Huyo del cabaret de ofertas políticas en la búsqueda incesante de un Gobierno imposible. Salgo a caminar por el centro de Madrid a pulsar el ambiente en un día tristón, aniversario para mí de una debacle, y me encuentro en la calle Hortaleza,63, con la Iglesia de San Antón, también llamada de la Misericordia. Entro en paz, tranquilo, atento, curioso, y salgo un buen rato después sin resuello, un punto desencuadernado, porque he hecho un viaje de día en medio de la noche que echa chispas de dolor en silencio, rodeado de gente a la que la vida se la ha puesto entre muy jodida y jodidísima.

Esta Iglesia que pastorea el padre Ángel con sus Mensajeros de la Paz es un monumento a lo que debieran ser todas las iglesias. Junto al altar, en escritura de caligrafía inmensa, recuerdan a todo el que mire al santo que un poco de misericordia cambia el mundo, y lo hace menos frío y más justo. Y, en cita de Francisco, el Papa, advierte que “los templos con las puertas abiertas en todas partes, para que el que busca a Dios no se encuentre con la frialdad de las puertas cerradas”. Y el altar certifica que solo se ponen de rodillas ante Dios y un niño.

San Antón tiene las puertas abiertas las 24 horas. Es una isla de misericordia, una casa de acogida, un pequeño hospital de campaña, un oasis de silencio y oración para quien lo quiera, una casa solidaria donde se comparte, porque hay sacerdotes y seglares que escuchan a quien desee hablar, a cualquier hora. Hay máquinas solidarias donde se puede colaborar con alimentos no perecederos para las personas derribadas por la crisis, cepillos abiertos en los que puedes dejar lo que desees y coger lo que necesites. Un café solidario con un cartel que reza “si necesitas un café, sírvetelo, aunque no puedas pagarlo. Si puedes, deja pagado un café para otra persona”. Y hay un belén solidario con los refugiados, en el que el niño es Aylan, tumbado boca abajo sobre una arena figurada, y la Vírgen María y San José sus padres, junto al hijo que se fue.

Entra uno en esta iglesia y encuentra un espacio en el que los desheredados, los nadie, tienen un hogar. Sin remilgos. Un lugar para los que buscan y no encuentran, para quienes han quedado malheridos por los golpes de la vida, para quienes están o se sienten solos, para los que quieren compartir su tiempo, su dinero o su cariño, para los que buscan consuelo, para los que sueñan con un mundo mejor. Y no cierra. A cualquier hora acuden hombres, mujeres y niños. Y a cambio de nada, quien entra encuentra que le convidan a un abrazo.

Siempre me han gustado los que no ponen cara de inocencia a su culpabilidad, quienes tienden a escoger salirse de la fila, o circular a veces por la dirección prohibida. Está la vida que arde para muchos, y ese calor infernal desordena a veces el espíritu. Aquí, en San Antón, a quien entra le suministran betadine para el alma, asisten a quienes tienen desahuciada la casa, el alma o el corazón, y no preguntan por tu origen, ni por tu religión.

No frecuento las iglesias, pero entrar en San Antón me ha reconfortado. He hablado largo rato con uno de los sacerdotes que trabaja con el padre Ángel. Sentados en dos sillas, cómodas en su desvencije, me ha explicado su tarea mientras con dureza invitaba a salir a uno que confundía la misericordia con la jeta sin careta. Porque no dan palmadas vacuas en San Antón, y saben diferenciar al necesitado del pícaro que quiere llevárselo hasta del cepillo. Son buenos, pero no gilipollas, y la madera está atenta en la zona porque se arriman buscones a este templo ejemplar.

El templo tiene piezas de suficiente valor artístico como las reliquias de San Antón y San Valentín, una copia de “La última comunión de San José de Calasanz”, de Goya, un órgano de 1824 y un reloj que debe ser de los más antiguos de Madrid.

El padre Ángel hace un trabajo ímprobo a favor de los nadie, que mueren la vida. No se por qué, pero he recordado “Historia de dos ciudades”, la novela de Dickens, una obra formidable sobre el sufrimiento, sobre la vida misma: “La era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no poseíamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto”. Porque la vida arde, para muchos, de sufrimiento. Y es bueno saber que hay sitios como San Antón, donde un grupo de seres humanos tratan de hacer del mundo, sí, un lugar más justo y menos frío.