Estamos perdiendo esta guerra del Siglo XXI, por más que en Bruselas hayan hecho hoy otra “gran” operación antiterrorista y que los EEUU se hayan pulido a Abd al Rahman Mustafa al Qaduli, número 2 del Daesh, y Bélgica anuncie que va a bombardear Siria. La estamos perdiendo porque nos estamos acostumbrando y familiarizando con la desgracia cada poco, y le reiteración de las tragedias solo generan una reacción mediática rápida y copiosa, manifestaciones callejeras a granel, aluvión de “yo soy ….”, mucho ruido populista y la inocua, inocente y desesperante conmoción del personal. O sea, cero, nada relevante en lo que se refiere a la adopción de medidas serias para combatir al enemigo.

Los responsables políticos de los países de la Unión Europea están a otra, porque la UE no es unión ni es europea, es un grupo de políticos centrados en lo económico, en la pasta, sobre todo la suya y la de las grandes corporaciones, y desde Roma y los europeistas de verdad no han sido capaces de construir una unión política y social. Y todos andan con sus problemas domésticos, sus coaliciones, sus elecciones y toda la mandanga que nos pilla ya muy lejos. Y los dirigentes de la Unión Europea, a los que no ha elegido nadie, que se cooptan entre ellos, no va a hacer nada de verdad eficiente contra el Daesh, sólo luz de gas, efervescencia para aparentar lo que no es y tratar de salvar la cara. Y no lo va a hacer, además, porque pese a tantos miles de millones que nos cuesta mantener la burocracia europea ni disponen de mecanismos eficaces, de estructuras operativas de verdad en el ámbito policial, de inteligencia y militar ni hay la más mínima cohesión entre ellos. Y para colmo, la opinión pública no aprieta, porque anda enredada también en lo suyo, y lo liquida todo con un me gusta en Facebook, unos cuantos tuits ingeniosos, algunos selfies en el lugar de la tragedia si se tercia y se acabó.

Y el enemigo lo sabe. Y por eso insiste, y golpea, lo tienen escrito reiteradamente, sobre todo en el ocio. Si, en el ocio. Deportes, aeropuertos, estaciones, locales de entretenimiento, resorts paradisiacos. El terrorismo yihadista ataca duro desde su fanatismo político y religioso consciente de la debilidad del enemigo. Se esconde en nuestra casa, conoce las debilidades de nuestra sociedad moderna, el buenismo que impera, el miedo, la insolidaridad, la ausencia de resistencia real, los miedos a combatirles si ello supone mojarse de verdad. Saben que Europa, occidente, espera el siguiente zarpazo, coloca algunas trincheras de débiles sacos terreros del Siglo XXI y acepta que llegará otra masacre como sabe que cada cierto tiempo nieva, o hay un accidente de avión.

Y como nuestro enemigo en la guerra de este siglo que vivimos es listo y dispone de recursos, hasta se mofa de nosotros, avisándonos, y se regocijan al ver que ni advirtiéndonos con tiempo somos capaces de evitar lo inevitable. Y conocen los informes reservados de nuestros servicios de inteligencia. Los franceses sabían que la sala Bataclan era objetivo claro. Venían advirtiéndolo muchos años, sí, años. Cada poco recibían hasta visitas de tipos con el rostro tapado con sus pañuelos palestinos. Y la volaron en pleno concierto. Y tras Paris, 130 muertos, sabían que el objetivo era Bélgica, como sabían que lo sucedido en Madrid, Londres, Paris y hasta Boston tenía una conexión con el barrio bruselés de Molenbeek. ¿Y qué hizo Bélgica? Lo mismo que hacían Francia y Bélgica y Holanda cuando ETA asesinaba españoles a racimos, mirar para otro lado, confiarse. Sí, ya se que es imposible la seguridad absoluta, ya se que no se puede garantizar al cien por cien que se va a evitar una masacre, pero entre ese extremo y la pasividad y la abulia hay un término medio al que no se llega.

Y después de la tragedia, los bombardeos de la rabia, del cabreo, de la venganza, que por el camino se llevan la vida de algunos que pasaban por allí, pero es igual, parecemos unos machotes. Unos días de aviones soltando metralla, conciencias tranquilas en los que dirigen el cotarro, algunos muertos a los que llamamos daños colaterales y hasta la siguiente.

Y el enemigo asesina cada día a decenas de seres humanos, la mayoría musulmanes, pero lo hace en países alejados, y las víctimas suelen ser niños, mujeres y hombres negros, los nadie de Galeano, y nos trae al pairo y no ocupan ni un breve en los medios, ni hay ninguna estrella mediática que vaya a hacerse selfies junto a sus cadáveres, ni las grandes cadenas hacen especiales con sus muertos.

Van a tener que cambiar mucho las cosas en esta Europa tan desunida para poder plantar cara al enemigo con posibilidades de éxito. Hay que construir un entramado de cooperación policial y de inteligencia intracomunitaria que no existe. Hay que diseñar acciones militares lideradas por naciones musulmanas y hay que mojarse con infantería. Y eso duele. Y no se hace. Porque esta guerra tiene varios campos de batalla, como todas, y uno de ellos es el de la propaganda y la información, donde también nos ganan.

Y todo sigue igual. Y la guerra sigue, en Irak, en Siria, y se prepara una buena en Libia. Y Europa a lo suyo. Por no alterarse no se altera ni el dinero, y tras la masacre de Bruselas el señor Mercados no se mueve. Ni se compra ni se vende, todo sigue igual porque sabe que no va a pasar nada. Pero pasa, como pasa con los refugiados que huyen del horror, y que nos generan un problema severo, porque nos deja en pelotas y evidencia que en Europa, donde nacieron los Derechos Humanos como tal, la democracia, la libertad, la igualdad, la fraternidad, los derechos, la justicia es solo para nosotros, para los legales. Los refugiados no existen, son unos nadie molestos, deshechos de tienta, y por eso se los entregamos a Erdogan a cambio de una pasta para que nos resuelva por un rato el problema, como Gadafi nos lo resolvió durante un tiempo en Libia, y recuerden como liquidamos también a Gadafi, como un perro, y miren como está ahora Libia.

Esto es lo que hay. Un horror. Y hasta la próxima, que quizá llegue pronto, porque lo han avisado también. Y estos asesinos del Daesh y sus acólitos no engañan. Amenazan y cumplen. Y no van a parar. No sabemos cuando va a ser, ni donde, aunque hay pistas. Pero será. Y aquí todo seguirá igual.