Nunca pensé que escribiría estas líneas. No podía imaginar que Santi Trancho se iba a ir de viaje para siempre. Durante el último año es la persona con la que más horas he compartido, alrededor de todo el mundo, en un trabajo ilusionante, apasionado, difícil y enriquecedor. Con nadie he hablado más del periodismo, de la televisión, de la vida. Pero, como escribió Carlos Fuentes, que cabrona la vida, que no nos mata a nosotros, sino a los que queremos.

Santi es quizá la persona que he conocido que más ha vivido la vida en treinta años. Se la comía. No era un mero operador de cámara. Era un tipazo con talento, ansioso por aprender, pasional, empático, divertido, curioso, observador, trabajador, disfrutón, alegre en su tristeza de hombre que sabe ver y sobrever con esa mirada inquieta y viva. Era un periodista de raza que jamás pisó un aula de periodismo. Era un hombre bueno que ni en la muerte se quedó quieto.

Santi Trancho, con quien tanto queríamos, era un cuerdo de atar que a través del visor de sus cámaras transitaba a velocidad de vértigo un mundo que no entendía y que quería mejorar mostrando al personal la realidad lejana que en el fondo tenemos tan próxima. Entendía que en el mundo hay muchos mundos, y que es bueno conocerlos todos, huyendo del confort desde la cuna, en una permanente huida y búsqueda de la felicidad que quizá no existe.

Asumió múltiples riesgos de todo orden, se la jugó, y al final hizo bueno el dicho que nos recordaba ayer Julia, aquello que nos dijeron en Méjico tras el intento de secuestro. Si te toca, ni aunque te quites; si no te toca, ni aunque te pongas. Y a él le tocó cuando nadie lo esperaba, a lomos de una cuadriga metálica a la que amaba con la misma pasión que a su madre, a Anita y a sus amigos, que éramos muchos.

Sus manos, la ultima visión, la despedida, eran un prodigio en el manejo de la cámara, y reflejaban en su movimiento el nervio vital que le mantenía siempre ojo avizor, porque no se le escapaba una. Su mirada transparente e inquieta mostraban a un niño de barrio, con la piel curtida en el asfalto, henchido de orgullo de su insaciable necesidad de conocerlo todo. Su aparente altanería escondía una humildad inmensa, con un corazón formidable abierto de par en par, en el que cabían sus amores y sus nadie, a los que entregó su vida.

Era bueno. Muy bueno. Santi, Santiago Trancho Rusillo. Un hombre en la frontera siempre, maestro de pasiones desbocadas. Capaz de sortear los obstáculos y las dificultades con la serenidad de los incautos y la templanza de los expertos. Valiente. Sensato en su insensatez de niño que no quería crecer. Puntilloso en la excelencia profesional. Entregado al primer impulso que le hiciera sentirse vivo. Tenaz en el aprendizaje. Generoso en el esfuerzo profesional. Entregado en los sentimientos. Un tipazo Santi, Santiago Trancho Rusillo. Orgulloso de sus apellidos.

Cada muerte es el diagnóstico de la nuestra. Por eso, como nos dijo ayer Jacobo, ahora a vivir. Sí. A vivir, no a sobrevivir. Por Santi. Nuestro Santi. Con quien tanto queríamos.