La cosa está que arde. Rajoy se pone serio, se rectifica a sí mismo por cuarta vez y descarta cambios en el Gobierno, lo cual quizá signifique que habrá alguno en breve. Moragas prepara un gesto hacia los funcionarios, con el dinero de todos, claro, de cara a las elecciones, para tener a la peña contenta. El Gobierno anuncia modificaciones legales para que no se paguen impuestos por las ayudas sociales a familias sin recursos. Carmena y sus muchachos justifican el enchufe del marido de su sobrina, con un par. Y Cristina Cifuentes, que como escribimos desde este andén, será la quinta presidenta de la Comunidad de Madrid y ya veremos si a medio plazo, o quien sabe si corto, una de las caras más relevantes del PP que debiera rehacerse.

Tras una elección como candidata que no fue fácil, después de soportar una campaña con Aguirre de compañera de cartel en la que padeció una guerra sucia a manta y disparos que no eran de fogueo, habiendo tragado carros y carretas de adversarios y supuestos correligionarios, Cifuentes obtuvo un magnífico resultado, batió a Esperanza Aguirre y va a suceder a Ignacio González, con la tutela de Ciudadanos. Pasamos de la coleta blanca del chino a la coleta rubia de Cifuentes, más solvente y con una trayectoria más atractiva para el votante joven y menos joven del universo popular.

En su discurso de investidura, contemporáneo, serio, Cifuentes se ha desmarcado notoriamente de las políticas de Esperanza Aguirre e Ignacio González y ha prometido luchar a fondo contra la corrupción, intensificar la lucha contra el fraude fiscal, mantener la bonificación del 99% del Impuesto de Sucesiones y Donaciones, bajar el tramo autonómico del IRPF, reducir el impuesto de transmisiones entre hermanos, tíos y sobrinos, despolitizar Telemadrid, apostar por una política capaz de atraer inversión y hacer que aumente la disponibilidad de recursos en manos de los ciudadanos para dinamizar la economía y ahorrar, crear un marco favorable para la creación de empresas, eliminar trabas administrativas a los ciudadanos y otras propuestas regeneradoras que permiten ilusionarse con que una nueva política sea realidad en la Comunidad de Madrid. Un discurso que nada tenía que ver con lo que ha sido el PP madrileño en la última década.

Haría bien Rajoy con sus muchachos en prestar atención a estos primeros pasos de Cristina Cifuentes de cara a la Conferencia Política que ha anunciado para julio. Una vez que al mirarse al espejo, Rajoy vio a Albert Rivera y colocó a cuatro jóvenes en la cúpula de Génova, junto al intocable Arenas (Mariano-se-fuerte-te-llamo-mañana), ahora quizá deba obervar los movimientos de Cifuentes, y tomar buena nota. No se ha escuchado una sola palabra de Cifuentes provocadora de enfrentamientos, generadora de tensión, ha mostrado un talante democrático, no se ha refugiado en el discurso antiguo y cobarde del miedo al coco que viene, al Frente Popular.

Hay cosas de Cifuentes que me gustan, además de sus cinco tatuajes, su alma motera pese a todo, su convicción republicana, su actitud permanente de dar la cara y no esconderse y su espíritu conciliador. Por ejemplo, su capacidad formidable de resistencia frente a un aparato que por momentos ha querido devorarla. Hay cosas que me gustan menos. Pero tiene experiencia, no se ha visto salpicada por ningún caso de corrupción, y tiene bemoles y talento para plantarle cara a quien pretenda torcerla el pulso. Voluntaria o involuntariamente, Cristina Cifuentes se ha puesto en el escaparate. Todos la observan. Y muchos de los suyos con malos ojos y peores intenciones. La ven como un peligro. Porque ahora lo es. A la chita callando, trabajando con tenacidad, talento y astucia, les ha ganado la tostada a tantos aparateros de quinta hastiados de mamarla para verse ahora en la cuneta. Ojo a Cifuentes. Y ojo, Cristina, cuidado con los tuyos, que sabes como se las gastan.