No es un juicio a la Corona, pero los planos y las fotografías de la infanta Cristina de Borbón y Grecia en el fondo del banquillo de los acusados en el “Caso Nóos”, aún sin haber renunciado a sus derechos a la sucesión a la Jefatura del Estado, suponen el primer revés serio para el Rey Felipe VI, que ha fracasado en sus intentos para conseguir esa renuncia, lo cual está teniendo derivadas tóxicas y negativas para la institución monárquica.

No sirve el argumento de que al figurar en sexto lugar en el orden sucesorio es de todo punto improbable que jamás pueda la infanta acceder a la Jefatura del Estado. Los derechos de que dispone la infanta son absolutamente incompatibles con el hecho de sentarse en un banquillo, disponen de una carga emblemática y representativa que no se compadece con la conducta observada por Doña Cristina en la empresa familiar y durante la instrucción del proceso y suponen un daño a la Corona inmenso, más lo que queda por ver en el juicio.

Pero se ha iniciado la vista oral y ahí está la infanta, acusada de ser cooperadora necesaria de dos delitos fiscales, protagonista de un juicio y unas imágenes que quedan para la historia, que perjudican seriamente a la Corona y que indignan a buena parte de los ciudadanos, que no soportan el escarnio y la nula consideración de la hermana del Rey, incluso un punto altiva.

En la primera jornada de la vista, dedicada a cuestiones preliminares, pero importantes, el Estado, con instrucciones del Gobierno, desplegó toda su fuerza no en la defensa de los intereses de los ciudadanos, sino en la defensa de la infanta. El fiscal sacó un nuevo informe de Hacienda favorable a la hermana del Rey, la Abogacía del Estado se empleó a fondo en la exculpación y llegó a decir que eso de que Hacienda somos todos es publicidad engañosa. Ahora terminamos de entender lo que intuíamos cuando Rajoy dijo aquello de que a la infanta le iba a ir bien.

Si al final se libra por la aplicación de la doctrina Botín y con el fiscal Horrach como principal defensor, será peor para su imagen y para la del Rey, porque quedará como un fraude monumental que acredita que la Justicia no es igual para todos, y ya se sabe que en política las cosas son como parecen.

Por más que lo ha intentado desde antes incluso ser acceder al trono, por más que ha roto relaciones muy en serio con ella, Felipe VI, que tantas cosas está haciendo mejor que bien, ha patinado estruendosamente al fracasar, junto a los miembros de la Casa, en sus reiterados intentos para conseguir la renuncia de la infanta. Sorprende el fracaso en el objetivo, más aún después de la abdicación de su padre y del clima de severa crisis institucional que atraviesa España. No cabe mayor desprecio a los ciudadanos, a su hermano, a las instituciones y a su propia dignidad, ni mayor desvarío, ni superior irresponsabilidad que enrocarse como lo ha hecho doña Cristina. Algún día conoceremos con detalle el contenido de las conversaciones entre el Rey y su hermana, escasas, cortas, pero intensas y de alto voltaje familiar y político.

Si finalmente el fiscal Horrach sube a la infanta al carrito mangado en Mercadona y la saca del proceso, el error será mayúsculo, y el escándalo de alta magnitud. La Fiscalía, en el caso de la infanta, ha ejercido una labor de defensa incompatible con el Estatuto del Ministerio Público y con la defensa de los intereses de los españoles y el cumplimiento de la ley. Si se consuma la aplicación de la doctrina Botín a la infanta, el tono del cabreo y la crítica se elevará hasta los cielos, y es lo que nos faltaba.

El juicio acaba de empezar, pero la primera decisión a adoptar es, desde un punto de vista político, quizá la de más calado. Las magistradas sabrán, y ojalá acierten en su decisión, y sean capaces de argumentarla a modo.

Y en España, un Gobierno en funciones y sin visos de que vaya a ser posible evitar otras elecciones. Y en Cataluña, la desconexión en marcha. Y Rajoy, acojonado con las nuevas revelaciones de Bárcenas, y las grabaciones a punto de salir. Y el personal, atónito ante tanta estulticia y tanta mediocridad