Siempre me ha gustado ser guionista y director de mi propia vida. Pero ha habido ocasiones en las que la realidad, como a casi todos, me ha reescrito el texto original, y me ha colocado al borde del abismo. Se han cumplido ya cuatro años de un mes de abril en el que junto a mi familia viví en Ámsterdam un calvario que me hizo constatar cuan verdad es que si pisas el infierno no debes dejar de caminar.

Ayer comparecí en Bruselas, gracias a la iniciativa de los europarlamentarios Izaskun Bilbao (PNV) y Javier Nart (Ciudadanos), a una sesión del seminario “Por una solución europea para las personas desaparecidas”, que contó con el apoyo de los cinco grupos parlamentarios de la Cámara y con la presencia de eurodiputados españoles de PP, PSOE, PNV, Convergencia, Unió, Ciudadanos, UPyD, EH Bildu y ERC. Solo faltaba, de los grupos españoles, Podemos, en una decisión insólita, incomprensible e impresentable. Andarán demasiado ocupados en sus cosas, como la casta en la que se han integrado con soltura.

Porque en Europa desaparece gente. Sí. Como lo leen. Las desapariciones no suceden solo en países remotos de África, América o Asia. También aquí, a la vuelta de la esquina se destapa el drama, y muchas veces la respuesta de las Administraciones Públicas es nefasta, impropia de países desarrollados. 250.000 personas desaparecen al año en nuestro continente. Y un 4% (13.000), no vuelven a aparecer jamás. Y los estados de la Unión no tienen protocolos ni existe una coordinación entre las bases de datos interestatales y entre los registros policiales.

El caso que ha dado pie a este seminario y al trabajo que está encabezando la eurodiputada del PNV Izaskun Bilbao es el de Hodei Eguiluz, desaparecido en Amberes el 19 de octubre de 2013 tras ser víctima de un atraco, cuando llevaba 7 meses trabajando allí como ingeniero informático. No se ha vuelto a saber de él.

En otros casos, como el que padecimos en mi familia, al cabo de los días aparece, en circunstancias terroríficas, y tras una actuación de la Policía y la Administración holandesa infame, vergonzosa, inhumana y altamente ofensiva. Pese a que las autoridades políticas y policiales españolas se emplearon a fondo en tratar de ayudarnos y mitigas el hondo y severo sufrimiento que padecimos durante 10 días.

El desaparecido era sobrino mío. Denunciamos la desaparición cumplidas las horas previstas legalmente para poder hacerlo, el 14 de abril de 2011. Durante 10 días la Policía de Ámsterdam nos suministró un mal trato insólito, por el desdén, la apatía, la falta de sensibilidad y la insoportable frialdad ante un hecho de tan formidable gravedad. Acreditaron una impericia insospechable y, ante la falta de reacción de los funcionarios que debieron dedicar tiempo y recursos a su búsqueda, fuimos sus familiares, especialmente los hermanos del desaparecido, quienes dedicamos todas las horas de cada día a la búsqueda, a tratar de excitar el celo investigador de la Policía sin éxito. Vivimos una decena de días en la sede de la desolación y la desesperación.

En los seis primeros días de desesperante actividad investigadora, nosotros, profanos en la materia, pudimos constatar que los canales de Ámsterdam bien podrían ser un volcán que escupiera cuerpos. No exagero. Son muchas las personas que pierden la vida en esas aguas sucias. Si alguno de los que cae es natural de la ciudad, la Policía le buscará con celeridad. Si es holandés con posibles o capacidad de mover algunos hilos también obtendrá respuesta policial. Si es extranjero, los funcionarios policiales reaccionan en general con una pasividad intolerable e insoportable.

Pero no cesamos en el empeño y continuamos navegando la vida, escasos de fuerza, justos de moral, pero apoyados y empujados por el afán de agotar la última posibilidad de encontrar a Paul. Por mi hermana Rosario. Por sus hermanos Anne, David, Jaime, Michael y Sara. Por su padre, Brendan. Por la memoria de nuestros padres. Por amor, una fuerza de la naturaleza insospechada.

Un perro de la ONG Signi Dog Association nos confirmó que junto al punto donde Paul había dejado su bicicleta había un cadáver, o restos del mismo. Y a partir de ahí, abandonados a nuestra suerte por la Policía holandesa, a bordo de dos embarcaciones alquiladas, remando a contracorriente porque el viento de la ayuda policial que merecíamos volaba en contra, sacando fuerza de donde ya no teníamos, durante dos días fuimos recogiendo a nuestro familiar, en un insoportable goteo de apariciones que al final nos permitieron poder decir que recuperamos, aunque fuera sin vida, a Paul. Un infierno, sí, porque el infierno es el infierno, lo llames como quieras llamarlo. Y nunca jamás hemos sabido nada de las causas de la desaparición y muerte de Paul. Si hubiéramos sido familia de más posibles quizá la cosa hubiera sido de otro modo. No lo sé. Lo que si se es que teníamos y tenemos derecho a saber lo que sucedió. Y no lo sabemos.

Si este seminario promovido por Izaskun Bilbao, en el que han comparecido familiares de otros desaparecidos europeos, en diferentes países y circunstancias, sirve para que las autoridades políticas, policiales y judiciales de los países de la UE se esmeren en, al menos, ¡que menos!, tratar a las familias de los desaparecidos con un mínimo de humanidad, bienvenido sea el dolor de recordar el infierno. En cualquier caso, en nombre de la madre y la familia de Paul nuestro agradecimiento a Izaskun y a todos los eurodiputados que se interesan por estos asuntos. Reconforta al menos saber que hay quien ejerce su responsabilidad política y ampara a los ciudadanos.

Las cifras de desaparecidos en Europa de los que nunca se vuelve a saber nada son impropias de países que se autodenominan primer mundo. Y el trato que algunos funcionarios suministran a las familias de las víctimas es peor que en el peor de los países a los que llaman tercer mundo. Por el trato en sí mismo y porque lo que se espera de un país desarrollado y democrático es que las instituciones funcionen. Y más aún en situaciones límite para los ciudadanos. Otro fracaso más de nuestra sociedad y nuestros gobiernos, que son tan pobres que solo tienen y piensan en el dinero.