Escribo desde el andén a punto de salir de Barcelona hacia Madrid. Nuestra política sigue igual y nuestros políticos continúan a lo suyo, que casi nunca es lo nuestro, en sus intrigas, en sus batallas, y el Rey en un apuro, de nuevo de ronda de conversaciones a ver si propone un candidato dispuesto a someterse a la investidura y que comience el reloj de los dos meses a andar. Mucha corrupción, en especial en el PP. Mucha tensión. Mucho chalaneo. Mucha intriga. Mucho miedo. Y poco nivel.

En Cataluña los políticos a lo suyo y el personal dudo si atónito, resignado, sometido o cabreado. Me encuentro de todo. Mis amigos independentistas de verdad cabreados como monos. Los nacionalistas con cara de yo no fui esperando acontecimientos, instalados en el poder aunque ahora con pinzas. Y los constitucionalistas temerosos aún y deseando que Puigdemont se la pegue y convoque nuevas elecciones. Y la mayoría indignados, pero callados. Silentes ante la corrupción de quienes han gobernado la Comunidad Autónoma durante décadas como si fuera su finca, pero más que críticos con la corrupción de PP, que en Valencia supera lo imaginable, y PSOE. Como si la suya fuera más limpia.

Pero lo que me asombra, es la doble vara de medir. En Barcelona y en Madrid. El doble rasero que se aplica para opinar o juzgar a los políticos y los empresarios instalados en la golfería, a quienes en la vida pública no se comportan con ejemplaridad y decencia, respecto a los cuales se sueltan improperios más que justificados, y la laxitud, complacencia y comprensión con que se opina sobre tantos futbolistas y clubes de fútbol que se conducen con indecencia máxima y a quienes no se les formula una crítica. Ellos, los jugadores y quienes les emplean, disponen de bula popular para la mangancia, el trinque, la evasión y el fraude fiscal.

El mundo del fútbol en general tiene una cara oculta que nadie quiere ver. Detrás del espectáculo, los goles, el glamour, las alfombras rojas, los balones de oro, hay mucha porquería en muchos de los grandes protagonistas idolatrados por la masa. De los tres ocupantes del podio por el balón de oro de este año, dos de ellos, Messi y Neymar, tienen juicios pendientes por defraudar a Hacienda.

Messi, el mejor jugador del mundo, está acusado por la Abogacía del Estado de no pagar impuestos, en una causa en la que aparece su padre también en los manejos. Le piden una multa de más de 4 millones de euros. Para Neymar la Fiscalía pide que sea imputado por estafa y corrupción de particulares en relación con su fichaje por el Barça. En este mismo Club, Mascherano acaba de ser condenado a un año de cárcel y 800.000 € de multa también por problemas con el fisco.

Pese a todas las evidencias de un comportamiento cuanto menos impropio, sobre todo de quienes son vistos como ejemplo aspiracional por los niños de todo el planeta, los clubes, a veces cómplices, les amparan y defienden. Cualquier ejecutivo o empleado de cualquier empresa o Administración pública sería despedido de modo fulminante, pero ellos no, siguen encaramados al púlpito de la fama y amparados por sus jefes. Y los aficionados, los mismos que se llenan la boca para insultar grosera y severamente a los políticos corruptos, les aclaman, incluso en la puerta de los juzgados cuando van a declarar, como sucedió con Messi en Gavá.

Y en el Real Madrid las cosas no son diferentes. Karim Benzemá está imputado en Francia por tentativa de chantaje y asociación de malhechores en un turbio asunto de un video sexual de un colega, además de tener un largo expediente de sanciones gravísimas de tráfico. James Rodríguez fue denunciado hace poco por exceso de velocidad, conducción temeraria y desobediencia a la autoridad, después de protagonizar un lamentable episodio grabado en video, que culminó con una lamentable ayuda de empleados del Club para tratar de que eludiera a la Policía. El Real Madrid ha defendido a ambos públicamente y no ha censurado su comportamiento. Y los aficionados siguen aclamándoles.

Hay muchos casos más. Estos son los más notorios. Pero entre los menos relevantes también encontramos excesos lamentables. ¿Qué diría el personal, qué gritarían y tuitearían los aficionados si en estos comportamientos bochornosos de los futbolistas estrella hubieran incurrido Mariano Rajoy, Esperanza Aguirre, Pedro Sánchez, César Luena o cualquier político de cualquier partido? ¿Por qué tantos ciudadanos se comportan de este modo? ¿En qué sociedad vivimos para idolatrar a personas con comportamientos tan reprobables? ¿Por qué las estrellas del fútbol disponen de esta bula social en la golfería?

El mundo del fútbol se ha convertido en un universo aparte. Es uno de los grandes negocios del entretenimiento, genera audiencias e ingresos multimillonarios, está regido internacionalmente por gente con pocos escrúpulos, se ha convertido en un territorio peligroso en el que sólo de cuando en vez se hace la luz de la ley. Pero los aficionados lo perdonan todo. Y los dirigentes de los clubes también. Un doble rasero insoportable, impresentable e indecente que debiera acabar. Pero como en la política, todo sigue igual. Hasta que cambia, claro. Pero no siempre para mejor.