Este oficio del periodismo te lleva a hablar con todos para enterarte de qué va la fiesta. Andamos revueltos con la investidura, o la posible repetición de las elecciones, ya casi probable. Y me sorprende en cada conversación en la búsqueda de algo nuevo que sigue en boca de tantos el discurso de la indumentaria como reflejo para unos de cambio y para otros de resistencia a lo nuevo. Lo constato con tristeza. Iba a escribir depresión, pero no llega a tanto. Pero triste si que me parece que estando tantas cosas serias en juego nuestras señorías se queden en la indumentaria.

Desde Podemos me dicen que Rajoy y Sánchez no se han dado cuenta todavía de que “el nuevo Parlamento se parece a la gente de verdad, a la calle, ya hay menos corbatas, y las rastas les joden, y Villalobos saca los piojos a bailar, aunque luego muestre un falso arrepentimiento. El pueblo quiere cambio, y va a haber cambio, se pongan como se pongan”.

En el PP me comentan que “con un Pedro Sánchez que está KO y estos de Podemos y sus rastas, y sus camisas remangadas en el Palacio Real, Europa tiembla. O en el PSOE se instala la sensatez y Gobierna Rajoy con el apoyo de socialistas y Ciudadanos o España se va al carajo. Estos progres de pacotilla con sus pelos nos llevan a la ruina”.

En el PSOE, donde los nervios y las navajas están a la vista, creen que “los burguesitos del PP quieren seguir con sus mangancias, sus trajes de sastre, sus corbatas de Hermés, sus coches de alta gama a costa del erario. Y los podemitas, progres de salón, mucha rasta, mucha camisa remangada, mucho bebé en brazos, pero hacen política populista que nos puede llevar a todos a la ruina”.

Este es el nivel. Ellos, casi todos, ansiosos de mandar, de tocar poder, tratan de hacernos creer que la voluntad popular expresada en las urnas son ellos. Cada uno de ellos. Todos piensan lo mismo de ellos mismos. Y se quedan en la espuma de la cerveza. Se instalan en lo banal, en la anécdota, porque quizá desconocen cual es la categoría. Y establecen conclusiones sobre la indumentaria y el aspecto, que son circunstanciales, y jamás deben servir como elemento de juicio de nadie, porque no hay debate de fondo político, de ideas, de alternativas sustanciales. Todo es marketing, eslogan, telecracia, propaganda y demagogia.

El primer error de estos diputados sobrados de ignorancia es que cada uno de ellos representa al pueblo español, a todos los ciudadanos, no sólo a quienes les han votado a ellos. Pero saben poco de democracia, porque los unos se han formado en el bipartidismo corrupto y los otros en el populismo mangante. A mí me trae al pairo si un diputado lleva corbata, camisa, camiseta, rastas o luce calvicie. Me interesa que cumplan con sus obligaciones, que regeneren una política de saldo y unas instituciones deprimidas y a punto de derribo, que cumplan sus promesas y sus programas, que sean decentes, que gestionen con eficacia, que no roben, que vigilen, que respeten las leyes. Juzgar al personal por su aspecto, su pelo, su indumentaria, su raza o su sexo es lo peor. Me repugna. No se es más demócrata por llevar rasta, coleta, chanclas, ir en bici o ser negro, y no se es más corrupto por llevar corbata, pelo engominado o un coche de más gama. La indumentaria no hace demócratas. La solvencia intelectual, la formación ética, la honradez, el talento, la valentía para ejercer tu función pública sin miedo no vienen determinadas por la clase social o la indumentaria.

Cuando en una situación tan grave y seria como la que vivimos algunos siguen dirigiendo el debate a este territorio se acredita el nivel medio de nuestra clase política. Lo preocupante es que ni habiendo nuevas elecciones esto parece que tenga remedio, porque se presentarían los mismos. Con sus corbatas y sus coletas, cada uno como le plazca, pero con su indigencia intelectual intacta. Pues eso.