¿No queríais Rajoy? Pues toma Rajoy, Rajoy y más Rajoy. Ese es el cambio. La gran novedad. Él mismo, su Moragas de confianza, cuatro caras para pasear por las teles y las radios (esta mañana hay saturación de jóvenes peperos en todas las tertulias) y Javier Arenas, que se lo sabe todo y si se le cabrea puede ser peor.

Primero se marcó un discursito pretendidamente nuevo, reconocedor de los errores, pero no le sale. Donde no hay mata no sale patata. Hasta cuando habló de la corrupción lo hizo en genérico, sin reconocer, Mariano-se-fuerte-te-llamo-mañana, sus propios errores. Quizá si este discursito lo hubiera hecho antes de las elecciones le habría servido para algo, pero la pantomima de ayer llega demasiado tarde. Y los Congresos Regionales para después de las Generales. O sea, que lo dicho, más de lo mismo, si no quieres taza, taza y media, y aquí nos las den todas. Una remodelación en la que solo salva el culo Arenas es una garantía de fracaso en toda regla.

Se esperaban cambios en el Ejecutivo, en el Partido y en la política. En el Gobierno, por ahora, nada, aunque en cualquier momento hace un retoque y se nombra a sí mismo vicepresidente. En el partido ya han visto. Reunión del Comité Ejecutivo, silencio absoluto de la peña obediente, Cospedal arrinconada como florero sin que se note, González Pons exiliado definitivamente, Floriano liquidado y aterrizaje de Rajoy los lunes, Moragas al mando de la nave, con toda la mochila, para controlar, y cuatro jóvenes Casado, Levy, Maroto y el imputado Martínez Maíllo para exhibirse por las tertulias y dar juego.

Su amigo castellano le invitó a mirarse en el espejo y Rajoy obedeció. Se puso de pie, desnudo, miro al frente y ¿qué vio? A Albert Rivera, en pelotas en su primer cartel electoral, y vio la luz. Y se buscó lo más parecido a los ciudadanos en auge, y parió el ratón renovador. Todo muy conservador y muy tardío. Todo muy Rajoy, en definitiva.

Ahora se hablará menos de los conflictos internos, de las peleas de gatas en la cúspide del partido y el Gobierno. Incluso se ha montado una Conferencia Política para julio de la que igual hasta sale un adelanto electoral. Pero, tiempo al tiempo, todo sigue igual.

En el PP manda Rajoy, y se acabó. Ni en el grupo parlamentario popular al que ahora manda a Floriano de tapadillo, ni en el Comité Ejecutivo hay una sola persona capaz de plantarle cara. Todos saben que con Rajoy las posibilidades en las próximas generales son escasas. Y no tienen dudas respecto a que, para poder ganar las elecciones y evitar ocho añitos de nuevo en la oposición hay que cambiar de verdad la política. No es un problema solo de caras. Es una cuestión de fondo.

Arriola sigue mandando, en la sombra, claro. Nadie tiene bemoles en Génova para modificar el discurso, dejar de aferrarse a que viene el lobo de Podemos, a que los pactos multipartitos son el Frente Popular. Recurrir al miedo como argumento para recuperar el voto perdido es la peor receta, la otra garantía de seguir de derrota en derrota. El PP debiera recuperar la iniciativa política, mirar al pasado para aprender, dejar de mirar a los adversarios, construir un discurso de verdad regenerador, no sentir vergüenza de sí mismos, vivir la realidad, acercarse a sus votantes de siempre y a quienes a veces les han votado, cuando han apostado de verdad, y dejarse de milongas.

Pero ello pasa por Rajoy. O sea, porque se vaya Rajoy. Por un cambio profundo de la política con un nuevo candidato elegido desde abajo, democráticamente. Lo ha explicado en su blog atinadamente Guillermo Gortázar, ex responsable de formación del PP, arrinconado porque piensa por sí mismo y no se calla. Estatutariamente es complicado, pero posible. Solo hace falta que quieran. “No es lo mismo hacerlo desde un resultado favorable en las Generales que desde uno desastroso. Está en la mano del presidente Rajoy tomar la mejor decisión en el presente ante el previsible futuro”. Pues ya saben, no la tomará. Es Rajoy en estado puro.