Seguimos con los pactos. En secreto. Un universo de intrigas, un mercadeo de regateos. Un zoco en el que casi todo se coloca en el escaparate. Una vez más. Un ejercicio muy poco democrático. Que algunos creímos que esta vez no se iba a producir. Pero ahí está, e incluso Podemos y Ciudadanos se suman al secretismo. Una tristeza de política. Unos no aprenden y los que creíamos que venían aprendidos se contagian.

Vale que Rajoy no se ha bajado del coche oficial desde hace la tira de años y quizá no sepa, y le aburra. La transparencia. Bien, Sánchez parece nuevo, pero lleva en la cosa varios trienios y está muy condicionado por los clásicos que tratan de influir en él. Pero Albert Rivera y Pablo Iglesias, los dos, aceptando que las cosas son así, es una decepción. Más que ninguno Pablo Iglesias, ese que criticaba que la política española se ventilaba en los reservados de los restaurantes de cinco estrellas. Un demagogo de tercera. El ventila los pactos con más secretismo, y a los restaurantes caros solo va si le invitan. El practica el ocultismo y la opacidad pero va de pureta. Y sigue valorando, juzgando y clasificando al personal por cómo viste y donde come, ejercicio digno de cualquier causa autoritaria, pero inaceptable en un demócrata de verdad.

Ya tengo escrito que no me gustan los pactos que tienen como único fin ir contra alguien o excluirlo del cotarro. No digamos si se emplea para tal causa el término “cordón sanitario”. Y más de uno y de dos de las decenas de pactos que nos vienen se basan en esta premisa nada democrática tampoco.

El PP ahora se escandaliza. Pero se ha ganado a pulso el rechazo que genera en tantos. Van a cumplir una legislatura en la que acumularon más poder que nadie, tanto municipal como autonómico y nacional, y han dilapidado la fuerza que tenían para cambiar las cosas. Además de incumplir sus compromisos electorales. El balance de Rajoy es paupérrimo. Los recortes se han llevado a cabo liquidando a las clases medias. Nos ha esquilmado con el rescate a la banca. No hay un solo paso serio y profundo de regeneración democrática. No ha abordado ninguna reforma a fondo, tan necesarias, del Poder Judicial, del despelote en el Estado de las Autonomías, del sistema educativo, del modelo productivo que necesita España, de los mecanismos de control del Ejecutivo, de la legislación electoral, del sistema impositivo, del sector eléctrico…. Ha seguido repartiendo el poder entre amiguetes sin aplicar un modelo de búsqueda de la excelencia. Ante la corrupción ha estado pasivo en su combate y muy activo en su amparo y cobertura. Y claro, todo sigue como estaba. Pero peor.

No es necesario que se mire al espejo, como le recomiendan sus conmilitones. Vive en su nube. Si se mirara, se alegraría de haberse conocido. Está convencido de seguir aunque lleve a la ruina a su partido. Y allá su partido. Si no hay nadie capaz de alzar la voz y decir hasta aquí hemos llegado, se lo merecerán. Porque ese discurso del miedo, que vienen los rojos, que vienen los malos, ya no cuela. Pero Rajoy todavía no se ha enterado de lo que le ha sucedido en las tres últimas elecciones (europeas, andaluzas y municipales y autonómicas). No es un problema de espejos. Es un problema de insolvencia intelectual y política.

Y de los pactos, pues ya sabemos cual ha sido el resultado hasta la fecha de los acuerdos multipartitos. Un fracaso en toda regla. Pero si la peña ha votado como ha votado no es porque no lo sepa, no es porque desee gobiernos anti natura o inestables, es, señor Rajoy, Mariano-se-fuerte-te-llamo-mañana, porque tienen muy buena memoria respecto a su calamitosa gestión. Y sobre la corrupción y su actitud ante ella. Porque no quiere que sigan usted y su partido al mando de la nave. Pero no se entera. O no se quiere enterar. Ni en secreto