El PP se va de Junta Directiva Nacional. Ninguno de los 600 corderos silentes del PP, como escribe nuestro director, le preguntará a Mariano-se-fuerte-te-llamo-mañana por qué se ha pasado por el forro los estatutos del partido sin convocarles aunque algún militante se lo pidió por escrito, y ahora les reúne para decirles nada, más de lo mismo, todo va bien. Y a endilgarle el marrón a Floriano, manda huevos. Este cónclave no arreglará nada, porque el problema del PP es Mariano Rajoy, y Mariano Rajoy no se mueve. Y todos pendientes de Albert Rivera, el líder de Ciudadanos.

Rivera es el político del momento. Lo ha hecho bien junto a su equipo, y por ahora le salen las cosas. Las encuestas les otorgan papel relevante en territorios trascendentes, puede colocarse tras las municipales y autonómicas en posición relevante de salida de cara a las generales y todos los adversarios le miran de reojo. Y Pablo Iglesias que no acepta debatir con él, por más que se lo piden radios y televisiones cada día.

Se juegan mucho Rivera y Ciudadanos con las decisiones que adopten en Andalucía, y en Madrid y Valencia si se consuman los pronósticos. Han dejado claro, y les creo, que no van a aceptar entrar en ningún gobierno municipal ni autonómico si no son la lista más votada. Pero lo gordo son las generales, y si previamente posibilitan gobiernos de PP y/o PSOE van a sufrir, porque será difícil que encuentren argumentos para defender tal posición.

Hasta la fecha Rivera y su gente se mueven a rebufo de Podemos, aprovechan los deslices de Pablo Iglesias y sus muchachos para restarles votantes cabreados, se han comido el pastel de UPyD y pescan votos en los caladeros de PSOE y, sobre todo, PP. Y con su transversalidad ideológica se presentan como una alternativa contemporánea para jugar un papel relevante en la regeneración democrática de España.

Pero han de andarse con pies de plomo. Con los pactos y con el papel de Albert Rivera. Vale que tiene un tirón electoral que deben aprovechar al máximo. Pero están en un momento delicado y debieran cuidar dos flancos. De un lado, en el control de acceso, para evitar que se les cuelen aprovechateguis que les puedan hacer un agujero a las primeras de cambio. Y de otro, en la promoción de las mujeres y los hombres que conforman el equipo directivo de la organización.

Hoy corren el riesgo de que la excesiva identificación del partido con Rivera termine confundiendo al líder. No es sostenible que la campaña dependa solo de él. Hay gente de nivel, bien preparada, en su entorno que debiera empezar a tener escaparate. Juan Carlos Girauta, Matías Alonso, Fran Hervías, Carlos Carrizosa, José Manuel Villegas, Inés Arrimadas, Carina Mejías, Carmen de Rivera, Fernando de Páramo, Antonio Espinosa, José María Espejo, además de los economistas Garicano, Conthe y compañía, que son algunos de quienes acompañan lealmente a Rivera. Trabajan como jabatos, y debiera plantearse Rivera una estrategia para que los ciudadanos sepan que existen.

Si todo depende de Rivera, Albert terminará fundido personalmente, abrasado mediáticamente, desbordado políticamente y con serio riesgo de distanciarse de la realidad. Y de ahí al desastre. La encrucijada no es sencilla. En política se puede morir tras un fracaso o puede liquidarte el éxito. Rivera lo tiene casi todo ahora mismo para jugar un papel relevante en la política española. Pero con la misma rapidez que se ha acercado al cielo puede descender a los infiernos de la nada. Lo cual sería malo para él, pero sobre todo malo para los ciudadanos, le voten o no le voten.