Felipe VI ha dado un puñetazo de regeneración encima de la mesa y le ha suministrado a Mariano Rajoy una lección, le ha marcado el camino, pero no le seguirá. Tras un año de reinado, sin estridencias, el Rey trata de aproximarse a los ciudadanos, de conectar con el sentimiento real de la calle, ganarse el respeto del personal y preservar el prestigio de la Corona y el suyo propio, como dijo en su intervención el día de la proclamación.

Tras años de pelea suya y de su padre, a Felipe VI se le agotó la paciencia el viernes pasado. Venía cabreado del funeral por Kardam de Bulgaria, donde su hermana compareció sin previo aviso, estirada y desafiante, como si no pasara nada. Y por enésima vez, el miércoles y el jueves le pidió a su hermana, la infanta Cristina, que renunciara a sus derechos dinásticos. Y ella erre que erre. Que nones. Y se acabó. El rey decidió mover pieza y, tras estudiar con su equipo todas las posibilidades, optó por revocar el uso del título de Duquesa de Palma que le concedió su padre al casarse con Urdangarín. ¡Zas! Doña Cristina y su marido se quedan sin Ducado. No podía ir más allá, pues constitucionalmente no tiene potestad para retirarle los derechos dinásticos. Si pudiera, lo habría hecho.

La respuesta de la infanta, con el surrealista asesoramiento de Miquel Roca, uno de los padres de la Constitución, fue desafiante, buscando lío. La infanta quiso hacer pensar a la peña que la decisión la había tomado ella. Difundió una carta fechada el 1 de junio en la que se lo anunciaba, pero por mucho que la carta llevara esa fecha, le llegó al Rey por correo electrónico solo el jueves por la noche, diez días después.

La infanta se ha equivocado una vez más. En vez de hacer lo que debe, renunciar a sus derechos en la línea de sucesión, se ha puesto campanuda, pero no cuela. Felipe VI sigue su camino, que es el único posible para conseguir que la Corona salga de la crisis que le afecta desde hace años. Para lograr sacar a la institución del pozo en que se encontraba.

El Rey Felipe VI se ha anotado un tanto y le ha demostrado a Rajoy que una imputación no es por sí misma un límite a partir del cual uno deba abandonar la poltrona. A ver qué dice ahora el presidente del Gobierno, que es quien dijo en su día que está convencido de la inocencia de la infanta, quien le dijo a Gloria Lomana en Antena 3 que está convencido de que le va a ir bien en su proceso penal y que no debe renunciar a sus derechos dinásticos.

En paralelo, en España se conformaban los Ayuntamientos elegidos democráticamente por los ciudadanos en las elecciones municipales y autonómicas del pasado día 24. Y el PP de Mariano Rajoy, principal y esencial responsable de la catástrofe, sin enterarse. Lo sucedido ayer es consecuencia de un acto de democracia. Le guste o no al PP. Los ciudadanos han votado y sus representantes han actuado lícitamente. En noviembre de 2011 al PP le votaron casi 11 millones de personas y obtuvo una acumulación de poder no conocida jamás en España. El pasado día 24 le votaron apenas 6 millones de ciudadanos. Eso es lo que hay. Y la reacción del PP y de Rajoy hasta entonces evidencia que no se quiere enterar. Si su intención es ocultar tras los exabruptos su fracaso, se equivoca de plano. El bipartidismo se ha acabado por mucho tiempo, y es sabido por la experiencia histórica que las municipales suelen ser el anticipo de lo que sucede en las generales, el aperitivo.

Podemos y Ciudadanos han revolucionado el patio político español. Y se ha inaugurado ayer un nuevo estilo político en España que teníamos olvidado. El partido de Albert Rivera ha posibilitado que gobierne la socialista Susana Díaz en Andalucía y va a hacer lo propio con la popular Cristina Cifuentes en Madrid. Y en ambos casos, no ha pedido poder o poltronas a cambio, sino que ha forzado a Díaz y Cifuentes a firmar decenas de compromisos concretos de regeneración democrática, política y económica. Podían haber apretado más los Ciudadanos de Rivera, es verdad, pero, como el Rey con el caso de su hermana, han acreditado talento, inteligencia, táctica política y ejemplaridad.

Como dijo ayer Ada Colau, de Barcelona en Comú, tras tomar posesión del bastón de mando, “gracias a la ciudadanía se ha hecho posible lo imposible”. El PP y el PSOE solo gobiernan en cuatro de las 10 principales urbes españolas. Madrid, Barcelona, Valencia y Zaragoza están ahora, insisto, democráticamente, en manos de plataformas recién nacidas de lo más a la izquierda que hay en los partidos españoles. El PSOE se está echando también una soga al cuello. Y Rajoy sigue mareando la perdiz, bailando la yenka, un paso cortito adelante, varios pasos para atrás. Habrá cambios, ahora parece de nuevo que no excesivos. O no los habrá. Serán ya mismo, o la semana que viene, o en julio, o no serán. Tocará el partido y el Gobierno, o solo el partido, o solo el Gobierno, o no tocará nada. Solo él lo sabe.

Lo que está claro es que el Rey le ha enseñado el camino. Y el presidente no se entera. O no quiere enterarse. Erre que erre, silente, enviando a sus mesnadas a poner a parir al PSOE, enrabietados. En algunas cosas no les falta razón, pero el PP, así, va al suicidio. Y el único responsable será él. Erre que erra, Mariano-se-fuerte-te-llamo-mañana. Pero el teléfono no suena. Silencio.