No es cuestión de corporativismo. No. Es un asunto mucho más serio. Al feroz ataque del capo de Podemos al periodista de El Mundo Alvaro Carvajal, en una intervención que retrata a Pablo Iglesias aunque pidiera tímidas disculpas, se sucedieron las explicaciones posteriores de Carolina Bescansa, secretaria de Análisis Político y Social de Podemos, en las que dijo que “hay que abrir un debate sobre cómo funcionan los medios por dentro” y pidió “normalizar la crítica a los medios de comunicación”.

La mayoría de los dirigentes podemitas tienen un concepto nada democrático del papel de los medios de comunicación, y cuando se expresan de este modo acreditan que su modelo de Estado es totalitario. No es que desconozcan como funciona las democracias y los Estados de Derecho, y el papel que en ellos juegan los medios y los periodistas. Es que no comparten el modelo, y quieren implantar la censura y la persecución, como se lleva a cabo en los países en los que han desarrollado actividad política, que son además quienes financiaron las actividades de la Fundación en la que germinó Podemos y quienes ponen la pasta para pagar los programas de televisión de Iglesias en los que él y los suyos practican la propaganda financiada por un régimen totalitario y asesino.

Podemos quiere medios de comunicación controlados por el poder ejecutivo, siempre que él lo ostente, claro, sumisos a las ordenes que se les transmita. Por eso se apresuró, cuando se autonombró vicepresidente del Gobierno, el control personal de RTVE. No sabe nada Pablo Iglesias, el demócrata.

Habló Pablo Iglesias de “periodistas felpudo”, de medios entregados a la persecución de Podemos y de “oligopolios que han privado a los ciudadanos de su derecho a la información”. Es gracioso el asunto. No habló, y le sobra autoridad para ello, de medios que tras recibir favores del poder político han servido, en uso de su derecho, a la difusión de la causa de Podemos con eficacia máxima. Pablo y los suyos han crecido y obtenido un gran resultado electoral en las anteriores elecciones gracias a que los medios, algunos ejerciendo de felpudo soberano, les han cuidado, protegido, mimado y dado alas.

La defensa del derecho de los ciudadanos a recibir información y de la libertad de información es un principio básico y esencial de cualquier democracia. Los medios tienen, entre otras, la función de controlar a quienes están en la política, en los diferentes poderes del Estado. Por eso a Iglesias y muchos de los suyos no le gustamos los periodistas. No fueron un error ni un lapsus del líder de Podemos las expresiones vertidas en la Complutense, ante el entusiasmo patético de sus seguidores. Que va. Le salieron del alma. Es lo que piensa, porque no es la primera vez que lo dice, porque sabemos como piensa, y cómo ha actuado cuando ha dispuesto de influencia en un Gobierno, el de Hugo Chávez en Venezuela. Por más que le moleste que se le recuerde.

Pablo Iglesias y sus cuates sienten una irrefrenable animadversión hacia los periodistas y quieren cercenar la libertad de prensa y la libertad de expresión. Son los reyes del escrache público y privado, del escrache en las redes sociales, de la persecución al discrepante, les encanta señalar y una vez señalado el objetivo, lanzan el ataque y la intimidación, y después ponen cara de yo no fui, rostro de cordero degollado, y piden disculpas, y hasta la próxima.

Y el debate que reclama abrir Bescansa da pavor. Los medios y los periodistas rinden cuentas ante los ciudadanos y ante la ley. No corresponde a los poderes Ejecutivo y Legislativo controlar a los medios. Eso solo sucede en los regímenes totalitarios que tanto le gustan a Iglesias y Bescansa, porque con ellos les ha ido de miedo.

Otra cosa es la situación de los medios de comunicación en estos años de crisis y de avances tecnológicos, o el papel de los grandes medios de comunicación y sus relaciones incestuosas con el poder político y económico. Pero este es un debate en el que Iglesias y Bescansa no pintan nada. Nada.