Comienza la recta final. No sabemos como va a terminar la cosa, pero el ambiente político está que arde. La izquierda trata de hacerle una envolvente a Pedro Sánchez, que duda si dejarse embaucar. El PP no hay día que no padezca un nuevo latigazo de corrupción (hoy la detención de Alfonso Grau), y Rajoy anuncia que irá a la investidura si Sánchez fracasa. Y entre medias surgen ideas a medio camino, ocurrencias de terreno intermedio, posibilidades de salida, pero todo está en el aire y hasta el último minuto puede haber sorpresas.

Y Pablo Iglesias a la suya, encocorado, pero con las cosas claras. Y muchos preocupados con el programa económico de Podemos. Pobrecitos. Pablo Iglesias se los lleva al huerto. Porque el peligro de Podemos no es su proyecto en materia económica, sino su proyecto político, la nuez de su plan, que es la imposición de su ideología, el control social, la división de la población entre buenos (quienes están con ellos) y malos (cualquiera que se atreva a discrepar de ellos), la liquidación de los tres poderes del Estado.

Y aunque después lo han matizado, porque son unos artistas del engaño y del marketing político, del cálculo frio de lo conveniente, en la propuesta que le enviaron al PSOE se les vio el plumero. Y la economía es lo de menos. Ellos quieren someter a toda la sociedad a su teoría, a las directrices del Gobierno. Todo lo que perfecciona un régimen autoritario, la ocupación del Estado por el partido del Gobierno y la desaparición de la libertad individual en aras de un supuesto bien superior común que no es sino el interés de ellos, que lo controlarían todo.

No era un lapsus que en la propuesta defendieran que quienes accedan a los puestos clave de la Justicia deban ser designados por su compromiso con el programa del Gobierno. O sea, personal adepto al régimen. Y no solo en la Justicia. En la Hacienda Pública, el Ejército, la Policía, los servicios de información, los medios de comunicación públicos (los privados durarían poco) la educación….. Ellos son así. Es lo que han hecho a lo largo de su vida política en el asesoramiento de regímenes totalitarios. Por eso quieren que el control de la lucha contra la corrupción lo tenga el Gobierno. Una risa. Un desvarío.

Los delitos, además, estarían tipificados en función de la ideología de la víctima, como se ha visto con el escrache al Concejal de seguridad de Madrid. Escrachear a quienes no están con el régimen es un acto democrático y merece incluso recompensa. Hacerlo con alguien que está en el lado de los buenos es un delito de odio.

Pero no engaña a nadie que no esté dispuesto a dejarse engañar. Por eso dedicaban casi diez páginas de 100 a concretar las atribuciones que tendrá Pablo Iglesias en un Gobierno presidido por Sánchez con él como vicepresidente ejecutivo. Porque lo que les interesa es el control político, de la Policía, de los servicios de información, del Banco de España, de la hacienda Pública, del Ejército. O sea, las herramientas para liquidar a corto plazo, lo más rápido posible, un sistema de libertades implantando el pensamiento único como se hacen esas cosas, por la bravas.

Lo insólito es que aún haya quien esté dispuesto a negociar sobre esa base. Lo raro, y lo preocupante, es que el PSOE no haya dejado meridianamente claro que no es negociable la vida en libertad frente a quienes quieren imponernos un régimen en el que no hay separación de poderes y en el que la libertad de los ciudadanos queda supeditada al mandato gubernativo.

No está en la economía el riesgo de que gobierne Podemos. El riesgo está en la libertad que tanto nos consiguió recuperar. Así de sencillo. Esa es la realidad. Que negocien lo que quieran negociar, pero que no pretenda nadie engañarnos.