Junta Directiva Nacional del PP fue un monumento a la ceguera, un guateque de idiocia, un homenaje al borreguismo. Leo a Cayetana Alvarez de Toledo en El Mundo y constato la tristeza de ciudadano que contribuye a financiar estos partidos en los que el talento, las ideas y las convicciones han sido sustituidas por la servidumbre y la mansedumbre. No hay peor ciego que el que no quiere ver, y en el PP están ciegos y acojonados. En Andaluc son miuch acojonados. En Andalucía son decenas los peperos que se han ido al paro tras la debacle de las urnas y tras las elecciones de mayo y las generales pueden ser varios miles los alcaldes, concejales, diputados autonómicos, diputados, senadores, asesores y colocados y enchufados varios los que se queden al pairo, probando la medicina amarga de no tener ingresos que tantos padecen en España.

Nos cuenta Cayetana que tenía preparada su intervención en la Junta Directiva para cuando terminara Rajoy, pero se quedó con un palmo de narices. No sabía Cayetana que en esas orgías de autocomplacencia y servilismo que son las reuniones masivas de los partidos antiguos habla el jefe y no hay más que decir. Que si el jefe insiste en sostenella y no enmendalla lo que hace el personal corderil es aplaudir. Aunque los caretos de la peña eran un poema triste, todos aplaudían, camino del desastre. Y se fueron a casita, rumiando el cabreo, pero a seguir obedeciendo, que es el jefe quien lo decide todo, es el jefe quien hace las puñeteras listas, es el jefe el que hace el programa, es el jefe el que decide quien tiene futuro y quien no, es el jefe el que convoca, y es el jefe el que te corta la cabeza cuando le place. Veremos si en las autonómicas de mayo se consuma el desastre, porque entonces puede comenzar la rebelión de los corderos, y Génova será una mezcla de Canción triste de Hill Street, Dallas, House of Cards y Pulp Fiction. O sea, una película de terror.

Y de la ceguera de Mariano-se-fuerte-te-llamo-mañana a la desvergüenza de los que posibilitaron el gran escándalo de los ERE en Andalucía. Ha comenzado el paseíllo de los implicados de lujo ante los ropones del Supremo. El ex consejero andaluz de Trabajo, José Antonio Viera, en su defensa, mostr ante el instructor toda su jeta insufrible. Quien le nombró lo hizo sabiendo que Viera carecía de cualificación, capacidad o habilidad alguna para desempeñar el cargo. Contó que el es “solo un maestro sin formación jurídica”, argumento esencial argüido para justificar que no se enteraba de nada mientras se pulían para ellos más de mil millones de euros destinados a ayudar a parados.

Viera es además un cobarde que le endilga toda la responsabilidad a sus subordinados. Vaya jefe de quinta. Sin cortarse un pelo presumió ante el Supremo una ignorancia absoluta, insuperable, obscena e insoportable sobre todo lo que ocurría en la Consejería. No se enteraba de nada. Por no enterarse no se enteró ni de que una hija suya trabajó en una empresa de una de las comarcas que más ayudas ilegales se llevó. Viera firmaba a ciegas, sin preguntar. Volaban los millones de la Consejería y el consejero estaba en babia, y dice que el solo estaba allí “para hacer política”. Claro, esta es la política que ha llevado a España al sumidero ético en el que estamos.

Si hacemos un ejercicio de candidez y creemos a Viera, La Junta de Andalucía ha estado copada por una banda de iletrados incapaces con una cara más dura que el cemento armado. Como no es creíble, la única conclusión lógica es pensar que con conocimiento idearon un sistema que posibilitó el caso de corrupción cuantitativamente más escandaloso de los conocidos en España. Y ahí está la calve, que Susana Díaz no puede eludir, la de la responsabilidad política. Es igual que el Supremo consume o no la imputación de Chaves y Griñan. Los jueces sabrán si hay pruebas o no para condenarles. Pero políticamente no pueden permanecer en cargo alguno dos presidentes que idearon, posibilitaron y ampararon un latrocinio de ese calibre. Ni un segundo más. Suceda lo que suceda en el Supremo, la presidenta andaluza debe deshacerse de los dos ex presidentes. De lo contrario su conducta sería, en términos éticos y morales, de evidente complicidad.