Lo dejé escrito entonces, y se ha cumplido. La reacción mayoritaria en Occidente al horror de la imagen del cadáver del niño Aylan fue un llanto rápido y fácil, sincero en muchos, pero rapidito, un funeral de alivio de conciencias. Lo grave no era el cadáver del niño, sino lo que había vivido antes, todos los gritos previos durante años de horror, solo, en silencio, acompañado únicamente de los suyos, abandonados por todos nosotros. Y ahí seguimos. Y a la mayoría se la bufan todos los Aylan que pueblan el planeta, y por ello nuestro continente.

La Unión Europea, un gran fracaso, una macro estructura convertida en un gran negocio, ha aprobado por ahora devolver a cualquier inmigrante que llegue a Grecia de forma inmediata, en caliente. Solo falta el haloperidol. Y hoy un guardacostas turco ha evidenciado el espíritu comunitario, la humanidad de nuestros dirigentes, golpeando en alta mar una embarcación repleta de refugiados a la que abandonan a su suerte mientras sus ocupantes gritan.

Me cuenta Jaime Alekos, inmenso fotoperiodista que lleva toda la semana testimoniando con sus videos este horror desde Lesbos e Idomeni, que quieren también empezar a llevarse a los refugiados que llegan a campos oficiales del Gobierno griego con algo más de infraestructura y salubridad a partir del lunes. Y me cuentan que no estamos lejos de una inmensa movida, otra, con flujo creciente de llegada a Europa de refugiados a través de Italia y España. Alargan el viaje, para beneficio de las mafias y los tratantes de seres humanos, arriesgan más sus vidas, pero no van a dejar de intentarlo.

Nuestros incapaces políticos han convertido Europa en una finca privada. No quieren refugiados. No quieren que nadie nos incomode en nuestro confort. Pero no nos equivoquemos. No son solo ellos, que actúan como reclaman muchos millones de ciudadanos comunitarios. Muchos. Ellos han terminando hocicando al chantaje de la peña y le han puesto en casa al sicario Erdogan, subcontratando a sus policías y militares para que nos alivien de personal a cambio de 6.000 millones de euros (que sale a un pico si contamos a euros por barba). Erdogan da cada día pasos atrás en la democratización del país, cercena la libertad de expresión, se cisca en la separación de poderes, se pasa por el arco del triunfo los derechos humanos, y cada día da un paso adelante en su integración en la Unión Europea.

Nuestros dirigentes, cobardes, han cedido a la presión de Turquía, pero también a la ejercida por ciudadanos y Gobiernos claramente xenófobos, por los miedos de Ejecutivos acuciados por debilidades parlamentarias o en funciones, por partidos condicionados por procesos electorales. España es un ejemplo más que evidente. Hemos cumplido cubriendo la cuota, y de los millones que buscan refugio digno hemos acogido a 18. Una broma de mal gusto.

En Europa muchos no quieren que se nos acerquen hombres, mujeres y niños desnutridos, con los ojos hinchados de llorar su miseria, hambrientos, sedientos, con frío. Estropean nuestro paisaje. Son bocas que alimentar y no queremos hambre, que bastante tenemos con paliar la nuestra. Esta es nuestra Europa. Este es nuestro verdadero rostro. La Unión Europea, con su déficit democrático creciente, con dirigentes a los que no ha elegido nadie, es una sombra del sueño europeista de unos pocos en los años sesenta, reniega de sus principios y quienes la gobiernan creen que así garantizan su futuro. Ignora la Convención Europea de Derechos Humanos y el resto de la legislación comunitaria. Y no se si ignoran o les trae al pairo que los refugiados seguirán llegando a Europa mientras el Estado Islámico siga avanzando a cuchillo y permanezcan las guerras que asolan Äfrica y Oriente Próximo. Pero claro, ellos andan demasiado ocupados con el déficit, la prima de riesgo y las cosas del dinero como para ocuparse de los parias que huyen del horror para salvar sus vidas y las de sus hijos. Que dislate. Que vergüenza.