No pude asistir a la recepción del 12 de octubre en el Palacio Real. Estaba en Barcelona y pasé por la manifestación en contra de la independencia a la que asistieron cerca de 5.000 personas. Pero en ambos lugares no se hablaba de otra cosa que de Albert Rivera y sus Ciudadanos y de las encuestas. Y las encuestas, sobre todo la última de El País, ha puesto de los nervios a la dirigencia del PP y de Podemos.

Las encuestas valen lo que valen. Los más viejos del lugar hemos visto fracasos estrepitosos de institutos demoscópicos solventes como para darle tres cuartos al pregonero antes de tiempo. No obstante, son una imagen a tener en cuenta, una foto que se va moviendo en función de los acontecimientos, y, lo más importante, ayudan a conformar opinión pública. De ahí el cabreo que anoche me expresaba un dirigente del PP: “Las encuestas que valen son las urnas, y de aquí a diciembre queda mucha tela que cortar. Pero tanta encuesta, tanta encuesta, tanto empeño en decir que Ciudadanos sube termine por calar, y nos va a perjudicar”.

Me sorprendió el comentario, y respondí que no doy crédito a que ahora en Génova pueda estar cundiendo la especie de que el horizonte del PP es oscuro por culpa de las encuestas. Pero es tal la confusión que reina en esos predios que ya no extraña nada.

Lo real es que, según me cuentan algunos de los que estuvieron, en la recepción real la estrella de los corrillos fue Albert Rivera. En el PP le temen, y aunque ha flojeado no reiterando que vaya a condicionar un posible apoyo a los populares para gobernar a que no sea Mariano Rajoy el presidente, la preocupación esencial ahora en el cuartel general del partido en el Gobierno es si de aquí a las generales podrán remontar algo el vuelo o si la desconfianza que generan en el electorado les lleva a ser el segundo o tercer partido en votos, lo cual podría tener consecuencias nefastas para el futuro.

Y esa es una posibilidad real. Es Ciudadanos y es el PSOE, que cuenta con no pocos apoyos mediáticos, y que de ser la lista más votada se encontrará también en una encrucijada en función de la aritmética electoral. Pero Sánchez no para de trabajarse a los nacionalistas catalanes, vascos, canarios y gallegos, y de aquí a las elecciones tratará de acercar posiciones con Ciudadanos, no vaya a ser que termine necesitando de su apoyo.

Y en Podemos reina también la confusión. Iglesias, Errejón y Bescansa, con Monedero entre bambalinas, manejan con mano de hierro la organización. Analizan cada encuesta y les preocupa el bajonazo que les vaticinan. Incluso me cuenta uno de los dirigentes más próximos al trío que “circula también una encuesta que nos deja en peor lugar del que podíamos pensar, con Ciudadanos como lista más votada pero en un empate técnico de verdad, solo con décimas, con el PP y el PSOE por este orden.

Y ya ha comenzado la batalla de los debates. Parece que PP y PSOE quieren solo debates cara a cara Rajoy-Sánchez, excluyendo a Ciudadanos y Podemos. Sería escandaloso que así fuera. Encontrarán argumentos, pero ninguno será democráticamente defendible. En la campaña que se avecina, aunque vivamos en campaña permanente, todo lo que no sean debates a cuatro resultaría inadmisible.

Encuestas, encuestas y encuestas por todos lados. Asesores que van y vienen. Empresas que no paran de trabajar y hacer su agosto con los partidos, en encuestas, asesoramiento, imagen y marketing. Nervios. Muchos nervios. Un cargamento de tila necesitan en los cuarteles generales de todos los partidos. Y pensar un poco menos en ellos mismos y un poco más en la crisis institucional, política y social que padecemos. Que es severa

Y en Cataluña, menos foco en las encuestas y más en la CUP y su protagonismo en la conformación del nuevo gobierno catalán. Con Mas dispuesto a todo con tal de mantenerse en el machito. Y la gran empresa y los grandes medios de comunicación apoyando la locura, por activa o por pasiva en su silencio cómplice.