Han sido muchos años de bipartidismo corrupto y faltan costumbre y cintura democráticas. La situación es inédita y el personal está despistado. Corren los rumores de todo tipo, los arúspices se ponen las botas y nadie sabe qué va a suceder. Constitucionalmente hay discrepancias y en la Casa Real andan con pies de plomo para que Felipe VI no vaya a cometer algún error que le comprometa. Ya es discutible que acertara Su Majestad proponiendo a Rajoy, y quizá debiera haber abierto una segunda ronda de contactos antes de dar el paso. Incluso hay quien sostiene que Rajoy ha perdido su oportunidad y ahora le corresponde a Sánchez el turno. Y si no, que empiece a correr el plazo y a las urnas de nuevo. Mucho análisis jurídico de hilo fino, poca política de verdad y Ciudadanos y Podemos creciendo en las encuestas mientras la peña cada día está mas harta de Rajoy y Sánchez, que no se van ni con agua hirviendo.

Veamos. Primero fue el espectáculo de Cataluña, que tanto condiciona lo que vivimos ahora. Tras varias décadas gobernados por un gang familiar de delincuentes, Artur Mas, el empleado del año de los jefes de la banda, el político más lamentable conocido en mucho tiempo, tras verse arrastrado por su propio fango, dio paso a un obediente esbirro que ni en sus mejores sueños hubiera pensado en llegar a presidente de la Generalitat, pues andaba demasiado ocupado en vivir a costa del erario dirigiendo medios de comunicación públicos a los que han convertido en máquinas manipuladoras al servicio de unos pocos que mandan aún en Cataluña. Los radicales antisistema de palmeros de los burgueses corruptos. Y la desconexión en marcha. Saben que no llegará, pero saben también que la tensión va a favorecerles para seguir viviendo ellos del dinero de todos. Y como buena parte de la sociedad catalana se lo permite, y desde Madrid se les ha bailado el agua y se ha guardado un silencio cómplice sobre sus fechorías, ahora aprietan la soga a ver hasta dónde llegan.

Después, las elecciones generales de diciembre. El PP fue la lista más votada, en la victoria más dolorosa, penosa y agria que se ha conocido, sexta derrota de una cadena de fracasos de un Mariano-se-fuerte-te-llamo-mañana que no se inmuta. Y el PSOE padeció la derrota más rotunda y estrepitosa que ha conocido el socialismo en esta democracia de broma. Y ni Rajoy ni Sánchez se dieron por aludidos, y se aferraron a la poltrona. Izquierda Unida casi desaparece, y Garzón, Alberto, también se queda, a la espera de que Iglesias le de alguna limosna. Y Albert Rivera, con un buen resultado, menor de lo que esperaba, tras una semana noqueado, revive y se muestra como el líder más sensato, y gana peso. Y Pablo Iglesias, eufórico con sus escaños, tratando de que no se notara que solo obtuvo dos más que Rivera, porque 27 son prestados por grupos separatistas, ha acreditado que tiene mucho olfato político, cero escrúpulos y muy claro que su objetivo es liquidar al PSOE para venderse como referente de la izquierda.

Con un Parlamento muy dividido, sin mayorías absolutas, y con enorme dificultad para conformar alianzas, pactos o coaliciones estables, llevamos un mes de impasse en el que todos se han retratado como lo que son. Y seguimos esperando, no sabemos aun el qué.

Rajoy y Sánchez han acreditado definitivamente su insolvencia. Los dos se están jugando su futuro político personal, y en su mediocridad, se aferran a la silla, incapaces de asumir sus responsabilidades e irse a casa tras dar paso a nuevos líderes que posibiliten una salida al caos institucional que vivimos y que puede arrastrarnos más miseria. Los dos están agazapados, cada uno a su estilo. Rajoy, con la agenda vacía, el coronel no tiene quien le escriba y quiera hablar con él, salvo bromistas. No estuvo mal su retirada en el último minuto, porque coloca toda la presión sobre Pedro Sánchez y el PSOE, pero a la vez deja al PP fuera de juego, de mero espectador de lo que suceda en el PSOE, se queda desnudo pendiente de decisiones que no son suyas. Y Sánchez evitando los hachazos internos, y con Pablo Iglesias humillándole. Ninguno de los dos ha iniciado un proceso de negociación como Dios manda. Y no se trata de discrepancias o divergencias sobre los programas políticos. El problema es estrictamente personal. Miran por sus intereses, no por los de los de sus partidos o los de los ciudadanos españoles. Y ninguno de los dos está en condiciones a día de hoy de conformar Gobierno. A Rajoy no le salen las cuentas por ningún lado y nadie quiere bailar con él. Y Sánchez anda demasiado ocupado en librarse de sus enemigos internos cuando Pablo Iglesias le coloca frente al espejo con una propuesta de Gobierno en la que termina ofreciéndole al líder del PSOE la presidencia de honor. Empiece o no la legislatura toda la presión la tiene ahora Sánchez, a la derecha y a la izquierda.

Pablo Iglesias no tiene reparos en que se le note la ambición. Es inteligente, hábil y está jugando su partida. Quiere liquidar al PSOE, y quizá lo consiga. De entrada en su haber tiene que, desnortado Pedro Sánchez, se muestran públicamente como salvadores de las siglas centenarias Felipe González, Alfonso Guerra, Alfredo Pérez Rubalcaba y el renacido José Luis Corcuera. Ver para ver. El famoso sindicato del crimen convertido en salvador del PSOE. Un éxito indiscutible de Pablemos, que se descojona de Sánchez y le hace el Gobierno. Para él y sus sicarios se queda el mando en plaza, y las carteras de Defensa, Justicia, Interior, Economía y la nueva de Plurinacionalidad, y por supuesto el control del CNI y de RTVE. Creo que al PSOE les dejaba Agricultura y algún otro Ministerio. Pero quizá Podemos está midiendo mal. Todo lo fían a que Sánchez acepte su suicidio o a una nuevas elecciones, en las que se ven triunfantes. Y me malicio que quizá patine aquí Iglesias, porque su truco del viernes, efectista, retador, osado, ha cabreado a muchos. Aunque de entrada le haya torcido el paso a Rajoy y a Sánchez de una tacada.

Y Albert Rivera y sus ciudadanos en el escaparate como los más sensatos, sin jugar a las casitas y el monopoly, escuchando a todos, dispuestos a apoyar salidas cuerdas entre tanta locura, con unos o con otros, pero sin dislates y planteamientos adanistas o delirantes que no convienen a los ciudadanos españoles a quienes representan.

Y así está el patio. Revuelto. Triste. Sucio. Con salidas a cual más difícil. No se lo que va a suceder. Va para largo, y eso perjudica al interés general. Pero aquí no tenemos políticos que piensen en las siguientes generaciones, solo piensan en las siguientes elecciones. Y así nos va. De mal en peor.