No tuvo nada de normal ni en el fondo ni en la forma la visita de Artur Mas al Rey. Lo evidenció el lenguaje gestual de Felipe VI. Su rostro serio, adusto, tan diferente al que le vimos cuando recibió a Cristina Cifuentes, Alejandro Fernández Vara, Susana Díaz, Emiliano García Page o Ximo Puig. Con la aprobación del Gobierno de Rajoy, el Rey recibió al representante del Estado en Cataluña que está planificando un conflicto político y social de formidable envergadura, ciscándose en la legalidad vigente, para proclamar a su aire la independencia de la Comunidad Autónoma que preside. Nada de normal, porque nada es normal en relación con el problema catalán desde hace ya demasiado tiempo.

No es en absoluto normal que se esté gestando un proceso de independencia desde la Administración catalana, financiado con el dinero de todos, ante la pasividad del Gobierno de la Nación. Como no es normal que ni la Casa Real ni el Gobierno hayan informado hasta ahora a los ciudadanos del alcance y el contenido de un encuentro que no debió celebrarse. Una vez más, la alta política de este régimen agonizante se despacha entre bambalinas y se nos hurta una información que los ciudadanos tenemos derecho a conocer.

Como no tiene nada de normal que el PP y el PSOE, partidos de ámbito nacional que vienen repartiéndose el poder desde la llegada de la democracia, se hayan convertido en dos formaciones irrelevantes en Cataluña, quizá a punto de desaparecer, mientras la izquierda independentista, la derecha de toda la vida entregada al soberanismo y buena parte del cobarde y cómplice stablishment catalán organizan un proceso independentista que puede acabar como el rosario de la aurora. Nada es normal en relación con lo que está sucediendo en Cataluña.

Si el Gobierno y el Rey creen que la cita forma parte de la normalidad institucional, no se a qué esperan a organizar la audiencia con Pablo Iglesias, líder de un partido como Podemos que es hoy en día actor esencial de esta película de terror en que se ha convertido nuestra política.

El presidente Rajoy se limita a decir que Cataluña no será independiente y a apelar a una legalidad que se soslaya cada día en Cataluña. El Gobierno no va a poder recurrir ante el Constitucional o el Tribunal Superior de Justicia la convocatoria del 27-S porque el Decreto que elabore Mas no hará mención alguna al carácter plebiscitario que le adjudican quienes planifican este desatino. No son idiotas. Y en el entorno de Rajoy, un presidente que se olvidó de hacer política desde que llegó a La Moncloa, se juega con fuego peligroso al considerar que cuanto peor para España, mejor para el PP.

Porque estos asesores de Rajoy creen que si en las elecciones catalanas gana la disparatada lista de Mas y Junqueras, y se produce una declaración unilateral de independencia, entonces el Gobierno aplica el artículo 155 de la Constitución, suspende la Autonomía, y se presenta a las generales en condiciones de ganar por mayoría absoluta. Un disparate que puede costarnos muy caro a todos los españoles.

En Cataluña, por mucho que se empeñen, no hay una mayoría social partidaria de la independencia, aunque el 27-S puedan obtener más escaños en el Parlament. En Cataluña lo que hay es una clase política que ha gobernado durante años engañando y robando a los ciudadanos con la pasiva complicidad de los Gobiernos de España, que no han sido capaces de articular un discurso político y que han abdicado de sus responsabilidades posibilitando una nula presencia del Estado en una Comunidad Autónoma que representa el 20% del PIB español. Y de todos los errores y negligencias de Rajoy, la deserción de Cataluña que ha llevado a la práctica quizá sea la más grave.

Es evidente, y no hay más que observar lo sucedido en Grecia, que Cataluña no aguantaría el tirón independentista con los bancos cerrados o con un corralito. Todo el mundo sabe que la independencia de Cataluña hoy es imposible. Pero todo el mundo sabe también que las consecuencias de lo que va a suceder van a ser gravísimas y van a colocar a España en una situación política y social, interna y exterior, de máxima gravedad. Nuestros sistema democrático tiene resortes para defenderse. Pero se necesitan políticos de fuste, con sentido de Estado, con capacidad de liderazgo, con talento e inteligencia emocional y política. Que hagan política pensando en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones. ¿Dónde están?