Mañana quedará certificado el final de esta Legislatura, la primera en la historia de nuestra democracia que nació tocada y que por la impericia y el personalismo de nuestros políticos ha sido incapaz de salir adelante. Durante las dos primeras semanas se generó una expectativa ilusionante de cambio. El final del bipartidismo permitía soñar con una España mejor. A partir de la tercera hemos vivido una agonía frustrante en la que la mediocridad se ha impuesto y en la que todos los partidos menos Ciudadanos han puesto por delante del interés general el suyo particular.

Sabemos por fuentes socialistas que Pedro Sánchez piensa decirle al Rey mañana que unas elecciones pueden fortalecer a España. Consta que hay batalla interna en el PSOE para tratar de evitar que Sánchez sea el candidato, y este se aferra a la cabeza de la lista. En IU dan por seguro el acuerdo con Podemos y que Alberto Garzón irá en la lista de Madrid, y no descartan pedir que como número 1. El Rey apeló a los partidos en la ronda inicial de hoy a que gasten poco en campaña y no aburran al personal más de lo que está, y se interesó por la posible confluencia entre Podemos e IU. Y el PP sigue a lo suyo, a la vez que el valenciano Ricardo Costa le dice al juez que la responsabilidad de la financiación del partido en Valencia era de Rajoy y Cospedal.

O sea, que llega otra campaña cansina, en la que el argumento central de inicio va a ser culpar a los demás de tener que celebrarlas. Promesas y promesas que ya no se cree nadie. Demagogia. Encuestas. Sal fina y sal gruesa. Debates a dos, tres y cuatro, con ausencias y presencias. O sea, una película que ya hemos visto, y que puede que se proyecte con la sala medio vacía. Y todo para que, no lo descarten, todo siga más o menos igual.

Quizá quien más va a sufrir va a ser el PSOE, porque va a ser la primera vez que afronta una campaña no para dilucidar quien va a gobernar, si ellos o el PP, sino para salvar como sea el ser la primera fuerza de la izquierda en España. Nunca se puso en cuestión su liderazgo a este respecto frente al PCE, ni con Carrillo ni con Gerardo Iglesias ni con Julio Anguita. No estaba en cuestión. Esta vez, el 26 de junio, donde todas las encuestas apuntan a que puede incluso perder escaños, percibe como muy seria la amenaza de la confluencia de Podemos e Izquierda Unida.

La responsabilidad de este trance hay que endosársela a José Luis Rodríguez Zapatero, que colocó al PSOE en el disparadero; a Alfredo Pérez Rubalcaba, que, después de estar siempre al lado del que mandaba, llego a la cúspide del partido y fue incapaz de mejorar las cosas, aunque todo el mundo alaba su capacidad y inteligencia táctica; y a Pedro Sánchez, que en muy poco tiempo ha acumulado tres derrotas (las generales y dos investiduras) que le pueden hacer pasar a la historia si se consuma la cuarta.

Pero al margen de ello, hay problemas en el PSOE que trascienden a sus cabezas de cartel, y que debieran llevar a una reflexión seria a todos sus cuadros dirigentes y a su militancia: la ausencia de una definición y una identidad ideológicas, la división interna que no cesa, y la incapacidad para adecuar su discurso al Siglo XXI. El PSOE no ha sabido conectar con las nueva política, no ha sido capaz de encontrar su sitio y en su esfuerzo por centrar su discurso para aproximarse al voto de la mayoría de los electores, ha dejado el campo abierto para que el populismo barato, radical y totalitario se haga con tantos ciudadanos indignados con el desastre al que nos ha llevado el bipartidismo.

La campaña del PSOE, con Sánchez o sin Sánchez, va a ser complicada. Debe a la vez contrarrestar el empuje de Podemos e IU marcando distancias pero sin que se perciba como discurso conservador y tiene que ser capaz de no perder votos en el centro e incluso la derecha progresista frente a Ciudadanos, que va a poder articular un discurso de cambio y progreso más creíble. Jodido lo van a tener, con el candidato que sea. La película del PSOE que se va a proyectar tiene un problema de protagonista, sin duda, pero también de guión.

PS: los papeles de Panamá no dejan de sacar a la luz nombres de todos los colores y de todas las profesiones. Los últimos los de personas del círculo de Juan Luis Cebrián, el capo de El País, que ya ha anunciado querellas, y el de la mujer de Felipe González, Mar García Vaquero. Ella no parecía ayer muy preocupada en una mesa de Quintin junto a su hermana y la ex de un presidente futbolero, mientras en una mesa cercana, el marido de María Dolores de Cospedal tampoco parecía preocupado hablando de negocios, pese al varapalo suministrado por Juan Costa. La vida, para muchos, sigue igual.