Ayer se constituyó el nuevo Congreso de los Diputados, y había mucha algarabía, mucho circo, mucha cara nueva y poco rostro histórico. La jornada tuvo un punto naif, todos encantados de haberse conocido. Muchos con aspecto de haber equivocado el armario, aunque ya se sabe que la elegancia es el esqueleto, todos aupados en la distinción de señorías, que se adquiere con la inteligencia, con los años o con la habilidad de estar en el momento adecuado en el lugar idóneo.

El Parlamento quizá más plural de la democracia abrió sus puertas a una representación de los ciudadanos que modificó la escenografía habitual de la casa, un punto antigua. Los cronistas disponen ahora de color, porque además el hemiciclo se ha llenado de personal que maneja como los ángeles las técnicas modernas de la comunicación, que pasan por la tele y las fotos, por el mensaje de 140 caracteres, por el eslogan sencillo que pilla titular, por el selfie y el trending topic. Y hasta una señoría, Carolina Bescansa, se presentó con su bebé, Diego, que no tiene escaño propio, pero que se llevó todas las fotos, como suele cada poco, porque a ella le gusta.

Diego fue protagonista y su madre recibió de todo, bambú severo hasta de Carme Chacón y el ministro Jorge Fernández, tan dispares, a quien la presencia del bebé les pareció lamentable y un mal ejemplo. Ella y su jefe, Pablo Iglesias, presumían de reivindicativos, mientras la niñera del pequeño esperaba su turno, y los diputados de Podemos se pasaban de mano en mano al bebé como si fuera objeto de merchandaising de campaña. Yo, la verdad, creo que es un gesto que sobraba, puntito demagógico, porque hay guardería en el Congreso para los diputados y los funcionarios, desde 2006 (gracias a Manuel Marín, un buen presidente), y emplear bebés y niños para trasladar mensajes políticos o buscar fotos de portada siempre me ha parecido feo. Y lo de colocarle en el escaparate y después pedir que se le pixelara la cara en las fotos me parece ya demasiado.

No sabemos lo que les va a durar la alegría a sus señorías ni la presidencia a Patxi López. No tiene pinta de legislatura larga, y quizá tengamos pronto nuevas elecciones y una segunda sesión de felicidad y cartera nueva. Pero mientras tanto, y por si dura la cosa, estaría bien que todos los partidos, que se han cansado de vendernos una regeneración y una limpieza a fondo de nuestra política que nunca llega, comenzaran por regenerar el propio Congreso, de saque el reglamento de la cámara, para dar ejemplo.

Una vez terminada la sesión, las promesas, los juramentos, y los imperativos legales que se inventó Txema Montero y han cundido, la peña va a observar atentamente cada iniciativa, cada movimiento, cada paso que den sus señorías. El resultado de las urnas nos dice que el personal está cansado de conductas impropias, y a ver cómo se las bandea el acusado Pedro Gómez de la Serna ahora que ha abandonado el Grupo Popular pero aferrándose al escaño.

Hemos asistido a muchos comportamientos impropios, a mucha golfería, a mucha desidia, y es verdad que los ciudadanos conocen poco del funcionamiento del Congreso, donde además de los plenos se desarrolla una actividad intensa, aunque haya lucido muy poco, porque ha pesado lo negativo.

Hay que modificar el reglamento, proteger a las minorías, acabar con la obediencia debida, regular con tino y sin demagogia el régimen de incompatibilidades, acotar el empleo de los decretos ley tras el abuso que se ha hecho de ellos, controlar los beneficios de que gozan sus señorías, que se compadecen poco con la estrechez que nos recetan e imponen cada día a los demás, revitalizar el debate político en la cámara, agilizar las sesiones, dotar al Legislativo de más mecanismos de control del Ejecutivo y tantas otras cosas que todos han prometido y que espero que esta vez sea la buena y no se olviden.

No hay para darles cien días de tregua. Han de ponerse a lo suyo desde ya, y lo suyo debe ser lo nuestro, lo de todos, el interés público. Se acabó el circo. Toca trabajar.