Tras el descalabro del domingo, en las cloacas políticas catalanas no cesan las maniobras para evitar unas nuevas elecciones autonómicas y sacar algún último provecho a la crisis de la CUP. Oriol Junqueras, que ha dejado su Ayuntamiento y está a tiempo completo en la secesión, chapotea para alcanzar un acuerdo con o sin Mas que evite la paralización del desenchufe y unas elecciones de resultado incierto. Artur Mas y sus secuaces mueven sus hilos para salvar lo insalvable. La CUP se desangra. Y Ada Colau sonríe y prepara el asalto a la Generalitat. Quedan cinco días de infarto en el que se van a intentar imposibles a la desesperada, y ya se sabe que no hay peor consejero que la prisa, sobre todo en política.

La irresponsabilidad y la colección de errores y disparates de Artur Mas acercan a los catalanes a unas nuevas elecciones. Por el camino, se habrán gastado del erario 70 millones de euros en convocatorias electorales en tres años en Cataluña. La cantidad de cosas para paliar los efectos de la crisis que se podrían haber hecho con ese dinero. Pero a ellos no les importa. Es su fiesta particular del trinque desde hace años y el dinero no lo ponen ellos.

Mas no ha dado una, ha antepuesto siempre sus intereses personales y los de su amo, Jordi Pujol, por encima de los intereses de los catalanes. En 2012, con la legislatura a medias, se subió al caballo del independentismo reclamando una mayoría para el derecho a decidir, y fracasó perdiendo por el camino 12 escaños. Con la careta de la Asamblea Nacional Catalana y Ómnium Cultural, y el dinero a mansalva de todos los catalanes, se montó una forzada movilización de masas recurrente y cansina que no reflejaba la realidad social, y se empeñó en presentarla como mayoritaria sin serlo. De ahí mutó al independentismo radical, el, un hombre de derechas de toda la vida, que tenía mucha prosa escrita contra la secesión. Diseñó la lista única, se inventó las elecciones plebiscitarias y las perdió. Pero como va de error en error, creyó que salvaría la cara, su cara dura, arrodillándose ante la CUP. Por el camino se cargó CiU, o sea, el nacionalismo burgués de toda la vida, y al final, él se ha cargado también la CUP, dividida en el debate sobre si apoyarle o no.

La mala cabeza y el gatillo fácil con dinero ajeno que ha acreditado Artur Mas ha situado a Cataluña en la quiebra económica, ha dividido a una sociedad que convivía sin excesivos problemas, ha generado una crisis institucional en Cataluña y en España sin precedentes y aboca a los catalanes a otras elecciones de las que saldrá probablemente un Parlamento autonómico más fraccionado del que saldrá quizá un nuevo tripartito de izquierda, con el recuerdo terrible del anterior.

Y todo ello ha sucedido con la complicidad intolerable y vergonzosa del catalanismo de centro derecha, de prácticamente todo el establishment catalán y español, que se ha forrado de pasta por el camino, de los Gobiernos del PSOE y el PP que se han alternado en el poder durante años con el apoyo de CiU.

En medio de todo este espectáculo triste y lamentable, al menos Jordi Baños ha dimitido y se ha ido a su casa. Artur Mas, Rajoy, Sánchez, Garzón y otros derrotados se aferran al sillón tras liderar severas derrotas. Por eso la dimisión de Baños merece un elogio. Aunque sea otra muestra del dislate de esta política desesperante. Porque Baños se va por no compartir la decisión de la CUP de no apoyar finalmente a Mas. Como lo leen. El, Baños, que se hartó durante meses de decir que jamás apoyaría al jefe de la banda del 3%, al final creyó que la mejor salida de sus antisistema era apuntalar a Mas. Y como ha sido derrotado se va a su casa. Y ahí ha dado una lección a todos que acredita una decencia política y personal de la que otros carecen.

España con un Gobierno en funciones y con dificultades serias para conformarlo, en puertas quizá de otras elecciones generales también inciertas donde quizá el PP y Podemos se queden como los dos partidos mayoritarios con el PSOE y Ciudadanos de bajada. Cataluña con un Gobierno en funciones, descalabrada, en puertas de unas elecciones autonómicas que quizá dibujen otro Parlamento que requiera de pactos a tres. Una larga lista de políticos que han fracasado empeñados en aferrarse a sus puestos. Y los ciudadanos pagando la fiesta y atónitos. Quizá lo que se encuentren cuando convoquen de nuevo a las urnas es una abstención disparada. Algo que sería más que legítimo ante este delirio. Pero en Cataluña quedan cinco días. Y en las cloacas no paran las maniobras. Veremos