El ministro de Justicia, Rafael Catalá, sabe mucho de juego. De hecho podía contarnos un día todo lo que sabe sobre ese mundo tan transparente en el que anduvo trabajando años entre tragaperras y esas cosas, con Lao y compañía. Sería muy ilustrativo. Incluso Catalá, el ministro, debe saber mucho del mundo de la Justicia, porque cualquiera no llega a ministro de este Gobierno. Pero, ¿a que juega Catalá con la libertad de prensa?

En la situación en la que el Gobierno de Rajoy se encuentra y nos tiene a todos, ¿a qué viene esa sandez autoritaria de que quiere abrir una reflexión sobre la posibilidad de reinstaurar la censura de la dictadura y establecer sanciones para los periodistas y los medios que publiquen informaciones sobre causas judiciales? Porque además ha sido cobarde. No ha tenido un par para decir que en el seno del Gobierno meditan cómo hacerlo, presididos por Mariano-se-fuerte-te-llamo-mañana, y ha lanzado esa memez de que quiere abrir la reflexión.

Si tiene ese deseo es porque lo piensa. Y si lo piensa, o abre un debate para tratar de que termine con una reforma legislativa retrógrada y autoritaria, Catalá no puede ser ministro de un país democrático.

El ministro de Justicia de España debiera estar preocupado por la lentitud intolerable de la Justicia; por la impunidad de muchos poderosos en su mangancia; por el papel de una fiscalía del Estado que en tantas ocasiones ha ejercido de defensa del poder; por tener como presidente a un señor como Rajoy que ha mentido en el Parlamento; por la proliferación de casos de corrupción a derecha e izquierda que o no se sustancian nunca en una sentencia o terminan con fallos judiciales livianos; por formar parte del Gobierno de un partido que se ha financiado ilegalmente….

Pero no, no sabemos a que juega Catalá con esta ocurrencia dictatorial, siendo ministro de un Gobierno que ha machacado a tantos periodistas críticos, de un Gobierno que va a repartir licencias de televisión en plena campaña electoral, de un Gobierno que ha propiciado una amnistía fiscal. No sabemos a que juega y queremos saberlo.

Pero lo sabremos. Porque lo que está ya claro es que Catalá, el ministro, se plantea la posibilidad de comenzar a criminalizar periodistas y medios. No les basta con disponer de poder suficiente para cargarse directores y redactores críticos. No le es suficiente con poder cargarse periodistas y comentaristas incómodos. No se queda satisfecho con discriminar informativamente desde el Ejecutivo a quienes no les bailan el agua. No les parece que está más que bien con disponer de la complicidad del Ibex 35 para asfixiar a medios y profesionales que no les aplaudan lo suficiente en sus desmanes. Ahora Catalá nos quiere empapelar.

¿A qué juega Catalá? Lo sabremos. Como sabemos de dónde viene el ministro, y sabemos a donde quiere ir. Y lo contaremos, aunque nos meta en el trullo. ¡¡Ay Catalá, Catalá!! Que mal paso ha dado. Cómo ha dejado al aire sus miserias intelectuales. Debiera recordar que esto no es un casino, aunque lo parezca. Es lo que tienen las malas costumbres. Y las malas compañías. Que imprimen carácter.