Siguen casi todos un poco tocados por los resultados de hace una semana. Todos ganaron, y todos perdieron. Todos perdieron y todos ganaron. Aunque en política las cosas en general son como parecen, los resultados electorales muchas veces no son como se interpretan en la hora urgente del recuento. Lo que sí está claro es que quien gana es quien gobierna, no quien consigue más votos. Y a veces, como el 24-M, eso es más evidente que nunca.

La corrupción universalizada e incesante se lo lleva todo por delante. Curiosamente, afecta más al PP que al PSOE, quizá porque los casos que tocan a los populares evidencian más enriquecimientos privados y la del PSOE sea una corrupción mas clientelar, más de trincar al personal por la cartera para mantenerle fiel y entregado. Pero ni uno ni otro pueden aspirar a que cese la tormenta, porque las cloacas están a rebosar. Y el relevo en comunidades autónomas y ayuntamientos va a poner en marcha auditorías a fondo, y pese a la incesante actividad de las trituradoras de papel, va a salir más porquería de aquí a las generales, sobre todo de los populares.

Ciudadanos ha tenido un buen resultado. A Rivera y los suyos le ha ido bien caminar a rebufo de Podemos, pero quizá no ha cubierto todas sus expectativas. Ahora viene lo bueno, y si gestiona bien los pactos y acelera el paso adecuadamente, en Cataluña terminará de liquidar al PP y en las generales podría obtener un resultado mucho mejor del que algunos le vaticinan.

Podemos se presenta como el gran triunfador, pese a que sus dos grandes éxitos, en los ayuntamientos de Madrid y Barcelona, los haya cosechado con las agrupaciones y gracias a los votos que le han aportado Manuela Carmena y Ada Colau. Su exposición en gobiernos autonómicos y municipales, la gestión que lleven a cabo donde gobiernen, su política de apoyos y pactos, puede consolidarle como alternativa a competir con PP y PSOE o colocarle en una situación delicada de cara a las generales.

El PP está K.O. Pese a ser la lista más votada, desde la mayoría absoluta Rajoy ha perdido ya tres elecciones, las Europeas, las andaluzas y las municipales y autonómicas. Rajoy sube y baja, zarandeado por la debacle y por las luchas intestinas, y cercado por la corrupción insoportable. Ayer confirmó que va a hacer cambios y culpó del drama a la corrupción y a las tertulias de televisión y su martilleo. Los cambios los veremos. Retoques de nada en el Ejecutivo por las salidas forzadas y maquillaje en Génova. Para que todo siga igual. Quizá no se dé cuenta de que el haber acumulado una formidable pérdida de poder autonómico y municipal, y el dineral que conlleva en subvenciones, no supone que el PP no esté en disposición de poder ganar las próximas elecciones.

Así se lo están haciendo saber al presidente, pero como quien oye llover. La mayoría de los votos perdidos por el PP se han ido a la abstención, y los expertos de verdad consideran que con unos cambios profundos en el Gobierno y el partido, una adaptación real de su discurso político a la realidad, una maniobra sincera de aproximación a los problemas de los ciudadanos y un relevo generacional en el PP tras un Congreso, incluido el candidato a las generales, podrían aspirar a recuperar a sus votantes más fieles y a ganar las generales. Para ganar, y quién sabe si incluso claramente, el PP debe impedir que Rajoy sea quien lidere su cartel electoral. O se marcha o le echan. De lo contrario, el PP conseguirá en las próximas generales un fracaso histórico.

En el PSOE se vive una situación equivalente, pero en sentido contrario. Sus dirigentes transmiten una sensación de victoria que no es nada real porque los socialistas se han dejado en estas elecciones buena parte del apoyo electoral con el que contaban y no son los ganadores reales del 24-M. Han perdido cerca de 700.000 votos y ahora tienen que gestionar un papel complejo en los pactos que puede relanzarle o ser su tumba. La posibilidad de acceder al gobierno de varias autonomías y ayuntamientos relevantes se ha producido no porque hayan crecido en votos, sino por los malos resultados del PP. Dado que Susana Díaz no va a dar la batalla, Pedro Sánchez tiene toda la responsabilidad. Con González y Prisa aventando la necesidad de mantener la rancia estabilidad y los más jóvenes reclamando un nuevo socialismo de futuro, una socialdemocracia del Siglo XXI. Lo tiene crudo Sánchez. Y corre el riesgo de dar algunos abrazos que serán el abrazo del oso.

Los pactos que se van a producir, los gobiernos bi o tripartitos, van a marcar el paso y a ser la clave de cara a las generales, junto a lo que decida Artur Mas en relación con el 27-S y las catalanas. Las experiencias conocidas de gobiernos a tres han sido nefastas. En semanas puede que veamos cómo se conforman gobiernos municipales y autonómicos imposibles y de la gestión de los mismos pueden derivarse situaciones que condicionen el voto de muchos para la gran cita electoral nacional de finales de año. Vamos a ver muchos gobiernos y ayuntamientos en los que algunos, tras posibilitar el ascenso de otros al poder, no dejarán un minuto de tregua para ir a por ellos a degüello. Un festival con peligros.

Y el Ibex 35 de los nervios. Presionando a troche y moche a PP y PSOE “para que entren en razón”, entendiendo ellos por razón que todo debe seguir igual para que sus cuentas de resultados sigan engordando a costa de que España se vaya al carajo.

La que se avecina es apasionante en términos políticos y periodísticos. Pero ojo, que todos los ciudadanos nos jugamos mucho. De la solvencia de nuestros políticos depende que España salga adelante o se vaya por el sumidero en el que ahora estamos instalados. Por eso cuesta tener esperanza. Porque visto lo visto no nos dan muchas opciones. Pero ya se sabe que la esperanza es lo último que ha de perderse. Pues eso.