Arranco con la condena tajante, sin matices, enérgica, de la agresión sufrida ayer por Mariano Rajoy, reflejo de esa parte cainita y sectaria que aún anida en la sociedad española. Este joven que ha terminado por cargarse una campaña triste lo tenía preparado. Es un reflejo de una minoría que se hace sitio a golpes, ayer contra Rajoy, pero hoy si pudiera haría lo propio con Rivera o con Sánchez. O se apuntaría a un grupo de homólogas ultras deportivos. O a la primera Yihad que pillara por el camino.Es fiel reflejo de uno de los principales problemas que tenemos en nuestra sociedad. No tiene justificación, y expresó públicamente mi solidaridad y mi afecto al agredido, a la víctima, al presidente del Gobierno, del que tantas veces he discrepado, pero que cuenta con mi respeto, como todos los demás, muy especialmente aquellos con los que no comparto criterios, ideas u opiniones.

Pero me niego a que este imberbe violento condicione mi vida y me impida escribir lo que habría escrito si no hubiera agredido a Rajoy. No podemos dejar que los violentos nos condicionen la vida y marquen la agenda social y política.

El eco del No-Do del lunes al que algunos llaman debate cada a cara no cesó hasta la agresión a Rajoy, como un rayo que reventó la última semana de campaña. El martes vi y escuché en la tele a Rajoy, por la mañana, tomarse un vino en La Rioja y dar una charla en la que parecía un jubilado en la cena de despedida, y daba aspecto de abatido. Poco después compartí tres cuartos de hora con Pedro Sánchez. Le conozco hace años, de cuando no era un pope del PSOE, y le encontré frío, distante de todos, apagado y con rictus de preocupado.

Los discursos oficiales de PP y PSOE no se compadecen con lo que te cuentan a micrófono cerrado los que acompañan a los líderes en la campaña. Una mujer del equipo de Rajoy me confiesa que al terminar el combate el lunes, “en Génova sentimos escalofríos. Un desastre. ¿Sabes lo que me consuela hoy?, que varias personas me han dicho que no pensaban votarnos, pero que les dio tanta lástima el presidente que ahora lo van a hacer, porque además creen que el patio no está para aventuras con desconocidos”. Uno de los que diseñan la campaña de Pedro Sánchez me asegura que “la mayoría en casa creemos que Pedro ganó, aunque es evidente que los dos perdieron y que sobre el papel el espectáculo benefició a Albert y Pablo. Pero nuestra esperanza es que al final la gente prefiera malo conocido que bueno por conocer y haya una sorpresa que nos permita a PP y PSOE salvar la cara. Ser segundos ya será un buen resultado. Y si además estamos por encima de los 100 escaños, miel sobre hojuelas”.

Y a la vista de ello, me reafirmo en la conclusión del lunes a vuelapluma: Ninguno de los dos dio el nivel mínimo exigible para quien aspira a ser presidente del Gobierno de España. En el caso de Sánchez, me asombra aún su incapacidad para haberle respondido a Rajoy que no le insultó. La decencia es un atributo personal con carga negativa, claro que si. Es, según la RAE, “el aseo, la compostura y adorno correspondiente a cada persona o cosa. La dignidad en los actos y en las palabras, conforme al estado o calidad de las personas”. Yo también creo que el comportamiento del presidente esta legislatura ha sido indecente.

En política y en los debates las cosas son como parecen, no siempre como son. Y como Rajoy entró al trapo, sorprendentemente inexperto, como un novato y respondió, él sí, desde el insulto, Sánchez desaprovechó la oportunidad de dejarle doblemente en evidencia. Primero aclarándole serenamente, con argumentos y hechos probados, el por qué de su indecencia. Necesitaría mucho espacio aquí para desgranar sus conductas evidentemente incompatibles con la decencia en la vida pública, y además son conocidas de todos. Y después, aclarándole que no le había insultado, sino que había hecho una descripción de la realidad.

Pero Sánchez, acreditando poco talento, ninguna experiencia y una sorprendente torpeza, siguió el camino que inexorablemente le llevaba ante la audiencia a quedar como un propagador de insultos e improperios. Y Rajoy siguió por ese camino, y ambos se enzarzaron en una contienda de taberna de quinta que hizo del cara a cara un espectáculo desagradable, porque convertir la discrepancia en un tenso y violento intercambio de sandeces faltonas solo conduce al fracaso y al alejamiento del ciudadano que esperaba argumentos y propuestas. Y muchos lo recibimos, nosotros, como insultados en nuestra inteligencia. No respetaron a la audiencia, ante la pasividad del moderador, que no fue capaz de reconducir el debate ni de conseguir que nos hablarán de Cataluña, uno de los problemas serios que habrá de afrontar quien gane las elecciones. Si Rajoy y Sánchez, Sánchez y Rajoy, solo tienen esto que ofrecernos a los ciudadanos, apaga y vámonos. A punto de terminar la campaña, el mismo día que se estrena La guerra de las galaxias, el debate fue como si reestrenaran Curro Jiménez. El bipartidismo se agota, es el reverso, el lado oscuro que está a punto de finiquitar.

PS: la última que evidencia la urgencia de reformar la ley electoral. Desde el martes a las cero horas no se pueden publicar encuestas. Una bobada más en la que se nos falta el respeto. Las encuestas son un elemento más de los que dispone el ciudadano para conformar su propio criterio antes de ir a votar. Nos hurtan a nosotros ese elemento para la reflexión pero ellos, los partidos, disponen hasta el sábado de encuestas y trackings que pagan con nuestro dinero, y con ellas aprietan o aflojan, ajustan los mensajes y los titulares. O sea que ellos pueden enterarse a nuestra costa de aquello que a nosotros nos impiden conocer. Debieran prohibirles votar hasta que cambien la ley electoral, juegan con ventaja e información privilegiada mientras nos piden el voto. Cada elección hay que repetirlo. Que urgente es la regeneración democrática.