Escribo a vuelapluma con las impresiones en caliente, sin horas de reflexión, y voy directo, y me mojo. Creo que Albert Rivera ha ganado el debate. Los tres intervinientes han peleado esencialmente por el voto de los indecisos, por el universo electoral de centro, y ahí el líder de Ciudadanos, el único que en ningún momento ha leído, le ha ganado la partida a sus contrincantes. Puede que haya tenido, sobre todo en el inicio, un punto redicho, y su rostro evidenciaba el cansancio del trajín de campaña, pero no ha cometido ni un patinazo, y eso en un debate vale oro.

A Pedro Sánchez le ha perjudicado su empeño en mirar atrás elogiando políticas del PSOE, porque ese es para él un camino ciego, en vez de marcar distancia con sus antecesores y evidenciar un cambio real con propuestas concretas. Y al hablar de corrupción, ha perdido toda credibilidad al decir que en los últimos cuatro años no ha habido un solo caso que afectara al PSOE, como si los ERE de Andalucía, el caso cuantitativamente más oneroso, no fuera con él.

Pablo Iglesias a veces traslada la impresión, si cierras los ojos, de manejar un discurso de los años 70. Hoy ha estado muy en el discurso de la vieja política con el manejo de cifras, cifras y porcentajes, y su desliz con las puertas giratorias ha sido impropio de un aspirante que se precie. Primero, afirmando reiteradamente que Trinidad Jiménez está en el Consejo de Administración de Telefónica y Felipe González en el de Gas Natural, cuando la primera no lo ha estado nunca en ese Consejo y el segundo abandonó el puesto en marzo de 2015. Y después hablando de independencia judicial cuando lleva dos jueces en las listas que no se han comprometido a no regresar a la carrera.

Creo que El Pais se ha apuntado un tanto con este debate, el primero del Siglo XXI, digital, con seguimiento notable. Un debate nuevo, menos encorsetado, sin límites exagerados de tiempo, en el que ha resonado atronadoramente el atril vacío del PP. Demoledora ausencia que Rajoy creo que pueda pagar a un precio elevado.

Los asesores del presidente me explican que no ha acudido porque “no tenía nada que ganar, porque no encaja en la estrategia de campaña y porque tiene muchas otras cosas que hacer como presidente de Gobierno”. Explicación poco convincente. Rajoy ha mostrado miedo, una estrategia desesperadamente conservadora y lo ha dicho todo en su contraprogramación: “Voy a hacer lo que se ha hecho siempre, un debate a dos”. Pues eso. Muy claro. Lo de siempre. Lo viejo. Lo caduco. Lo suyo.

Mientras Pablo Iglesias y Pedro Sánchez colocaban al personal sus argumentarios de campaña con pocas propuestas concretas, Albert Rivera desgranaba su programa de modo más concreto. Le ha faltado contundencia y un punto de humildad para reconocer algún error que le han puesto sobre la mesa, pero incluso ha conseguido en la parte de política territorial que Sánchez le copiara literalmente algunas de sus expresiones y que Pablo Iglesias quedara en evidencia por sus pactos en Cataluña y Navarra con independentistas acreditados.

Desde el punto de vista formal, sorprendente que Prisa no haya podido llenar de público los asientos y haya colocado a acreditados redactores y mandos de la redacción en lugares centrales, que eran pinchados reiteradamente por el realizador televisivo del espacio. Y pocas preguntas del público sin saber con qué criterio han sido seleccionados los elegidos para preguntar.

En definitiva, una buena noticia haber asistido a este primer debate de campaña, novedoso, en el que la ausencia del PP resultaba patética y en el que tres políticos jóvenes, aspirantes a presidir el Gobierno, han comunicado con los electores libremente, han intercambiado ideas y algunas propuestas y han demostrado que a la peña le interesa. Ojala a partir de la próxima legislatura los debates no sean una decisión caprichosa de los candidatos sino una obligación legal de los aspirantes.

PS: Atentos al robo de documentos en el despacho de Felipe González. Puede dar mucho que hablar. Se recuperen o no.