Mariano Rajoy, como Pierre, el villano de Hanna Barbera, no da una. El, tan respetuoso con la legalidad, con las formas, con la previsibilidad, con el aburrimiento, con la inacción como habituales conductas políticas, ha cometido un error táctico de inmenso calado que me ha sorprendido, y quizá pueda perjudicarle en las elecciones de diciembre.

Asediado por la corrupción, el cabreo sordo de muchos de los suyos, el asunto catalán que cada día se pone peor y el bombardeo de encuestas que le dejan en el alero, se ha liado la manta a la cabeza y ha entrado en un frenesí de diálogos en La Moncloa con los que ha acreditado que tienen razón los del 15 M en que la casta no les representa y ha evidenciado que hasta él y el PP tienen claro lo que hay en nuestra política, aún a costa de saltarse a la torera un exigible respeto a las formas y a la lógica institucional.

Al recibir a Albert Rivera y Pablo Iglesias, que han entrado antes en La Moncloa que en el Parlamento, y convocarles antes que a los representantes de IU, Unió y UPyD, evidencia sus nervios, reconoce la inmensa gravedad de la situación en Cataluña, antepone los sondeos a la representatividad parlamentaria y se queda en pelotas de argumentos para negarse en campaña a un debate con ellos, con los jóvenes políticos de moda.

No discuto que haya actuado correctamente desde un punto de vista del corto plazo de su táctica política, incluso que haya sido bueno de cara a la opinión pública. Pero me sorprende en Rajoy que no haya respetado las formas, que son esenciales, y comprendo muy bien el cabreo africano de UPyD, Unió e Izquierda Unida, que aún tienen representación parlamentaria, porque aunque las cámaras hayan sido disueltas, el Parlamento sigue funcionando con las Diputaciones Permanentes, que incluso es probable que hayan de adoptar decisiones trascendentes en breve.

Saltándose a la torera unas formas que es importante respetar en democracia, dejando a UPyD, Unió e IU incluso para días después de recibir a Rivera e Iglesias, Mariano no doy una nos traslada a todos un mensaje que resulta demoledor para él: la realidad política de España no es la oficial a día de hoy. Por eso tengo ganas de ver cómo explica ahora que no va a acudir a un debate a cuatro con Sánchez, Rivera e Iglesias. No va a tener argumento alguno para negarse, aunque ya se sabe que al presidente estas cosas le traen al pairo, y si Arriola y Moragas le dicen que no haga cara a cara con los tres adversarios principales, no lo hará, caiga quien caiga.

Si pretendía dañar a Pedro Sánchez encumbrando a Rivera e Iglesias, corre el riesgo de que al PSOE le vaya mal el 20-D, como predicen algunos sondeos, Ciudadanos sea la lista más votada y al final pueda Rivera llegar a La Moncloa definitivamente con el apoyo del PSOE, que está dispuesto a todo con tal de evitar que Rajoy repita.

En fin, que Rivera se sintió como pez en el agua y ganó votos en quienes se sitúan en el centro más amplio de la sociedad española, e Iglesias y su troupe, con Errejón a la cabeza, y con mi amiga la buena de Consuelo Sánchez Vicente de anfitriona, le comieron la tostada mediática y de las redes sociales al equipo de comunicación de Moncloa. Se pacto una sola foto, como con Sánchez y Rivera, pero los podemitas se hartaron de tuitear en tiempo real sus fotos y selfies durante el safari fotográfico que realizaron por Presidencia, por la zona de prensa

Lo que han dado que hablar estas entrevistas del presidente con líderes políticos. Otro botón de muestra más de la anormalidad democrática en la que vivimos en España. Lo que debiera ser normal y frecuente, que el presidente se reúna, intercambie pareceres y escuche a los líderes políticos y sociales, es una noticia relevante, por inusual. Aquí el presidente, los presidentes, solo se reúnen asiduamente con quienes les bailan el agua o les hacen favores. Y así les luce el pelo.