En los despachos de la sede del PP de Génova saltaron todas las alarmas el domingo 27 por la noche cuando a través de las pantallas de televisión asistieron a la celebración que Ciudadanos hacía en Barcelona tras su exitazo en las Elecciones Autonómicas catalanas. Un cualificado dirigente de los veteranos que están en la puerta de salida comentó con quienes le acompañaban: “Estamos jodidos. Estos jóvenes nos han comido la tostada. Mírales. Observa sus rostros, su alegría, su frescura, su naturalidad. Escucha sus cánticos, ese “Cataluña es España”, ese “yo soy español, catalán, catalán, español”. Ahí les tienes, un grupo de jóvenes sin experiencia, situados en el centro o el centro derecha, no nacionalistas, nos han barrido y llevarán la bandera del constitucionalismo como principal partido de la oposición. Esto es el final. Porque en las Generales no ganarán, pero nos van a hacer un daño irreparable. Y probablemente no podamos gobernar. Y Mariano no se entera. Que drama”.

Más claro imposible. En el PP hay ya muchos que consideran que Rajoy está a punto de cargarse el partido, y se temen que en el Congreso Extraordinario que se celebrará en el primer trimestre de 2016 una nueva dirección tenga que refundar la casa y empezar de cero, porque el liderazgo social, moral y político del centro y el centro derecha lo van perdiendo a favor de Ciudadanos.

Rajoy llegó al Gobierno con el voto de 11 millones de españoles que le otorgaron una mayoría absoluta para cambiar las cosas y regenerar la vida política en España. Pero desde el minuto cero el Gobierno comenzó a incumplir el programa electoral. Es verdad que la herencia de Zapatero fue nefasta. Es verdad que algunas cosas han mejorado, a costa de terminar de liquidar a las clases medias. Pero en política, como en la vida, las cosas son como parecen, y el PP y Rajoy están bajo mínimos, y Ciudadanos ilusiona y estimula al personal en la misma medida que el PP desilusiona y desanima cada día más. Hasta el punto de que hay dirigentes populares que de modo reservado te dicen que “como Rajoy va a ser cabeza de lista sí o sí, y yo no voy en las listas, votaré a Ciudadanos”. Como lo leen.

Es cierto que de aquí a las generales queda un mundo y pueden suceder muchas cosas. Es verdad que las encuestas apuntan tendencias, pero a la hora de votar puede haber modificaciones de los criterios de hoy. Lo que nadie puede discutir es que el PP se ve forzado a redefinir todo su discurso o su no discurso de los últimos cuatro años en muy poco tiempo. Han de construir un relato de política social y regeneradora que a estas alturas es complicado que pueda resultar creíble. Ha de renovar rostros, y es extremadamente difícil si la cabeza del cartel es la misma, y si el que manda se resiste a jubilar a la vieja guardia, conocedora de todos los secretos Y ha de dejar colocados a muchos ministros y popes populares.

El PP tiene que conseguir ilusionar al personal primero para ir a votar, y segundo para que les voten a ellos. Y nadie en el PP cree que vendiendo solo recuperación económica y unidad de España puedan disponer de mayoría absoluta. Y de no obtenerla, se verán abocados muy probablemente a dos escenarios: o gobernar con la ayuda de Ciudadanos o quedarse en la oposición.

Todo el mundo es consciente de que Albert Rivera está en disposición de acreditar en las Generales que es alternativa de Gobierno o al menos partido clave para que otros puedan gobernar. El dato incuestionable es que Ciudadanos ha aumentado en votos en todas las convocatorias electorales de 2015 y en las catalanas ha estado netamente por encima de los otros tres partidos de ámbito nacional, PP, PSOE y Podemos. Y, además, todos los puntos fuertes de Albert Rivera y sus muchachos coinciden con los débiles del PP. En primer lugar y por encima de todo está el liderazgo. En el PP manda Rajoy, nadie mueve un dedo sin que el jefe lo bendiga, van de derrota en derrota hasta la derrota final y nada se mueve. Y Albert Rivera traslada una imagen de adalid, de paladín, de hombre que manda, pero ha tenido la habilidad de trasladar la imagen de que no está solo. El último ejemplo, Inés Arrimadas, triunfadora en Cataluña, donde había podido presentarse Rivera para después abandonar. Pero no lo hizo. Y acertó. Rivera es el político mejor valorado en las encuestas. Rajoy es el presidente peor valorado, según el CIS.

Respecto a transparencia y democracia interna, el PP sigue empleando el dedo del líder para designar hasta al botones, y Ciudadanos elige a su gente con primarias. El PP es un partido a ojos de todos en el que defienden por encima de todo sus intereses particulares, sus compromisos privados. Ciudadanos traslada una imagen de cambio y de proximidad a la realidad de los electores, tiene bastante explicado su proyecto y se sabe quienes van a ser los cabezas de lista, mientras Rajoy sigue sin explicar nada sobre su programa y en las sedes populares andan a palos por colocarse en las listas en lugares para poder salir.

En Cataluña, Ciudadanos ha arrasado en la defensa de la Constitución y la unidad de España con un discurso moderno, regenerador y democrático, mientras el PP, con cambio de líder en el último segundo, se enfrascó en el discurso del miedo y con voces discordantes, que era lo que le faltaba.

El PP está aislado del diálogo político por su inmovilismo, y su argumento esencial en las últimas semanas, el del dramatismo, el de “o nosotros o el caos”, genera rechazo, mientras Ciudadanos ha acreditado capacidad de entenderse, de alcanzar acuerdos con PP y PSOE sin pedir a cambio poltronas. Son críticos con unos y con otros pero buscan construir y regenerar. Rivera y sus ciudadanos pescan votos en los caladeros tradicionales de los dos grandes partidos y consiguen movilizar a muchos abstencionistas.

Y desde el punto de vista de la comunicación, Ciudadanos lleva muchos meses compareciendo habitualmente en ruedas de prensa y ocupando espacio en radios, televisiones y prensa escrita, mientras el PP ha estado cuatro años ausente y entregado al comunicado y al plasma, y solo en la hora undécima ha colocado en las tertulias y el resto de los medios a sus caras más jóvenes. Y Rajoy, que ha llegado tarde a pisar la calle, cuando su credibilidad está bajo mínimos, y evidenciando que es pura táctica, una estrategia que no responde a un deseo sincero y transparente de estar más cerca de los votantes.

El PP es consciente de sus dificultades, aunque esté empeñado en públicamente trasladar un mensaje de optimismo. Los españoles, según todas las encuestas, no están por la labor de aupar al poder a los populistas de Podemos, pero tampoco parecen por la labor de seguir confiando a los dos grandes partidos de la política de siempre. Hay ansia de cambio. El bipartidismo no ha muerto, pero está herido de gravedad. Además cuenta con el establishment, o sea, con el dinero, y con una ley electoral que penaliza a los pequeños. Pero esta vez quizá no sea suficiente. Y si PP y PSOE quieren gobernar, tendrán que entenderse con Ciudadanos. Tiempo al tiempo.