Lo que tiene ponerse estupendo y establecer límites morales, éticos y políticos de máximos, como han hecho Podemos y sus socios en las agrupaciones electorales, es que a uno se le vuelven los argumentos en contra a la primera. Conocidos los mensajes de Twitter que, en supuesta clave de humor, había hecho públicos el concejal de Cultura del Ayuntamiento de Madrid, Guillermo Zapata, la única salida digna para él, para Carmena, para Podemos y para Ahora Madrid era la dimisión del propio Zapata o su destitución inmediata por la alcaldesa. No había otra salida digna. Pero no ha sido así. Llegan al poder y a la primera muestran que algunas cosas siguen como estaban con la casta tan denostada.

Los comentarios antisemitas y de inmenso desprecio a víctimas de terrorismo y violencia de Zapata eran inaceptables. No tenían la más mínima gracia y, además, hay materias y asuntos que no dan para chistes. Las disculpas, puede que hasta sinceras, de Guillermo Zapata no son suficientes. Porque no le quitan la responsabilidad como cargo público, en ningún supuesto, pero menos aún aplicando los baremos que se han dado a sí mismos los guardianes de las esencias de la pureza en la actividad pública.

La salida ha sido la peor. Muy de la casta. Muy del régimen. Muy de la vieja política con la que decían que iban a cavar. Me voy, pero en realidad me quedo. Porque cuando lo hice era una persona privada. Vale. Pero Twitter es un patio de corrala público, y lo que ahí se dice no es particular, y cuando se accede a un puesto de alta responsabilidad por elección de los ciudadanos, uno está sometido al escrutinio público, y ahora con unos baremos mucho más estrictos, los que ellos mismos han reclamado para los demás.

Estamos ante una cuestión ética que pone sobre la mesa del debate un asunto estrictamente político: la debilidad de las agrupaciones y las formaciones emergentes nacidas del cabreo ciudadano con el régimen y las características genéticas de las mismas, donde anidan personas muy diferentes, políticamente diversas y con unos mecanismos de trabajo interno complejos. Hasta el sábado trabajaban activamente como militantes anti sistema y desde el sábado forman parte del núcleo del sistema mismo. Y esa digestión va a generar muchos problemas, contradicciones y disfunciones entre sus actuaciones y lo que han preconizado en sus programas electorales y en los mensajes de campaña. Su desorden, consecuencia de las peculiaridades de su génesis, es notorio. El asunto de Zapata ha evidenciado que la respuesta ha sido tardía, generando más ruido y polémica, y además insatisfactoria e incongruente con el discurso de sus líderes. Si uno se va, se va, y de lo contrario se queda. Dejar de ser responsable de Cultura pero seguir manteniendo el acta es infumable. Y, además, la alcaldesa Carmena ha dado la sensación de ir a remolque. Es decir, todo lo contrario de lo que cualquier experto en gestión de crisis recomendaría.

Lo que tiene cerrar mal una crisis es que es un modo de dejarla abierta. Ya lo verán. Este asunto está empezando. Porque, además, en los puestos de mando del Ayuntamiento de Madrid, junto a la alcaldesa, se sientan otras personas que tienen antecedentes tuiteros similares, como es el caso de Pablo Casado, responsable de Transparencia y Participación Ciudadana, nada menos.

El asuntos de los mensajitos de Twitter no es baladí. Lo que tiene el patio del pájaro azul es que muchos quieren ponerse fenomenales e impresionar al personal, acreditar su pátina de modernos (no saben que en la vida hay que ser contemporáneo, pero no moderno) y desconocen que cuando uno no tiene nada que decir lo mejor que puede hacer es estar callado y escuchar, o leer. Y el dolor, el sufrimiento y el horror ajeno no da para risas, ni para chistes, ni para bromas. No es moderno esto. Es lo más viejo que conozco. Y no tiene ni pizca de gracia. No hay que haber estado en el museo del genocidio, ni en alguna cámara de gas, ni junto a las víctimas del terrorismo o de asesinatos terribles. Ni siquiera hay que haberlo padecido. Hay que tener unos mínimos de humanidad y de urbanidad, simplemente. Y estos graciosos carecen de ello. No es humor. Es otra cosa, repugnante.

Defender, como hizo Zapata tras pedir perdón, que él tiene derecho a hacer ese tipo de humor es no haber entendido nada. Reincidencia. No vale la mandanga del contexto, tan de la casta.

Conozco a Manuela Carmena, y siento por ella y por su trayectoria vital y política formidable respeto. Por ello me ha decepcionado. Porque si es verdad, como dijo, que con ella entra en el Ayuntamiento la dignidad perdida, sobran personas que a lo mejor tendrían sitio en clubes de la comedia de tercera, pero no en una institución pública que pagamos entre todos. ¿Mantendría por ejemplo Carmena en esa casa, con acta de concejal, a alguien que hubiera escrito mensajes de Twitter equivalentes en maldad, grosería y mal gusto sobre los abogados laboralistas asesinados en la calle Atocha? Pues eso.