El carnaval de la política española comenzó hace años y no se acaba nunca. Ahora vivimos el carnaval del carnaval, antes del entierro de la sardina, tan necesario, y como el carnaval de toda la vida no necesita excesos, porque es el exceso mismo, tenemos un carnaval sin gracia, sin máscaras, pero a lo loco, a lo despendolado en el desastre de nunca acabar.

Carnaval en el PP. Rajoy en Murcia, hoy, rodeado de los suyos en la Región. Entre ellos el alcalde de Los Alcázares y cinco concejales imputados por cinco delitos. Rajoy bucea entre el “Luis se fuerte te llamo mañana”, el “Alfonso, coño, te quiero, yo te quiero” y el “Rita, eres la mejor”. Bucea y no se ahoga, hasta que se convierta en sardina y le entierren en silencio, ocupando panteón entre los muertos políticos que ha ido dejando por el camino.

En el PP no hay coraje, valor, fuerza y liderazgo en nadie para poner pie en pared y salvar al partido del desastre. Solo confían en un milagro en forma de urnas, y ya casi ni eso. Me lo escribió ayer un cualificado asesor de un alto cargo popular en un whats: “si sigue Rajoy no es que tengamos que refundarnos, es que hemos de nacer otra vez. Pero te garantizo que los que estamos dentro lo vemos con mayor estupor que los de fuera”. No lo pongo en duda, pero los que están dentro lo viven además con una cobardía soberana, incapaces de plantarle cara al líder, porque además es el jefe de personal, y cuando caiga él, se lleva al paro a decenas de miles de mansos obedientes que han vivido de lo público desde hace muchos años.

Rajoy insiste en que si Sánchez no termina formando Gobierno lo intentará él. Pero en la sede popular de Génova ya no esperan elecciones, sino a la policía o al juez en el siguiente caso de corrupción. Saben de qué va la cosa, y quizá estemos a horas, o días, de una petición de suplicatorio para Barberá, y a una nueva imputación de algunos diputados, alcaldes y consejeros del Partido Popular por la Audiencia Nacional. La porquería en casa no se cubre con una máscara carnavalera. Y más de uno huele ya a sardina en el PP.

En el PSOE el carnaval es una algarabía soñando con volver a La Moncloa. Y su jefe de personal, empeñado en ser algún día, quizá muy próximo, ex presidente del Gobierno, poco a poco sofoca la rebelión levantando la zanahoria de los empleos que va a conseguir para los suyos si cierra el círculo. No sabe aún cómo justificar que pueda terminar cediendo ante Podemos, sus satélites disparados a braga quitada, IU, PNV, DyL, ERC et al. Solo sabe que quiere ser presidente a toda costa, aunque sea de un Gobierno maniatado y al que le espera el PP con su mayoría absoluta en el Senado para bajarle los humos reformistas.

Y el carnaval insuperable de Podemos y sus Ayuntamientos del cambio con Colau en Barcelona, José María González, alias “Kichi” en Cádiz, Xulio Ferreriro en La Coruña y Manuela Carmena en Madrid. Son una fiesta estos consistorios alegres en los que la decepción crece cada día. Mi amiga Manuela es el paradigma. Está hasta la cobertera y me malicio que le queda poco. Puede caer porque el PSOE deje de prestar su apoyo si finalmente no hay acuerdo para el Gobierno, o puede terminar tirando la toalla ante el bambú que le está suministrando sus compañeros de la candidatura ciudadana, que la tienen frita, y quizá su paciencia esté en el límite. Es lo que tiene ser independiente.

El cúmulo de errores y disparates va en aumento. Este carnaval comenzó antes de iniciarse, con los tuits de Zapata y compañía, y después llegaron la suciedad insoportable y su incapacidad para la limpieza, los servicios públicos que empeoran, las inversiones extranjeras que salen por patas, los edificios que no se rehabilitan, la cabalgata surrealista, la aplicación de la memoria histórica selectiva y la penúltima, los titiriteros que faltaban.

Estos Ayuntamientos del cambio en vez de dedicar su tiempo a ocuparse de los asuntos de los ciudadanos, y a tratar de resolver sus problemas y mejorar la ciudad, descollan en la imposición de una ideología, la suya, con ejercicios de sectarismo insoportable. Carmena ha de pastorear a 19 concejales de Ahora Madrid, de origen político muy diverso, todos ellos de movimientos asamblearios de izquierda. No son un partido, no es una organización con un programa, es un campo de batalla por la hegemonía en la imposición de su ideología. Y en su mayoría, los concejales y buena parte de sus equipos han acreditado una inexperiencia comprensible, una insolvencia suprema, una incapacidad insuperable. Pero ojo a este carnaval, porque aquí la sardina que puede terminar enterrada es la de estos movimientos alternativos de izquierda, y refundarse después de una experiencia excesivamente breve no sería fácil para ellos.

En esta carnaval estrafalario no se acaba nunca, pero debiera terminar. Quizá la única solución sea otra convocatoria electoral. Aunque el asunto tiene lo suyo, porque si de esas urnas sale un hemiciclo parecido al de hoy, el carnaval será eterno. Y necesitamos que termine esta fiesta en la que algunos han disfrutado y se lo han llevado calentito, pero en la que a la mayoría nos han dejado tiritando. Sin máscaras y sin locuras.