Tomo prestado el título de unos comentarios profesionales que me hace Jorge Jiménez, psicólogo criminalista, sobre el comportamiento de Andreas Lubitiz, el copiloto del vuelo 4U9525, que según la fiscalía de Marsella “estrelló el avión voluntariamente” al activar el botón de descenso de altitud y negarse “de forma intencionada” a abrir la puerta de la cabina al comandante, que había salido unos minutos y regresaba a su puesto de mando

Según Jiménez, obligatoriamente, al igual que ocurrió tras los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York, ahora, con el accidente presuntamente provocado del Airbus 320 de la compañía de bajo coste de Lufthansa van a cambiar muchos protocolos de seguridad aeronaútiuca. Si con el 11-S se vio que había que aislar la cabina de los pilotos, Andreas Lubitz ha dado una vuelta de tuerca a esta solución, y ahora hay que pensar otra que permita romper este aislamiento.

Si el sistema de apertura estaba bloqueado desde dentro, me dice el profesor Jiménez, “evidentemenmte hubo una intencionalidad por parte del copiloto en no permitir la entrada al comandante. A partir de aquí, la intención de que nadie pueda entrar es generada para que nadie pueda interrumpir e impedir lo que quería hacer, que la vista de lo sucedido no era otra cosa que estrellar el avión”. De este modo conseguiría morir él, pero…¿qué buscaba en realidad Andreas Lubitz?

La primera opción es, evidentemente, el suicidio, que, según me explica Jorge Jiménez, “generalmente suele ser una conducta íntima o solitaria aunque a veces suele involucrar a otras personas que acaban muriendo. Este último es el caso de los suicidios ampliados. Este tipo de suicidas quieren acabar con su vida, pero también quieren que sus seres queridos no sufran o no padezcan también la problemática que le lleva a él a quitarse al vida. Suelen ser caso de padres o madres que, además de suicidarse suelen matar a sus hijos o familiares. No es violencia contra ellos sino que tratan de impedir el sufrimiento o padecimiento que creen también afectan a sus seres queridos”.

En otras ocasiones, “los suicidas en sus actos pueden generar víctimas colaterales”. Por ejemplo, cuando una persona manipula el gas de su casa para saltar por los aires y hace que sus vecinos mueran, convirtiéndose en daños colaterales que se han cruzado en su camino.

Pero cabe otra opción, según Jorge Jiménez, que sería la inmolación, el kamikaze. “En este caso la muerte propia no es la principal. El suicida quiere acabar con los demás de una forma redentora y grandiosa en la que su muerte es necesaria y heroica, y muchas veces tiene un carácter simbólico o de ofrenda. Es necesario morir para que su misión tenga sentido, muere por un objetivo superior a su vida”. Él es visto como víctima y como héroe, la violencia es sobre los otros, hay un componente de venganza, revancha y odio, una suerte de “os vais a enterar todos”.
Según el profesor Jiménez, el suicida de la primera opción “sí tiene un componente psicológico más relacionado con su acto suicida. En estos casos los desencadenantes son estados depresivos o situaciones emocionalmente insuperables. En lo que atañe a la personalidad, puede haber rasgos propicios pero no necesariamente deben tener una personalidad disfuncional”. Sus actos son más premeditados, planificados y hay una ideación suicida que se va forjando en el tiempo.
El suicida de la segunda opción puede estar psicológicamente equilibrado y adaptado. Su acto tiene menos emocionalidad y es más racional, por lo que es muy posible que tenga una personalidad aparentemente “normal”. Es cierto, me explica Jorge Jiménez, “que determinadas psicopatologías como la esquizofrenia con ruptura de la realidad y alucinaciones o determinados trastornos delirantes pueden provocar una situación como ésta. Pero en este caso sería difícil que una persona con estas características no hubiera sido percibida por sus compañeros. Y, además, sus actos suelen ser más impulsivos, irreflexivos y oportunistas”.

El protocolo de selección de este tipo de profesionales también deberá ser modificado a partir de este accidente. Las actuales evaluaciones ha quedado acreditado que son insuficientes, no sirven tras el “caso Lubitz” y hay que encontrar otras que ofrezcan más seguridad, aunque tratándose de seres humanos la seguridad al cien por cien sea probablemente inalcanzable. En el caso de Lubitz estaría bien saber si actuó contra él o contra los demás, pero será difícil que obtengamos respuesta para esta pregunta certera.