Han pasado ya dos semanas, y aún no sabemos toda la verdad de lo sucedido en Colonia y otras ciudades europeas la fatídica noche de fin de año en que unas manadas de canallas, la mayoría inmigrantes, agredieron, abusaron y violaron a mujeres de diferentes edades. Desde entonces hasta la fecha han sucedido muchas cosas incomprensibles. El asunto supone un problema para una sociedad en la que cada día más se impone, con las redes sociales como máximo exponente, lo que supuestamente es correcto, un pensamiento dominante que parte de una premisa equivocada, de una superioridad moral inexistente y de una cobardía insoportable. Y además, pone en cuestión las políticas de muchos países europeos y de la propia Unión en relación con los inmigrantes y refugiados.

Conviene llamar a las cosas por su nombre. Lo sucedido en la noche de fin de año, y en otras noches, es gravísimo, es intolerable, requiere de una respuesta seria de las autoridades y de la sociedad, ha de ser abordado como lo que es, y todas estas consideraciones sean quienes sean los autores de esa razzia infame contra decenas de mujeres.

Los hechos fueron ocultados por las autoridades alemanas con la vergonzosa complicidad de los medios de comunicación. Poco a poco hemos ido sabiendo que se trató de ataques con una cierta coordinación en Colonia, Stuttgart, Hamburgo, Berlín, Bielefeld y algunas otras localidades menores de Alemania. Además se produjeron ataques similares, aunque cuantitativamente menores en Austria, Suiza y Finlandia. El jefe de la Policía de Colonia fue destituido por ocultar la nacionalidad de los agresores.

Ya se sabe que buena parte de los canallas que practicaron la caza de mujeres de toda condición y edad, abusando de ellas y en algunos casos consumando violaciones, eran musulmanes de diferentes orígenes, en especial árabes y africanos, y también que entre ellos había solicitantes de asilo, inmigrantes ilegales y refugiados. En concreto hay identificados entre los asaltantes refugiados de Irak, Siria y Afganistán, al menos. Decir y escribir esto no es estar en contra de dar asilo y refugio a quienes lo necesitan en su huida del horror. Tampoco supone una incitación al racismo, la xenofobia o la islamofobia. Al contrario. Ocultar lo que sucede es considerar a los ciudadanos como estúpidos. No establecer límites esenciales a quienes vamos a acoger y ayudar es suicida. Una llegada masiva de refugiados e inmigrantes como la que se está produciendo plantea problemas, aunque los defensores de las esencias bienpensantes pretendan ocultarlo. Y lo que hay que hacer es afrontarlos y resolverlos con criterios sensatos, democráticos, respetuosos y a la vez muy serios con aquellos que violen las normas de convivencia que nos hemos dado.

No es de recibo adjudicar a priori y de modo indeleble la condición de víctimas inocentes a todos los que llegan a nuestros países. Ser inmigrante o refugiado no te convierte en inocente de por vida. Los complejos de muchos de nuestros políticos, y muchos de nuestros conciudadanos, llevaron por ejemplo a la alcaldesa de Colonia a criticar a las mujeres víctimas de estos salvajes por no haber guardado distancia de los agresores. Dios bendito. Hasta donde hemos llegado. Imagino lo que los guardianes de lo políticamente correcto habrían dicho y hecho si los autores de estas agresiones en masa y coordinadas hubieran sido tipos vinculados a grupos de extrema derecha.

Yo estaría diciendo lo mismo. Hay que perseguir a los autores con la ley en la mano. Y si se trató, como parece de una acción coordinada, hay que abordarlo policial, judicial y políticamente como lo que es. Delincuencia organizada. Y si hay inmigrantes, refugiados, árabes y africanos entre ellos, hacer lo mismo que si se hubiera tratado de ataques contra ellos por parte de personas de otro origen.

No se trata de hechos aislados. Hay además casos de violaciones de mujeres y de niñas en albergues de refugiados y de prostitución forzosa de mujeres en instalaciones cedidas a refugiados, en Alemania. Estamos hablando de delitos especialmente odiosos que requieren de respuestas contundentes.

Si alguien comete un delito ha de ser detenido, juzgado con garantías y cumplir la condena si es culpable. Si el que delinque es inmigrante o refugiado, debe perder esa condición cuando se trata de delitos de esa gravedad y magnitud y ser expulsado. Es perfectamente compatible una política suficientemente generosa y solidaria de asilo a personas que proceden de otras culturas con la defensa irrenunciable de principios incuestionables como el de la defensa de la dignidad de la mujer y la igualdad. Hay que ser tajantes en este punto, y perseguir a estos delincuentes procedan de donde procedan, profesen la religión que profesen, sean de la ideología que sean, y hacerlo además con absoluta transparencia. Actuar de otro modo es lo que supone un problema político de fuste y lo que permite a muchos cuestionar las políticas comunitarias en materia de inmigración.

Basta ya de maniqueísmos, de posiciones apriorísticas, de superioridades morales, de prejuicios, de buenismo y de defensa de lo políticamente correcto. Llamemos a las cosas por su nombre. Y persigamos a estos delincuentes con todas las armas democráticas que tenemos a nuestro alcance. Si no nos lo tomamos en serio, quizá lleguemos demasiado tarde en asistir a las siguientes víctimas.