Podría escribir de nuevo de los ERE, de Rato, del PSOE, el PP, el acto de Soraya Sáenz de Santamaría en Murcia sin un solo logo del partido o las elecciones que tienen al personal de la política atribulado, nervioso y descentrado. Pero no, hoy escribo de otro drama que me quita el sueño. De la tragedia del instituto barcelonés Joan Fuster en el que un niño de 13 años ha asesinado con una ballesta y un machete a un profesor y herido a otros alumnos y docentes.

Comento con el forense Jorge Jiménez las similitudes con el caso de Erick y Dylan en Columbine, hace dieciséis años, dos chavales que mataron a 13 personas e hirieron a 24 en un centro escolar de secundaria. Como hicieron los chicos norteamericanos, el asesino de Barcelona también se vistió para la guerra, se armó del machete, la ballesta y un coctel molotov que no llegó a explosionar.

La primera pregunta que nos hacemos es por qué hoy y no cualquier otro día. La respuesta no la sabremos, y quizá no la tenga ni el propio autor del crimen. Y sería un buen comienzo que alguien la tuviera. Un hilo del que tirar para desenredar la madeja. A falta de ello ya hay afirmaciones rotundas, como la de la Consejera de Educación de la Generalitat, Irene Rigau, que sin despeinarse nos ha dicho que el muchacho actuó bajo “un brote psicótico” y movido por “una misión enfermiza y sin reflexión previa”. Admirable. Como me dice el profesor Jiménez, las clásicas etiquetas diagnósticas que consuelan y tranquilizan a muchos. Un brote psicótico, una tara mental, un circuito defectuoso y a otra cosa, que hay mucho currelo para preparar las elecciones. Pero las cosas no son tan sencillas, porque los seres humanos no somos sencillos.

Cualquier especialista, o profano, sabe que la adolescencia es un periodo convulso y complejo, quizá el más complicado, en la formación y el desarrollo de los individuos. Se produce, según me explica el profesor Jiménez, una tormenta de hormonas, neurotransmisores y otros compuestos químicos que explotan para hacer del niño un adulto, “y ese traspaso no siempre resulta fácil ni pacífico. No es difícil que en ese periodo puedan surgir lo que se denominan experiencias psicóticas atenuadas, es decir, síntomas del espectro psicótico que surgen en población no clínica, no enferma, lo que denominamos normal, y que aparecen en forma de comportamientos raros, pensamientos fantásticos, ideas extrañas o delirantes e incluso alucinaciones auditivas”. Pero esto no debe considerarse, según este y otros expertos consultados, un problema psicopatológico, “ni mucho menos relacionarse con la esquizofrenia ni nada parecido, y solo en un escaso porcentaje de los adolescentes se relaciona con problemática psicótica, ni en la edad adulta”.

Este tipo de experiencias suelen desarrollarse o potenciarse con rasgos de personalidad característicos como la introversión, la falta de empatía, problemas de autoestima o estados depresivos y ansiosos. “En esa edad” me explica el profesor Jiménez, “los chicos lo pasan mal, es un momento convulso y complejo en el que no son niños ni tampoco adultos, en un ambiente de conflictos, sobre todo con los adultos, y con cambios que a veces no son capaces siquiera de gestionar”.

Por ello la adolescencia es el momento indicado para enseñarles a identificar y gestionar emociones, así como para ofrecerles estrategias y técnicas para resolver esos conflictos. Según el profesor, además, “en ese período podemos identificar, tratar y corregir a aquellos chicos que empiezan a tomar rumbos equivocados, como por ejemplo aquellos que comienzan a tener un interés excesivo por estrategias violentas, por generar distorsiones o errores cognitivos tóxicos hacia el otro sexo o hacia los que no son iguales. Incluso enseñarles qué es la tristeza, qué es la ansiedad y como manejarlas, qué son los sentimientos y cómo nos afectan”.

Pero para ello es imprescindible un grado de conocimiento e identificación, primero, de los padres, ya que es en el domicilio familiar donde se educa a las personas, y segundo en la escuela, allí donde se forman. Si en el entorno familiar no hay atención, predisposición a conocer a los hijos, a comunicarse con ellos, a escucharles y hablarles, a establecer líneas de comunicación que nos permitan advertir que algún problema, aún sin que los niños o adolescentes los verbalicen, las cosas no se han hecho bien. Y tres cuartos de lo mismo en la escuela.

¿Tiene obligatoriamente lo sucedido en Barcelona relación con una patología del autor? Falta mucha información. Es posible. Como lo es también que no se trate de una patología, sino de otro tipo de trastorno de la personalidad. No sabemos que conducta tuvo en las semanas anteriores al suceso. Una pista que abundaría en la existencia de algún tipo de trastorno es la planificación que se adivina en su conducta. Puede que el chico se sintiera insuficientemente querido y valorado en su casa o en la escuela y trata de demostrar su valía siguiendo pautas aprendidas de otros.

Cuando los niños empiezan a desarrollar determinadas zonas de su hemisferio izquierdo aprovechamos para enseñarles a hablar, leer y escribir, me explica Jorge Jiménez, pero cuando la estructura emocional comienza a construirse nos empeñamos a veces en enseñarles trigonometría e historia del arte. Las posibilidades de que un adolescente encuentre en Boticelli algunas claves de aprendizaje en la pintura son similares a las que puede encontrar en personajes de Walking Dead y en el uso de la ballesta para matar zombies. Los que preocupan son los segundos.

Pero hemos de saber mucho más de lo que conocemos para establecer que el adolescente del instituto de Barcelona tenía un brote psicótico. Tratar de liquidar el asunto con esa etiqueta en pocas horas, aunque lo padeciera, es una simpleza impropia de un responsable político que se precie. Y supone querer encontrar respuesta a una pregunta que requiere estudio, ciencia y paciencia. La consejera no parece tener ninguno de los tres. Y la materia es suficientemente seria como para ventilarla con palabrería inconsistente. Puede que tuviera ese brote, que además estuviera trufado de otros problemas psiquiátricos o psicológicos o hasta que fuera inducido. No lo sabemos nosotros ni la consejera. Pero debemos tratar de saberlo a través de profesionales.

Detrás de un drama de estas características hay muchas responsabilidades. Sin atenuar ninguna de las que le corresponden al autor, cuanto menos tratemos de buscar errores en otros más estaremos construyendo para que vuelva a suceder. Y se me ocurren muchas otras series, películas y hechos reales para inspirar un drama como el de ayer. En Columbine, en Barcelona o en cualquier otro lugar del planeta. Con brotes psicóticos o sin ellos.