Padecí el desastre del jueves en las líneas del AVE en Cataluña. Fui uno más de los miles de afectados por lo que nos dijeron que era consecuencia de un robo de cable de cobre y después todo apunta a que fue un sabotaje. Escribo desde Barcelona después de hablar ayer con un mando de la Guardia Civil y hoy con un especialista de los Mossos en plenas fiestas de Sarría. Las investigaciones siguen su curso, pero hay preocupación porque pueda tratarse del inicio de acciones similares en pleno conflicto.

“No es que pensemos que vaya a haber un rebrote de acciones terroristas, pero sí puede suceder, en función de como evolucione la situación política y social, que haya más acciones de este tipo centradas en infraestructuras y en empresas españolas”, me comenta el guardia civil, y añade que “llevamos tiempo detectando movimientos en sectores del independentismo más radical que nos llevan a estar alerta”.

El Mosso, tras garantizarme que “las investigaciones darán fruto y daremos con los responsables”, tampoco descarta que pueda haber más sabotajes en esa dirección, “nosotros trabajamos sin descartar ninguna hipótesis, pero a día de hoy no podemos garantizar que sea así”.

En los partidos políticos se analiza lo ocurrido como un hecho aislado, centrados todos en la complicadísima situación política derivada de las elecciones autonómicas, y en el caos institucional posterior, que podría llevar a otras elecciones.

La crisis política se traslada a la sociedad, que asiste a un espectáculo en el que el debate político en vez de centrarse en los problemas sociales y económicos que padecen los catalanes como todos los españoles, gira y gira monotemático sobre la independencia. Las instituciones y los responsables políticos están paralizados dos semanas después de las elecciones, y la lista más votada no consigue conformar una mayoría parlamentaria para que pueda ser elegido el candidato escondido en el número cuatro de la lista. Pasan los días y no se avanza.

Lo preocupante no son los planteamientos de la CUP, la candidatura que tiene en su mano la llave del Gobierno, una mezcla de lo que fue Albania con lo que son las repúblicas bolivarianas, con propuestas como la salida del euro y de la OTAN, nacionalización de bancos y grandes empresas en sectores clave, impago de la deuda, colectivización de la economía, etcétera. Lo surrealista es ver a Artur Mas, líder de un partido burgués y conservador de toda la vida, arrastrarse y tratar de presionar desde su desesperada debilidad que los radicales de la CUP le elijan presidente.

¿Qué piensan los votantes de Convergencia, de derechas de toda la vida, de que sus dirigentes estén dispuestos a pasar por el aro de propuestas políticas, sociales y económicas que son la antítesis de las suyas, que les van a afectar en cuestiones esenciales si al final Mas se entrega en brazos de la CUP con tal de mantenerse en la poltrona?.

La CUP no ha sorprendido a nadie que les conozca. Su programa era claro y su acción política conocida. Ahora, desde los Ayuntamientos que controlan, van a poner en marcha su proceso saltándose la legalidad a la torera. Van a colocar a Cataluña en una situación caótica que puede terminar en otra convocatoria electoral, pero por el camino va a haber sufrimiento de los ciudadanos. Y el establishment catalán de vacaciones, acojonados pero callados, como siempre, hasta que el silencio termine, pero entonces quizá sea tarde y el daño ya estará hecho.

Lo que me pregunto es, si gobernara la CUP, que harían ellos si otros decidieran pasarse por el forro la legalidad que ellos impusieran. Y la respuesta no provoca sonrisa alguna. Porque visto lo visto en los países donde se aplican recetas políticas y sociales como las suyas, es evidente que la reacción sería terrible.

Esto es lo que hay hoy en Cataluña. Unos ciudadanos expectantes, una clase política que va a lo suyo, un caos institucional severo y Artur Mas dispuesto a muchos disparates más con tal de mantenerse en el machito. Un dislate.