Hay un formidable desconocimiento de nuestra historia reciente en muchos contemporáneos. Escasea el respeto por la historia. Nuestro sistema educativo, abandonado a su suerte, naufraga en el conocimiento de lo sucedido en España y muchos maestros y alumnos confunden la historia con series de ficción o novelas llevadas al cine. Por no hablar de quienes reclaman memoria histórica siempre selectiva.

Viene esto a cuento por la presentación ayer en el Congreso de los Diputados del fantástico libro “El guionista de la transición. Torcuato Fernández-Miranda, el profesor del Rey”, escrito por el excelente periodista Juan Fernández-Miranda, sobrino nieto de Torcuato. Curiosamente es la primera biografía del que fue calificado por Rodolfo Martín Villa como el guionista de la transición. Y si Torcuato diseñó el proceso bajo la premisa de hacer el camino “de la ley a la ley”, hoy quiero escribir de Fernández-Miranda a Fernández-Miranda.

No voy a resumir el libro. Solo reseñar que es una biografía vibrante, cinematográfica, escrita por el que para mí es el mejor periodista de su generación, con una trayectoria aquilatada, siempre subjetivamente honesto, cuya mirada transparente acredita su hondura de corazón y su olfato de sabueso de la noticia y la verdad. Y conozco bien al personaje, porque durante años he aprendido de su lealtad, su talento, su coraje y su insobornabilidad. Un tipazo, Juan Fernández-Miranda, un periodista de excelencia y ahora acredita con este libro que, además, es un escritor solvente y brillante.

Y Torcuato. Un político llegado desde la Universidad, honrado, decente, que asumió la responsabilidad de la formación del Rey, entonces Príncipe, desde 1960, y que diseñó con ojo de águila y olfato de viejo sabueso de la política un plan astuto y valiente que condujo a España a la Monarquía constitucional. Pudo haber sido presidente del Gobierno y prefirió, con un sentido de la lealtad hoy desconocido, renunciar a lo suyo por creer que desde la presidencia de las Cortes servía mejor a España en la salida de las tinieblas del franquismo.

No soy un entusiasta de la transición, aunque aciertos hubo. Ideológicamente estoy lejos del pensamiento de Torcuato. Pero el conocimiento en carne viva de lo sucedido aquellos años, vivido desde una trinchera alejada de la de Torcuato, no me impide reconocer y valorar el papel esencial que jugó para que la democracia fuera posible. Y, por encima de todo, valorar, al margen de la ideología, la capacidad que tuvo para acreditar que era un hombre de Estado al que su vanidad legítima no le cegó, y que supo renunciar a mucho en beneficio de todos. Además de acreditar un olfato y una astucia inusual, inexistente en uno solo de los políticos que pueblan hoy el suelo patrio, tan repleto de idiotas en la acepción griega del término. O sea, aquellos que se desocupan de la cosa pública y el interés de todos en la búsqueda del beneficio propio.

Un gran periodista, Juan Fernández-Miranda, que ha escrito un libro de primera sobre un personaje esencial en la historia reciente de España, Torcuato Fernández-Miranda, que nació ahora hace cien años y que murió en Londres en julio de 1980, acompañado de quien fue su refugio de siempre, Carmen Lozana, una mujer ejemplar. Torcuato murió sin riqueza material, pero con la formidable fortuna de haber sido coherente y leal. Cuánto echamos de menos hoy políticos de éste valor, en todos los partidos, de todas las ideologías. Con una decena de ellos España sería mejor. Mucho más decente. Y con más periodistas como Juan, este oficio sería más habitable, más decente también y más libre. Alejado de tantas cuevas de Drácula que pueblan el panorama mediático español. De la ley a la ley. De Fernández-Miranda a Fernández-Miranda. Una gran lección. Un libro esencial.