De entrada sabíamos que el debate del bipartidismo estaba muy lejos de la realidad socio política de España. Tenía razón Rajoy, este es el debate que se ha hecho siempre, hasta el punto de que podían haber emitido el que celebraron hace cuatro años Rajoy y Rubalcaba, intercambiando con efectos digitales el rostro de Rubalcaba con el de Pedro Sánchez. Habría servido. Incluso a lo mejor resultaba más interesante. El de ayer fue el último debate de la vieja política, y ha evidenciado más aún de lo previsto la necesidad urgente y perentoria de cambio en España. Este debate certifica el final de un estilo de hacer política.

Fue tan ínfimo el nivel de ambos contendientes que prefiero no entrar en los detalles de cada uno de los cuatro apartados en que Campo Vidal dividió el espacio. Ninguno de los dos debatientes alcanzó el nivel mínimo exigible para ejercer la responsabilidad de presidir el Gobierno. No se lo que decidirán la mayoría de los españoles, pero dejar en manos de Rajoy el Ejecutivo o colocarlo en manos de Sánchez, visto lo visto, a mí me parece una temeridad.

Los dos mostraron nerviosismo. En el caso de Sánchez con interrupciones reiteradas que resultaban cansinas, y en el de Rajoy con unos tics disparados y un movimiento incesante de los pies que quedaba al desnudo al pinchar el plano abierto el realizador.

Más que un debate fue, en los cuatro apartados, una sucesión infinita e insoportable de reproches, un “y tú más” repetido hasta el hartazgo, salpicado con algunas propuestas deslavazadas, que colocaban en el escaparate la incapacidad del PP y el PSOE de entender que los tiempos han cambiado y que los ciudadanos se merecen unos líderes capaces de pedir el voto con argumentos y propuestas y no con una catarata de descalificaciones y reproches cansinas, repetidas y paradigma de una forma de entender la política ya en desuso.

El no va más llegó en el apartado de la corrupción. Me dieron ganas de apagar el televisor. Es la segunda preocupación de los españoles según el CIS, y se me ocurrieron previamente decenas y decenas de argumentos y propuestas para uno y otro. Pero no. Pedro Sánchez se quedó ancho al lanzarle a Rajoy que no es un político decente y a partir de ahí se acabó el debate. Es insólito que Sánchez no fuera capaz de aprovechar esta materia para situar en un callejón sin salida a Rajoy. Le sobraba artillería si hubiera preparado bien el debate. Pero lo afrontó con miedo a la respuesta de Rajoy con los ERE y se lanzó a la descalificación ad hominem. Y Rajoy se puso estupendo. Y no hubo más. No tienen nivel ni para insultarse, que es un arte que requiere talento, cultura, sagacidad y mano izquierda. No han debido de leer el libro de sesiones de cualquier cámara de cualquier país democrático, incluso de las primeras legislaturas de nuestro Congreso. Protagonizaron un enfrentamiento infantiloide en una materia de alto voltaje político y formidable sensibilidad ciudadana desaprovechando Pedro Sánchez la oportunidad de haber golpeado a Rajoy quizá donde más le podía doler.

La regeneración democrática de España, imprescindible, debe comenzar por la regeneración de los dos partidos que nos han llevado a esta situación calamitosa. Creo que Sánchez tiró por la borda su última oportunidad y Rajoy midió mal, porque a él le interesaba que el líder del PSOE saliera vivo. Me temo que los ganadores de este debate son Rivera y Sánchez, anoche tertulianos de la Sexta para comentar el triste espectáculo.

Y que decir del formato. Igual de antiguo, con una sintonía televisivamente del Siglo XiX cuando está a punto de estrenarse la última de Star Wars, con un efecto No-Do en la cabecera y la cuenta atrás delirante, un decorado antiguo y como de segunda mano en el que los pintores no habían terminado su trabajo y los montadores de la trasera la dejaron sin terminar. Y un moderador nervioso también a quien en varios momentos se le vio el plumero y que impidió que al final pudiéramos ver cómo se despedían Rajoy y Sánchez, al mandarles con un gesto que permanecieran sentados hasta que terminara la señal.

Todo en el debate fue rancio, viejo, antiguo y obsoleto. Y por no aprovechar, los contendientes hasta tiraron a la basura el minuto de oro. Sánchez dedicando la mitad también al “y tú más” y Rajoy enviando como mensaje nuclear de su discurso el “que viene el lobo”, con la apelación a la estabilidad, la seguridad y la certidumbre. O sea, que estos no quieren que nada cambie. Es evidente. A ver qué deciden el domingo los españoles.