos de última hora. Circula alguno de cierta intensidad entre los críticos a Sánchez en el PSOE que no descartan que en el último minuto el líder socialista pueda sacarse de encima a Ciudadanos para cerrar un pacto de izquierdas, apoyado por la derecha nacionalista e independentista, que le lleve a La Moncloa. Como algunos en el PP dicen que Rajoy está a nada de ponerse manos a la obra para tratar de convencer a PSOE y Ciudadanos para conformar la gran coalición, pese a que la porquería y las luchas internas en el PP cada día cobran más fuerza y lo hacen inviable.

No le doy tres cuartos a los pregoneros, porque en este lodazal, en esta ciénaga en la que chapotean las clases política, empresarial y periodística, todo es posible, pero parece de todo punto improbable.

El derrumbe ético y moral va in crescendo. La última semana ha sido el no va más, aunque siempre va más, y más. Los papeles de Panamá en el que aparecen políticos, empresarios de la cosa, artistas, deportistas, personajes televisivos, de todo un poco; la detención del alcalde de Granada; la salida del ministro Soria, uno de los íntimos de Rajoy, a cuchilladas en el Consejo de Ministros; el regreso de Mario Conde a la escena delictiva; lo de Aznar, sus problemas con Hacienda y su escandalosa visita a Montoro, al que ahora hasta denuncia en Fiscalía; el escándalo de Ausbank y manos sucias; la vuelta a las portadas de Ignacio González y su piso. Una película que ya hemos visto, una regresión a lo peor de tiempos que creíamos superados. Y lo que queda. Y la sociedad como anestesiada, resignada a lo que hay, y dicen las encuestas que millones dispuestos a seguir votando al PP que podría ser de nuevo la lista más votada. Y Rajoy empeñado en presentarse para volver a perder ganándolas. Y si al final se va, me dicen, no creas que designará sucesor, cogerá la puerta y allá se las compongan a tiro limpio los que vienen.

Parece increíble pero no hay encuesta que no dispare en esa dirección. Y Rajoy condiciona todos sus no movimientos a ese dato, aunque a su alrededor se desmorone todo. Y los dirigentes del PP, sumisos, obedientes, calladitos salvo en los off the record, a verlas venir. Rajoy a lo suyo. Sabe que entre su gente andan a dentellada limpia, cruz de navajas por sobrevivir. Y el deja que se maten entre ellos. Porque sabe que mientras en PSOE no salga de su desastre a él y al PP les quedan vidas. Si no fuera por la mala cabeza de Pedro Sánchez, el PP estaría al final de un camino equivalente al que vivió la UCD en sus últimas horas.

Y ahora Rajoy a presentarse como un estadista, a verse con Puigdemont (el que cita a Torcuato para defender que ellos van a ir de la ley a la ley hasta la independencia) para presentarse como el guardián de las esencias de España. Y así hasta la próxima portada con otro escándalo de una o uno de los suyos. Así hasta las elecciones… y más allá.