”Por el amor de Dios, abre la puerta, ¡abre la maldita puerta!”. Esta es la última frase registrada por la caja negra que le dijo el comandante Patrick Sondheimer al piloto Andreas Lubitz. Poco después se consumaba el descenso al infierno del Airbus 320 de la compañía Germanwings. Probablemente tardemos cerca de un año en conocer todos los detalles de la sucedido. Nada se descarta. Lo que sí sabemos son muchos detalles de la vida de Lubitz, de sus problemas psicológicos y psiquiátricos. Y cómo tras este horrible accidente vuelven a replantearse los protocolos. Y cómo buscamos la seguridad al cien por cien cuando con seres humanos de por medio es imposible dar con ella.

Sigo escuchando y leyendo a los expertos con gran interés. Continúo profundizando con el psicólogo criminalista Jorge Jiménez en el análisis de lo que se sabe sobre quien a estas alturas es evidente que fue el responsable de la tragedia. Y me explica Jiménez que en lo que andamos nosotros es en lo que andan con tino los profesionales, que no lo tienen fácil. Se le denomina Autopsia Psicológica, “y es una técnica de análisis que trata de analizar retrospectivamente la vida de una persona fallecida, especialmente en los últimos momentos de su vida, para tratar de encontrar algún hecho, circunstancia o contexto que pueda explicar o estar relacionada con su muerte. No hablamos de la forma de muerte, que esa suele estar clara por parte de la autopsia médico-legal, sino del por qué de la muerte”.

La autopsia psicológica consiste en analizar toda la información posible sobre el difunto por medio de entrevistas con personas relevantes (familia, amigos, compañeros, parejas…) y también en analizar documentación de todo tipo (informes médicos, facturas, cartas, diarios…). “Se trata, me explica el profesor Jiménez, de conocer la circunstancias de la vida del sujeto en los momentos anteriores a su vida, su estado físico y mental y su contexto de vivencias para ver si en alguno de estos elementos podemos encontrar algo que pueda relacionarse con su muerte”.

Esta técnica profesional se emplea, lógicamente, “cuando se producen muertes equívocas, cuando no se sabe exactamente si es posible que la persona se haya suicidado, haya tenido un accidente o haya sido víctima de un homicidio alterado. En este último caso se utiliza el Equivocal Death Analysis”.

En el caso de Andreas Lubitz este tipo de técnicas puede ser muy útil y esclarecedora. Explica Jiménez que “hay que tratar de analizar si Andreas presenta un perfil suicida, el cual debe quedar reflejado en multitud de aspectos de su vida cotidiana en diversas esferas (pensamientos, comportamientos, actividades, relaciones…). Es una técnica compleja, es necesario implementarla con la debida competencia. Una persona puede tener un estado depresivo y su familia cercana puede no ser consciente de ello. También es posible que su familia trate de ocultar o alterar determinada información. Con lo cual no es tan fácil como preguntarle a su madre. Como todo, uno es más elocuente por lo que hace que por lo que dice”.

Y, claro, una cosa es el trabajo de los psicólogos y demás especialistas y otro el nuestro, el de los periodistas que trasladamos la información a los ciudadanos. No tienen el mismo valor las declaraciones efectuadas a la prensa que las conversaciones que se mantienen con los profesionales. De ahí que las conclusiones que se puedan sacar de lo leído en la prensa tengan una utilidad en el ámbito general informativo, que puede no obstante carecer de relevancia a efectos psicológicos. Y a los efectos de las conclusiones definitivas y de las valoraciones judiciales, se necesita tiempo, mucho trabajo y mucha profesionalidad, porque hay mucho en juego tanto moral como jurídica y económicamente.

En su nuevo libro, Jorge Jiménez diseña un protocolo de análisis de redes sociales en internet, “lo que llamo Autopsia Psicológica Virtual. En este caso el perfil de Facebook de Andreas ha desaparecido pero si se pudiera acceder a él sería muy clarificador. Evidentemente, al realizar la autopsia psicológica ya contamos con suficientes prejuicios e ideas preconcebidas que hacen que los investigadores que la van a realizar estén muy influenciados por la información que ha salido en los medios. Es decir, no todo el que tenga problemas psicológicos, el que esté recibiendo tratamiento psicológico o incluso tenga un cuadro de depresión mayor se quiere suicidar. De estar depresivo a tener ganas de morirse o tener ideas suicidas hasta llegar a una conducta suicida final hay un largo recorrido. La relación no es tan directa y exclusiva entre depresión-suicidio. Otras variables psicológicas y de personalidad pueden participar igual o incluso en mayor medida. La participación de drogas también puede estar presente”.

La conclusión de Jiménez y de otros profesionales es clara. Estamos acostumbrados a las analíticas médicas y otro tipo de pruebas que dan respuesta inequívocas y veraces sobre determinados aspectos bioquímicos o físicos, pero el comportamiento del ser humano es muy complejo y multicausal. Aunque queramos utilizar test y pruebas que nos den respuestas ciertas, esto a veces no es posible. Tenemos que estar preparados para saber que cabe la posibilidad de que nunca podamos conocer certeramente y en profundidad por qué ocurrió este lamentable y terrible suceso.