Cunde en las redes sociales, entre los hooligans contra Podemos y sus amigos, un intento de que, cada vez que coincido en un debate televisivo con Ramón Espinar Merino, portavoz de Juventud sin Futuro, le espete su condición de hijo de su padre, alcalde socialista que fue consejero de Bankia a propuesta del PSOE, y uno de los beneficiarios de las tarjetas black de la vergüenza. No hay día, o noche, que coincida con Ramón que no reciba una catarata de mensajes reclamándome que le saque a relucir el asunto paterno, y censurándome que me niegue a hacerlo.

 

Está escrito lo que pienso de los que disfrutaron puliéndose el dinero de Bankia con las dichosas tarjetas negras. Su comportamiento es ética y políticamente repulsivo, y probablemente merecerá sanción penal severa. Pero me niego a aceptar, en este o en cualquier otro caso, que los hay, la extensión de la responsabilidad de cada individuo a sus padres, hijos, hermanos o demás parientes.

 

Cada ser humano es responsable de sus actos. En la esfera privada y en la esfera pública. Me parece vomitivo pretender que un hijo arrastre las culpas de un padre, o un padre las de un hijo. Considero indecente emplear como argumento de debate político la descalificación de un pariente. No estoy dispuesto a entrar en esa espiral que nos rodea para que nadie sea forzado a renegar de su padre o de su hijo, en público o en privado. No hay derecho a pretender que un hijo abjure de su padre, aunque fuera un malvado irrecuperable.

 

Ramón Espinar Merino, de quien discrepo cada semana en algún plató de televisión, cuyas ideas políticas no comparto en lo sustancial, tiene todo el derecho del mundo a que nadie le saque a relucir asuntos que afectan a su padre. Entendería, incluso, que le defendiera pública y privadamente. Me pondría en ello de su lado. El solo es responsable de sus actos. Este coro de usuarios de las redes sociales convertidos en peligrosos guardianes de no se qué esencias, articulan un discurso inaceptable en un sistema democrático, devastador para la convivencia en un estado de Derecho.

 

Ya me sucedió en el pasado con un gobernador civil relacionado con varias causas de los GAL que tenía un hijo etarra. Me ha ocurrido con varios imputados en la Gürtel. Y en muchas otras ocasiones. Y me niego. Por más que en Twitter, Facebook y demás corralas del Siglo XXI crezcan cada día quienes dicen que quieren cambiar nuestro modelo político y social. Si lo que quiere esta jauría que clama sangre en los platós es esto, recriminar a cada uno los comportamientos de sus familiares, y no los suyos, que no cuenten conmigo. Pero ni media risa a quienes pretenden que salgamos de este régimen para meternos en un gulag.

 

A Ramón Espinar Merino no le votaría, pero cuenta con todo mi respeto. Desde la discrepancia. E incluso, a la vista de tanto enemigo peligroso, con mi solidaridad y mi simpatía.