La indignación del personal europeo por las políticas de austeridad que se han impuesto crece y se expande. Y al calor del cabreo, líderes de izquierda alejados del establishment salen victoriosos de primarias, se colocan en cabeza de la oposición o incluso llegan a ganar elecciones. Ahora le ha tocado el turno a la Gran Bretaña. Jeremy Corbin, 66 años, más de 30 años diputado (en los que ha votado más de 500 veces en contra de los criterios de su partido), izquierdista, idealista, defensor de causas minoritarias y muy vinculado a España e Hispanoamérica, fue elegido el sábado como líder de los laboristas británicos.

Probablemente jamás pensó llegar a tanto. Pero ha dado la sorpresa. Y, como atinadamente apuntó antes de la victoria de Corbyn un analista del Financial Times, anticipándose a lo que algunos preveían, aquellos que consideran su elección un drama “échenle la culpa a los banqueros”, o sea, al establishment, a la casta, a los que cortan el bacalao, que en todos los países son los mismos.

La victoria del maduro político laborista es una expresión más de rabia, cabreo e indignación de unos ciudadanos que se sienten lejos de la vieja política, que consideran injustas unas políticas que han generado más pobreza y, sobre todo, mucha más desigualdad social.

Entre los conservadores de la Gran Bretaña, inicialmente, se ha acogido la victoria de Corbyn con entusiasmo, y están desde el sábado de guateque porque consideran que es un error grave que sus adversarios pagarán caro. Pero más les convendría andarse con tiento, no vaya a ser que termine levantándoles la tostada este tipo descorbatado, de barba cana y apariencia poco contemporánea, porque también allí la peña se haya cansado de los viejos modos de ejercer la política tan alejados de los ciudadanos.

No digo yo que vaya a ser así. Corbyn no lo ha tenido fácil. Tiene un apoyo limitado en el grupo parlamentario, donde consiguió por los pelos los avales para presentarse y está por ver, si llega a ser candidato, si los ciudadanos británicos le votan. Lo que no es discutible es que, a primera vista, que Corbyn haya sido elegido parece una revolución. No es descartable que no llegue nunca a gobernar. Apuntan algunos que incluso podría darse el caso de que el poder de toda la vida consiga arramblar con el y sustituirle por otro antes de las elecciones. Pero lo que no es cuestionable es que, ganando las primarias, la ha liado y ha sacudido el patio político británico y europeo.

En España, inicialmente, todo el mundo le comparaba con Pablo Iglesias a falta de coleta y treinta años mayor. Pero no. Hay muchas diferencias. Iglesias es un marxista leninista que ha acreditado una asombrosa capacidad para, en muy pocos meses, fundirse en el paisaje político que denostaba. Ha matizado su discurso y acreditado sus pocos escrúpulos para adaptar sus mensajes al son de las encuestas y el puritito tacticismo electoral. Y Corbyn no parece que vaya a transitar este camino, de ahí los riesgos de que le descabalguen a mitad de carrera.

Ayer incluso asistimos a un cruce de declaraciones de líderes de Podemos y del candidato socialista Pedro Sánchez, compitiendo por acreditar proximidad, afinidad y hermandad con Corbyn y los laboristas británicos. Una guerra por la hegemonía de la izquierda. Mientras Sánchez en Las mañanas de Cuatro decía que “Corbyn no es el Podemos del Reino Unido y el Partido Laborista y el PSOE somos hermanos”, Iglesias, en La Sexta reivindicaba a Corbyn como “un nuevo aliado” y decía que estaba de acuerdo con el “no porque sea de izquierdas sino porque defiende a las clases trabajadoras”.

Puede que unos y otros tengan razón. Corbyn, inicialmente, sostiene postulados más cercanos al Pablo Iglesias previo a su integración en la denostada casta. Y el Partido Laborista, históricamente, mantiene vínculos con la socialdemocracia española y de otros países europeos.

Lo que parece claro, en Gran Bretaña y en España, es que si Pablo Iglesias y los suyos aquí y Corbyn allí logran sus objetivos y, solos o en compañía de otros, consiguen gobernar, muchas cosas pueden cambiar en ambos países y en la vieja Europa. Pero si fracasan, pasarán probablemente muchos años hasta que la izquierda pueda volver al poder.