Sí. Es una guerra. Una guerra del Siglo XXI que comenzó en el Siglo XX. Y no es solo Francia. Somos todos los que no estamos con ellos, los que no pensamos como ellos, los que profesamos religiones diferentes a la suya. Occidente ha tardado mucho en darse cuenta. En España todo comenzó el 12 de abril de 1985, hace ya treinta años, con el atentado al bar El Descanso, junto a la base americana de Torrejón de Ardoz. 18 muertos, todos españoles, y 82 heridos. Uno de los presuntos autores, Mustafá Setmarian, un sirio naturalizado español, después relacionado con el 11-S y otros actos terroristas yihadistas. El mismo Setmarian, un muerto quizá viviente, que en 1994 aconsejó a los yihadistas argelinos del grupo Islámico Armado (GIA) “golpear en lo más profundo de Francia”.

Pero es una guerra que se libra de otro modo. Y que, al afrontarla durante tantos años como un conflicto convencional, nos ha puesto en seria desventaja. A todos los occidentales. Aunque Francia tiene más riesgo, como consecuencia de su implicación junto a los EEUU y Gran Bretaña en múltiples operaciones militares en Irak, Siria, Argelia, Marruecos, el Sahel y otros escenarios, España no se libra y también estamos en el punto de mira del califato que el Estado Islámico (IS) maneja desde Irak y Siria.

La tragedia de París evidencia una organización militar meticulosa y profesional. En esta guerra ellos llevan ventaja porque están instalados, ocultos, en casa de su enemigo, en nuestra casa. El Daesh o Estado Islámico (IS) es un Ejército peligroso que tiene un objetivo claro y está dispuesto a golpear sin piedad a todos los enemigos del Califato, y cuentan con el apoyo activo de sus filiales y de otros grupos, y la financiación inagotable de Irán, Qatar, Kuwait o Arabia Saudí. Y esta tragedia no va a ser la última. Sabemos que va a haber más ataques, lo que no sabemos es dónde, cómo ni cuando. No sabemos dónde será la siguiente, pero será. Los servicios de inteligencia occidentales están desbordados, y aunque disponen de medios y cualificación, las peculiaridades del enemigo hacen difícil el combate. No sirve de nada acumular calificativos contra los asesinos. Es inútil acercarse a esta guerra tratando de entender desde nuestra posición, nuestro pensamiento, nuestras creencias y nuestro modo de vida el comportamiento del adversario.

Reparo en conversación con el psicólogo criminalista Jorge Jiménez en un detalle interesante. Por lo general, los yihadistas que cometen atentados en occidente son chicos jóvenes que en su mayoría han mostrado en su vida indiferencia absoluta hacia la religión. Nunca han tenido de verdad un sentimiento religioso de fondo por el Islam ni por otra religión hasta el momento en que se incorporan a su guerra santa, a la Yihad. Se convierten en religiosos y en terroristas a la vez. Así ha sido con los detenidos en EEUU, Gran Bretaña, Francia y España. Los últimos detenidos de Barcelona se convirtieron al Islam sin haber sido religiosos antes.

Me resulta llamativa la estrecha relación entre el hallazgo de la fe y querer matar y morir por ella, y me hace preguntarme qué significa de verdad para estos hombres la religión. Las religiones, todas, constituyen un sentimiento practicante que es, o debe ser, a la vez, una guía, una forma de vivencia espiritual que da sentido a la vida de quien la profesa.

En estos terroristas lo que debe ofrecerles la religión está supeditado y condicionado por el hecho de tener que actuar con extrema violencia contra unos enemigos. Y es este elemento el que resulta crucial, porque quizá se acercan al Islam para encontrar no a un dios, sino una forma de dar salida a la violencia que quieren ejercer. Se integran en un entorno y en un contexto que les permite dar rienda suelta a una furia y una agresividad que iba ya con ellos.

El individuo que se une a un grupo violento obtiene cosas que busca previamente y que no es capaz de conseguir desde su individualidad. Encuentra una identidad y una pertenencia. Pasa de ser un ser humano aislado, solitario y quizá sin encontrar sentido a su vida, a formar parte, a ser miembro de un grupo que le permite no estar ni sentirse solo. Y la existencia de un enemigo acentúa la pertenencia, de modo que todos aquellos que no forman parte del grupo son sus enemigos y los combaten con fiereza.

Además, en el grupo se sienten seguros, protegidos y queridos. El grupo en el que se integran les protege y les cuida y pertenecer a él le proporciona un sentido y una explicación a su vida, y a la vez una meta a la que dirigirse. En este punto es donde el uso de la violencia se presenta como un medio para obtener los objetivos que se ha marcado el grupo en el que se integran y en el que se sienten cómodos.

Y al integrarse, estos jóvenes no buscan una catequesis, una formación espiritual que les proporcione todo lo anterior, no. Lo que necesitan quizá es que el grupo les explique el por qué su vida es tan insatisfactoria para ellos, les identifique nítidamente un enemigo, al que consideran entre otras cosas culpable de sus problemas vitales y que les posibilita expresarse violentamente. Encuentran en el grupo el contexto que necesitaban para dar rienda suelta a su agresividad reprimida.

Evidentemente el terrorismo y el yihadismo son algo mucho más complejo, pero las vertientes religiosa y psicológica a veces no son estudiadas adecuadamente, y los especialistas de verdad consideran que son esenciales para articular estrategia de defensa preventiva. Quienes les reclutan y les captan disponen de medios potentísimos para hacer su trabajo y lo desarrollan con enorme eficacia, y a la vista están una tragedia detrás de otra, a cual más cruel. En la prevención del yihadismo es esencial detectar qué es lo que lleva a estos jóvenes a integrarse en las organizaciones terroristas abrazados al islam, qué es lo que buscan, cómo forjan el odio al enemigo y la sed de venganza que quieren expresar, cómo dan salida a sus fracasos y frustraciones integrándose en la Yihad para practicar una violencia desatada.

Son ya demasiadas las personas que han sido asesinadas sin saber por qué, sin haber podido defenderse, sin haber soñado que les iba a tocar a ellos, sin haber dispuesto siquiera de la posibilidad de escapar al horror, sorprendidos indefensos. Esta guerra del Siglo XXI, con una religión como excusa y eje esencial, hay que pararla. El islamismo es supremacista, expansionista, imperial, autoritario, intolerante, incompatible con la democracia. Para parar la guerra y ganarla, primero hay que saber a quienes nos enfrentamos. Parece una obviedad, pero las obviedades a veces conviene recordarlas. Porque si no la perderemos, y millones de seres humanos al final lo que habrán perdido es la vida. Ya van varios cientos de miles, no lo olvidemos. Tragedias como la de París suceden cada semana en muchos lugares del mundo y no nos enteramos. Porque los muertos no son nuestros muertos, y nos pillan lejos.