Hasta aquí llegó la primera parte. La fracasada investidura de Pedro Sánchez ha sido una precampaña de la campaña que, salvo milagro, nos espera. La mayoría de los discursos fueron mítines de arranque de elecciones. No va más. Todo fue intenso, a veces apasionante, a ratos parecía una asamblea de facultad. Y la certificación de que muchas cosas han cambiado en el Parlamento español para mucho tiempo. Ya no es el eco del bipartidismo, y hay que fajarse y hacer política. El problema está en que hay dudas acerca de si hay alguien que sepa.

Quedan dos meses legales, y en política ocho semanas son una eternidad. Pero todo huele a elecciones, o sea, a que no tenemos Gobierno hasta octubre. Un panorama. Ayer se consumó la anunciada derrota en la votación de Pedro Sánchez, que parece haber salvado, por ahora, la cuestión interna, pero cuyos enfrentamientos personales con Rajoy e Iglesias hacen imposible en este momento su nombramiento. Y Albert Rivera, que emergió como político de buen nivel, y que defendió mejor que Sánchez el acuerdo PSOE-Ciudadanos, lo cual es malo para Sánchez.

El líder socialista ha entusiasmado a muchos, sobre todo entre los suyos, pero ojo que no es oro todo lo que reluce. Se ha quedado solo por el flanco izquierdo y por el derecho tiene poco recorrido. Su reiteración en la apelación al diálogo, a veces muy empalagosa, a no poner vetos, al mestizaje, casa muy poco con su actitud hacia el PP. Sánchez quizá se ha afianzado como líder del PSOE y ha certificado que él será candidato en las próximas lecciones, pero no sale bien librado de estas dos sesiones, porque el momento político grave que padecemos tiene mucho que ver con su negativa cerrada a hablar con el líder del PP, que tampoco ha dado un paso hasta ahora para encontrar una salida beneficiosa para todos los españoles.

Rajoy no estuvo en mal tono, fue durísimo con Sánchez desde el desdén y la ironía y la sorna gallegas, reprochó a Sánchez solo tener presente su propia supervivencia en una intervención en la que debió mirarse al espejo y no satisfizo en exceso a los suyos, aunque en público dijeran lo contrario.

El enfrentamiento entre Rajoy y Sánchez, que viene desde el debate, evidencia un antagonismo que se nos presenta como irresoluble. La única posibilidad de arreglo es que uno de los dos, o los dos, hagan mutis por el foro. Que sigue siendo, en mi opinión, el paso que posibilitaría una salida al bloqueo que padecemos.

Pablo Iglesias se empecinó en hacerle un homenaje a los 300 de Cuéntame como pasó (grande Imanol Arias), y en un ejercicio que tuvo un punto de regresión a la adolescencia, revivió los cinco muertos de Vitoria, a Salvador Puig Antich, la Naranja Mecánica de Kubrick (no le veo yo a Rivera ningún parecido con Malcolm McDowell ni su personaje) y la cal viva de Felipe González. Y para terminar, le suministró un morreo a Domenech que resultó frio y distante como el abrazo que acompañaba la escena.

Cuando sacó del armario los cadáveres de los GAL desde los escaños del PSOE se gritaba “Fuera, fuera”. Se lo reprocharon muchos, como se lo critican buena parte de los comentaristas de la cosa. Y no se por qué. Los crímenes de estado y el latrocinio que los acompañó están ahí, muy cerca, y el responsable político de ellos sigue jugando un papel en el PSOE que no debiera. ¿Por qué está mal que alguien se lo recuerde?. Como está bien rememorarle a los de Podemos su arduo trabajo de asesoramiento al régimen bolivariano, un modelo de cómo cercenar las libertades de un pueblo. Pero en nuestra política todos huyen de su pasado reciente para construir un futuro que, si nace desde el engaño, está condenado al fracaso. La cal viva existió, y algunos de quienes la encargaron siguen ahí dando lecciones. Y las víctimas siguen enterradas, y algunos de sus deudos esperan aún que se haga justicia.

Y Albert Rivera, que emergió como el hombre que no leyó, que se sabía el discurso, probablemente porque se lo cree, y puso sobre el tapete una de las claves para encontrar una salida: que el PP se desembarace de Rajoy el impasible. Rivera defendió su acuerdo con el PSOE, no se arredró con Pablo Iglesias, tuvo cintura y emergió como un tipo con capacidad para hacer política pensando en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones.

Mañana volverá a suceder lo mismo. Del Parlamento no saldrá un presidente. Y quedarán dos meses frenéticos para evitar otras elecciones de las que saldrá más de lo mismo, con matices, pero más de lo mismo. Está difícil la cosa. Nada se puede descartar hasta el último minuto. Tenemos ejemplos recientes. Pero los enfrentamientos personales hacen más que difícil pensar en alguno de los acuerdos que pueden darnos hoy un Ejecutivo. Si dependiera de la militancia de PP y PSOE, de la militancia de verdad, la cosa tendría solución. Pero esta partida es personal. Y en lo personal los puentes están excesivamente deteriorados con estos actores. O cambiamos el reparto o la película es la que es.