Twitter, el patio del pájaro azul, es una corrala del Siglo XXI que se ha convertido en herramienta esencial para la comunicación en todos los ámbitos. Ha generado disgustos formidables a muchas celebrities y no pocos famosos de la cosa y de la política han ido y venido entre dimes, diretes, insultos y amenazas de grueso calibre. Pero hay que estar, porque permite enterarse a tiempo de muchas cosas. Y si se sabe transitar por el patio, se entera uno hasta de lo que no busca.

Son legión quienes otean el panorama tuitero desde la barrera. No quieren formar parte del espectáculo, pero quieren saber quien transita por ahí, cómo se expresa, a quien le dan bambú, y que dicen de el, o ella, sin ser vistos. Abren una cuenta, dejan el huevo en vez de poner su foto, emplean nombre ficticio, se prodigan poco en escribir y se enteran de todo lo que se tuitea en su círculo de interés.

Circula por los mentideros políticos y del cuore que hace tiempo se ha instalado en el patio Su Majestad la reina Doña Letizia, interesada en atalayar y escudriñar lo que se escribe sobra su persona, sobre la Casa, y apasionada de la información por su pasado en la canallesca y su permanente contacto con el oficio a través de sus mejores amigas y amigos. Todo el mundo busca la cuenta secreta de Su Majestad. Nadie da con ella. Hay quien duda de que sea cierto. Pero no se habla de otra cosa. Incluso me cuentan que no pierde ripio de la que se está organizando en Cataluña y de la campaña a través de su cuenta. Con wifi o sin wifi no deja de chequear las novedades. Y en ocasiones parece que utiliza los mensajes directos para sortear el whatsap.

Un buen amigo tuitero con el que mantengo relación epistolar de largo, instruido en los avatares técnicos de la herramienta, ha realizado un trabajo de hormiga china, husmeando entre los seguidores y las personas a las que siguen quienes es de conocimiento público que mantienen relación frecuente con la Reina. Hasta quince personas, hombres y mujeres. Ha cruzado nombres y ha detectado la cuenta que todos buscan, detrás de la que parece que se encuentra la Reina.

Se corresponde con la única persona anónima que sigue a todos ellos, y que a su vez es seguida por la mayoría. Se trata de una cuenta protegida, es decir, que requiere autorización para poder acceder a ella, leer su tuits, saber a quién sigue y quienes le siguen a ella. Ha optado por el color morado para el huevo de su avatar. Se ha inventado un nombre de mujer, común, y un apellido corriente. Las iniciales de nombre y apellido son las mismas. Como buena parte de quienes practican el seguimiento tuitero de estrangis, tiene pocos seguidores, bastantes menos que cien, y sin embargo ella sigue a más de mil quinientas personas. Y, para generar más morbo quizá a quien le busque, suscribe como “Licenciada en Periodismo”, escrito así, con pe mayúscula. Ojo, licenciada, sin mención a que ejerza.

Se alguna cosa más, pero no quiero dar nuevas pistas. Le he enviado una solicitud para que me acepte como seguidor, pero llevo una semana “pendiente de aceptación”. Se lo está pensando. Estoy seguro de que Su Majestad se va a animar a abrir la puerta a un veterano de esta corrala. Aunque solo sea por el mérito de haber perseguido la pieza junto a un amigo experto de la cosa, interesado por las cosas que suceden y por lo que hacen, y muy puesto en las claves de la política.

Ahora mi amigo y yo vamos a por la cuenta secreta, y quizá también protegida, de la mano derecha de Rajoy. Me dicen que es divertida. Es lo que tiene Twitter. Independencia para hablar y escuchar sin ser visto. Hasta que te ven.

¿El nombre de la cuenta? Todo a su tiempo. Pendiente de comprobaciones y aceptaciones.