Aterrizo en Panamá antes de que termine la VII Cumbre de las Américas. Calor. Humedad. Lluvia. Calles cortadas. Ilusión entre los panameños que se sienten protagonistas de un papel después de mucho tiempo. Ceno con opositores venezolanos que también se sienten optimistas, con reparos. Y tras veinticuatro horas hablando con participantes y analistas del evento, concluyo que conviene frenar los entusiasmos. Lo destacado han sido los gestos. No ha habido decisiones que vayan a pasar a la historia, resultados prácticos palpables, concretos, pero hemos observado actuaciones políticas de formidable simbolismo en el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica y en quien maneja el poder totalitario en Cuba. Ha sido una Cumbre que en meses podremos valorar como crucial y legendaria o como un sueño de primavera.

De entrada, lo vivido en esta reunión de dirigentes americanos pone de relieve que España ha perdido enorme peso en la región, en el continente. España inventó las Cumbres Iberoamericanas, y algunas de ellas fueron trascendentes, y permitieron a nuestro país jugar un papel de influencia en la política de la zona. Pero a nuestros gobernantes no repararon en que olvidarse de darle cancha a los EEUU por estos lares es una mala decisión. Y llegó Clinton, parió la Cumbre de las Américas y el foro bianual que pusimos en marcha es ahora irrelevante.

 

Este fin de semana, aquí en Panamá, se ha celebrado un encuentro histórico que no se producía desde 1956. La cita entre Obama y Castro ha estado milimétricamente medida por ambas delegaciones. Como sus discursos. El presidente norteamericano confesó que quiere “pasar página… No podemos estar atrapados en el pasado y en la ideología. Yo por lo menos no lo estoy”. Raúl Castro, que manda en Cuba mientras se agota la llama de su hermano, pidió disculpas por el tono excesivamente antiestadounidense de algunas de sus palabras y respondió que Obama “es un hombre honesto y valiente. Todos los presidentes de los EEUU están en deuda con nosotros menos él”.

Ambos expresaron una desconocida disposición al diálogo. Pero ojo, que queda mucha tela que cortar. Los analistas con los que he podido comentar la Cumbre pronostican que no queda mucho para que se abran Embajadas en uno y otro país, incluso para que Obama pueda terminar con el embargo y sacar a Cuba de la lista de países que patrocinan el terrorismo, lo cual tendrá como consecuencia que la isla recibirá créditos del FMI y el Banco Interamericano de Desarrollo. Pero la contraparte, ¿se dará? ¿De verdad Raúl Castro y sus cuates liberaran a todos los presos políticos y dejarán de encarcelar a los disidentes? ¿Y liberalizarán la economía de la isla? Lo dudan. Lo dudo. Porque hasta la fecha, aunque Raúl Castro ha acreditado más olfato y pragmatismo que su hermano, no han hecho un solo movimiento de laxitud o relajación de su régimen dictatorial. Han pasado del modelo ruso ya agotado en todo el mundo, a una copia en pequeño del modelo chino: capitalismo de Estado y un férreo autoritarismo social y político para mantener el régimen.

Hay muchas otras variantes en juego. Obama tiene apuros internos tras no acertar en Irak y Siria, abrir un camino incierto con Irán para cabreo de los siempre leales aliados israelís, y se juega mucho con esta operación en la que ha emulado a Robert Kennedy cuando dijo “la revolución en Latinoamérica es inevitable: por lo tanto, hagámosla nosotros”. Los 12 países de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), en especial Venezuela, Bolivia, Cuba, Ecuador y Nicaragua, no están muy por la labor de bailarle excesivamente el agua a los Castro. Los equilibrios son de enorme complejidad. El presidente boliviano Evo Morales habló clarito tras el flirteo de Obama y Castro: “Obama quiere dividirnos”. Y el detalle no menor de que 24 horas antes de llegar a Panamá, Obama hizo escala en Jamaica donde trata de mermar el poder energético de esta Venezuela en crisis. Una parada del Air Force One que cabreó a muchos que ya habían llegado a la Cumbre.

Y Venezuela. Ahora mismo una de las claves de la región. En el análisis de los gestos de la Cumbre no pasa desapercibido que el presidente norteamericano se ausentó del salón de convenciones mientras hablaban Nicolás Maduro y también la presidente argentina Cristina Fernández de Kirchner, y se reunió con otros mandatarios. Después, pactó un encuentro aparentemente fortuito con Maduro, de casi 10 minutos, en un pasillo, y con intérpretes., Raúl Castro acreditaba más olfato y pragmatismo que su hermano.

Hay coincidencia general en que Cuba y los Castro son quienes pueden forzar el final del régimen chavista ahora en manos de un denostado Maduro, que aquí en Panamá alcanzó el éxtasis del ridículo poniendo en circulación un doble que salía del hotel antes que él, rodeado de aparato de seguridad, para evitar a la prensa. Muchos esperan que el dictador cubano sea capaz de hacer entender al sucesor de Chávez que más le vale acreditar cintura con Obama.

Latinoamérica no es lo que era, y padece riesgos diversos y severos. Brasil no es la potencia emergente que ilusionaba a todos y ha agotado su capacidad de liderazgo político. Chile comienza a tener problemas serios y estallan cada día casos de corrupción. México es un Estado millonario y fallido. La Argentina de la Kirchner va de mal en peor, con la inflación disparada. Los países del ALBA se cuecen en su propia salsa. Y Colombia, sí, trata de aportar lo suyo para que el diálogo entre Cuba y EEUU fructifique en avances concretos para consolidar su discutido proceso de paz.

Un momento crucial para la región. Unos meses que pueden pasar a la historia tras los gestos y los simbolismos de esta VII Cumbre de las Américas. No sabemos si para bien o para mal. En buena medida depende de Obama, los Castro y Maduro. No parece que estenos en las mejores manos.