Tras el exitazo de la Diada del viernes, donde fui testigo presencial del jolgorio de muchos, seguimos en la ucronía de la que escribía el pasado día 1 en esta Cataluña que afronta momento decisivos. Continuamos escuchando afirmaciones y discursos que parten de una reconstrucción aparentemente lógica de la historia, dando por supuesto acontecimientos que no han sucedido, pero que como habrían podido suceder, conforman una realidad irreal. Y como el independentismo y el nacionalismo no tienen quien les mejore en su capacidad de intervención mediática y manipulación del personal, Mas y los suyos siguen su camino.

La Diada es una fiesta declarada nacional por la Generalitat hace ya años, que como bien recordaba Arcadi Espada ayer en El Mundo, “al contrario de lo que se dice, no conmemora una derrota, sino una guerra civil. Una doble guerra civil. La que libraron catalanes contra catalanes y la que libraron catalanes contra otros españoles…El 11 de septiembre, desde su origen, nunca quiso ser la celebración de una reconciliación. Fue siempre la celebración de una Cataluña contra otra”. O sea, parte de la ucronía.

Lo llaman fiesta nacional catalana pero desde hace años, y el viernes más que nunca, fue un gran acto de campaña electoral que finalizó con un mitin de la oradora pidiendo el voto para las listas que reclaman la independencia, para construir “la República independiente catalana…un país nuevo, mejor y más justo” tras las elecciones que se celebran en dos semanas.

Los nacionalistas y los independentistas se han adueñado y han acaparado los símbolos y las instituciones catalanas como si fuera patrimonio exclusivo suyo y la Diada es ya una gran fiesta de partido o un mitin, o las dos cosas a la vez. Y un gran acto nada espontáneo de adhesión inquebrantable al régimen imperante, más parecido a una manifestación de una dictadura agonizante. Y, además, es un gran ejercicio de manipulación de masas, digno de estudio. Había que ver a la peña, una muchedumbre, un gentío, muchos, sí, muchísimos, buena parte de ellos compartimentados en grupos, identificados cada uno con cartulinas de diferentes colores, en función de las circunscripciones y vaya usted a saber que otros criterios.

Todo ello con los medios de comunicación, públicos y buena parte de los privados entregados a la causa por dinero, convertidos en una fabulosa maquinaria de propaganda, y exhibiendo una falta de neutralidad y un partidismo obscenos y excluyentes de quienes no piensan como ellos.

Entre todos han puesto la fiesta nacional catalana al servicio solo de una parte de los ciudadanos catalanes. Todo esto demuestra que el voto independentista está perfectamente movilizado, en posición de firmes para acudir a votar el día 27. Del otro lado, quienes no son partidarios de la independencia, aunque se sientan igual de legítimamente catalanes que ellos, acreditan una preocupante falta de entendimiento y parece que están acampados en el miedo, la ambigüedad, la confusión, la indeterminación, la comodidad o la molicie. Las encuestas dicen que a día de hoy son minoría, ya veremos el 27, pero es una minoría que quizá, aunque no lo parezca, representa a la mayoría numérica de los catalanes.

En este punto es clave recordar que Artur Mas ha convocado las elecciones el 27, en pleno puente de la Merced, fiesta en Barcelona. No es casualidad. Mas sabe que los votos de Barcelona y el área metropolitana son esenciales para quienes no apoyan la independencia. Ahí está una bolsa de votos decisiva en las elecciones autonómicas. Si Mas y su banda consiguen desmovilizar el voto urbano en esa zona el independentismo ganará la mayoría en escaños, aunque en votos no supere el 50%. Y ya ha dicho el presidente de la Generalitat que si es así, al día siguiente pone en marcha el proceso secesionista. Es igual que todos sepan que no va a culminarlo con éxito. De ahí la formidable irresponsabilidad de iniciarlo, porque supondrá indefectiblemente un crecimiento de magnitud considerable en la crisis política que unos insensatos imprudentes llevan cultivando desde hace ya muchos años. O sea, que una minoría, sin duda considerable, cuantiosa y respetable de ciudadanos, puede terminar por imponer un paso de peligros calculables a una mayoría que desde hace años padece los efectos de un establishment y una burguesía obscenamente entregados a una causa.

Ya hemos escrito mucho sobre la molicie, la cobardía, el tacticismo y la pereza de los gobiernos de PSOE y PP frente al problema. Al nacionalismo catalán que tanto ha robado del erario había que haberle parado los pies hace muchos años con el ejercicio de la política y la aplicación de la ley. Pero no les convenía, porque en su raquítico pensamiento cortoplacista les necesitaban para mantenerse en La Moncloa. Rajoy ha tardado demasiado en darse cuenta y cuando ha declarado por boca del candidato García Albiol que se ha acabado la broma, se está pasando de frenada, tiene a su personal en el Gobierno y el partido dividido y ha pasado del inmovilismo a la barricada sin solución de continuidad, pensando que así recuperará votos.

Esto es lo que hay. Estas dos semanas son importantes sobre todo para ver si quienes quieren vivir en paz, armoniosamente, en pacífica, democrática y respetuosa convivencia, sintiéndose catalanes y españoles, sin deseo de excluir a quienes no piensan como ellos, son capaces de movilizarse y acudir a las urnas. Si no es así, van a pasar muchas cosas entre estas autonómicas y las generales de diciembre. Y la mayoría no van a ser buenas. Para nadie.