La abdicación de Juan Carlos I fue el pistoletazo de salida. Una cadena de relevos en el poder en España, en todos los terrenos del mando en plaza de verdad. Los grandes protagonistas de un período de vacas gordas , en muchos aspectos mal gestionada, que culminó con la gran crisis del 2008 que aún colea. Ha habido de todo. Salidas bajo estricto control de personas y tiempos como la de Amancio Ortega, otras por la puerta de atrás, unas más ruidosas que otras, algunas como consecuencia de fallecimientos como los de Emilio Botín o Isidoro Álvarez. Los nuevos tiempos con nuevas caras al mando de las naves más potentes de la política, la empresa y la banca. Solo en el PP se resisten a dar paso a una nueva hornada que limpie el ambiente y regenere los cimientos.

El último ha sido César Alierta, presidente de Telefónica. El aragonés, hombre complicado, inteligente, con talento, de trato difícil, ha elegido un periodo de interinidad política quizá tratando de huir de los inevitables comentarios sobre el control o la influencia del poder político en las grandes empresas del IBEX 35. Y además ha designado sucesor a un hombre de la casa, Pallete, que conoce las claves del negocio y que anda sobrado de capacidad para liderar el futuro de una compañía de descomunal potencia que en los últimos meses ha vivido turbulencias aún no desaparecidas.

Alierta ha sido un hombre clave en las grandes decisiones empresariales y en buena parte de las políticas que se han adoptado en España en los últimos años. Su papel ha sido más que el que debiera jugar un presidente de una operadora de telefonía. Ha sido pieza esencial en grandes operaciones empresariales y políticas, y ha influido como pocos en los grandes medios de comunicación públicos y, sobre todo, privados.

Amigo de Mariano Rajoy, con quien sin embargo ha mantenido una relación de altibajos, Alierta ha navegado aguas turbulentas, ha servido y cumplimentado favores que le han sido agradecidos y ha dado cobijo a muchos con excesos notables y errores mayúsculos que su poder ha posibilitado que no retumbaran en los medios como debieran.

Telefónica es una compañía independiente, lo cual no quita para que, como otras, ha sido objeto de intromisiones del poder político, en la misma medida que él ha intervenido e influido en ámbitos que le eran ajenos. Su trayectoria tiene sombras muy alargadas y luces destacadas e indiscutibles, y será un hombre objeto de literatura y guiones en el futuro inmediato.

Todo ello no quita para que nadie pueda cuestionar que la compañía que ha presidido ocupa un lugar destacado entre las grandes de España, con notable relevancia internacional, y una parte de sus éxitos se le deben a Alierta. La elección de Pallete, sobre el papel más que acertada, dibuja un futuro esperanzador, un tiempo nuevo para que telefónica sea una empresa contemporánea y moderna, en el que lo digital y los contenidos van a jugar un papel relevante.

Los últimos meses bajo la presidencia de Alierta han sido difíciles. La compañía ha marcado un rumbo incierto, muy condicionada a la situación personal de su presidente, que desde el fallecimiento de su mujer ha atravesado una crisis que le ha afectado en lo más íntimo, con las inevitables derivadas que un momento malo personal tiene en cualquiera en el mundo de su actividad profesional.

Alierta llevaba tiempo preparando el relevo. No era un secreto. Había puñetazos por influir en él en la designación y puñetazos por acceder al puesto, dentro de la casa y también fuera, pues la presidencia de Telefónica es sillón más que apetecible. El ha gestionado los tiempos con habilidad, ha conseguido reserva máxima y ha sorprendido a muchos. Solo en el último minuto se ha visto obligado a adelantar el anuncio unos días ante la certeza de que se había filtrado su decisión.

Pallete es hombre experto, sensato y valiente. En Telefónica va a haber cambios, y de calado, salida de históricos de la casa, ascensos e incorporaciones. Habrá que estar atentos, porque se trata de una compañía bandera cuya trascendencia supera los límites de su sector. Son los nuevos tiempos, que a nadie le son ajenos, excepto a Rajoy, que sigue en lo suyo.