Cunden en verano, sobre todo en el papel y los digitales. Lo que denominan las entrevistas “frescas”, que no sé muy bien lo que significa. Preguntas más livianas a políticos, escritores, artistas y reyes del escaparate patrio que para la ocasión se retratan además en bañador, o tomando una cañita, con desenfado programado nada espontáneo. En este agosto caliente de política aún antigua proliferan las entrevistas al uso, sobre todo los fines de semana. Y algunas generan cascada de reacciones, como la de Catalá adelantando que Rajoy se está pensando abordar la próxima legislatura la reforma constitucional. Quizá se lo piensa porque se teme que ya no estará. O la de Romeva, que sigue jugando al despiste con la lista y quien presidirá la Generalitat, si pueden.

La entrevista es quizá el género más difícil de este oficio maravilloso y canalla del periodismo. No recuerdo bien (y me da pereza tirar de buscador) quien dijo que la entrevista es el arte de sacar declaraciones personales para ser publicadas, es un mecanismo elaborado, un medio de transmisión, un espejo, pero si el entrevistado no se deja, ¿para qué sirvió hacerla?.

Hay entrevistadores para todos los gustos. Como cada entrevistado es un mundo diferente al que hay que entrar por puertas distintas. Entrevistar no es atreverse a formular al entrevistado una larga lista de preguntas previamente preparadas a conciencia. Por brillantes que resulten a priori. Entrevistar es comenzar un viaje y no saber a donde vas a llegar con tu interlocutor. Es haberte documentado y preparado a fondo. Aunque conozcas a aquel a quien vas a interrogar, debes tratar de descubrir lo más hondo de él. Es preguntar y sobre todo escuchar las respuestas, para poder seguir preguntando, y repreguntando. Hay que preguntar con respeto, hay que escuchar con respeto, y ese respeto no debe llevarte a evitar formular ninguna cuestión, por espinosa o incómoda que le resulte al entrevistado. Porque no hay preguntas indiscretas, lo indiscreto en todo caso estará en las respuestas.

Hay muchos modelos. Y modas. Ahora se estilan en algunas teles dos muy contrapuestos. La niña terrible o señorita Rottenmeyer, narcisista, con mala leche envuelta en rostro cínico, agresiva, que comienza con el objetivo claro de evidenciar que es mucho más lista que el entrevistado, cuando casi nunca lo es. Y los entrevistadores de pacto previo, que aceptan condiciones inaceptables, como vetar asuntos, prohibir cuestiones o evitar situaciones que no le apetecen al entrevistado. Detesto ambos modelos.

A mí no me gustan las entrevistas agresivas, pero sí las que son tensas, porque de esa tensión brota conocimiento, información. Entrevistar no es tomarse una copa con un amigo. Ni comenzar una guerra con un desconocido. La agresividad genera una reacción defensiva en quien la recibe que es nociva para el objetivo del encuentro. La tenacidad, la sinceridad y la tensión propician respuestas, ganas de hablar. Se entrevista para el ciudadano, no para cubrir el ego personal. No debe someterse a un tercer grado al invitado, pero has de llegar al fondo de las cuestiones, y a veces insistir reiteradamente cuando quien ha escuchado la pregunta trata de eludir la respuesta. Si se acepta una entrevista es para responder. Es un ejercicio de confianza entre dos personas.

Y una de las claves está en el manejo de los silencios, por ambas partes. En esto Jesús Quintero era un maestro, que a veces los llevaba al exceso. Pero hay entrevistas en las que lo más elocuente han sido determinados segundos de silencio. Porque ya se sabe que casi siempre una entrevista comienza cuando llegas a la mitad del tiempo de que dispones. Por ello has de generar un clima de empatía que haga posible encontrar respuestas de fuste que interesen al ciudadano.

El protagonista de una entrevista es el entrevistado. Si cuando termina te quedas con la sensación de que ha sucedido al contrario, es un fracaso. Y toda buena entrevista es también, como dice mi hermano del alma Ángel Antonio Herrera, un robo. Porque se trata de robarle a quien preguntas lo que quería decirte de antemano y también aquello que pensaba ocultarte y tú has sido capaz de sacarle.

Todas estas líneas para decir que hecho de menos el género, pero bien. No hay nada más estimulante, entretenido e interesante que una buena entrevista, como pocas cosas se me ocurren más aburridas y tediosas que una entrevista mal hecha. Hecho de menos entrevistas que me atrapen. Y llego a la conclusión de que las echo de menos porque cada día hay peores entrevistadores y peores entrevistados. Y los medios, así en general, en especial las televisiones, no apuestan por el género. Quizá porque quienes de verdad merecen ser entrevistados o no se dejan o se dedican a actividades que no dan audiencia. Y que no están de moda, porque lo que se estila ahora es el discurso, o sea, la chapa a braga quitada y que sea lo que las redes sociales quieran.